El Hijo del Diablo

41. EL HIJO DEL DIABLO No hace aún muchos años vivía en Petorca un anciano pequeñito y rechoncho, de unos setenta años de edad, conocido con el nombre de ño…

41. EL HIJO DEL DIABLO

No hace aún muchos años vivía en Petorca un anciano pequeñito y rechoncho, de unos setenta años de edad, conocido con el nombre de ño Vicentito Cuchucho, cuyos primeros pasos en el mundo aparecen revestidos por la imaginación popular de influencias fantásticas y misteriosas.

Se cuenta que estando la madre de este hombrecito esperando de un momento a otro la llegada de una guagua, pidió a su marido que le diese dinero para comprarle ropas. El marido, que era un viejo de más de sesenta años y que miraba con desconfianza el embarazo de su mujer, le contestó que no le daría ni un centavo, porque la criatura que iba a dar a luz no era de él. La mujer, indignada, al oir esta respuesta, lloró y preguntó al esposo:

--Entonces ¿de quién es?

--Eso lo sabrás tú mejor que yo, replicó el marido; pero no es mío.

A lo cual repuso la mujer:

--Entonces será del Diablo, y él me dará lo que necesito.--Y nunca más volvió a pedir dinero a su marido.

Cuando llegó el momento del parto, apareció de repente en la pieza de la enferma un gran canasto completamente lleno de ropas para niño recién nacido, entre las que se veían desde el ombliguero de tela de hilo hasta las mantillas de la más suave y sedosa bayeta, sin que faltaran las gorritas de punto ni las mediecitas tejidas de lana.

¿Quién había traído ese canasto? ¿Por dónde y cuándo lo habían entrado? Nadie pudo dar razón.

Desde los primeros días del nacimiento del niño pudo comprobarse el interés que por él y la madre tomaba el Diablo, que no era otro quien había llevado la ropita. Siempre encontraba la madre cerca de ella la riquísima cazuela de ave, el excelente ulpo de harina tostada y la sabrosa mazamorra, los mejores remedios, los dos últimos, para que las que crían tengan leche buena y abundante. Al chico le hacía cariño a su modo: a veces lo encontraban encima de las vigas de la casa, otras en un sobrado, y una vez lo hallaron jugando con un muñeco, entre las ramas de un álamo.

Por supuesto que nadie veía al Diablo, pero todos le echaban a él la culpa de lo que ocurría; y la madre, justamente alarmada, hizo bautizar al niño con toda prontitud, creyendo que con hacerlo cristiano cesarían las atenciones y cuidados de Satanás. Pero fué inútil, porque el Diablo siguió en las mismas.

Entonces recurrió la madre a un santo cura de apellido Toledo, que tenía fama de ser el mejor exorcista del país, para que ahuyentara al demonio, lo que al fin logró, no sin haber experimentado grandes trabajos y tenido que sufrir pesadas bromas del enemigo malo.

El cura Toledo, para llegar a la casa amagada por el Diablo, tenía que atravesar una estrecha puente formada de una sola tabla, que cruzaba un cequión. Pues bien, cuando el santo varón iba por la mitad de la puente, el Diablo la volcaba y el cura caía al agua, hazaña que celebraba el Diablo con grandes carcajadas, diciendo: “¡Ya eché al agua al pato jergón!”

Nada dice la leyenda qué fué del padre de ño Vicentito Cuchucho, y de éste sólo se sabe que vivió siempre de su trabajo, cultivando una pequeña heredad que le pertenecía, y que, hasta que murió, se le conoció con el apodo de =Hijo del Diablo=.

PACTOS CON EL DIABLO

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