Hermosura del Mundo, o el Castillo de los Tres Azuelazos
16. HERMOSURA DEL MUNDO, O EL CASTILLO DE LOS TRES AZUELAZOS. (Contado por Tránsito González, maestro carpintero, de Choapa y 57 años de edad. Me lo refirió en…
16. HERMOSURA DEL MUNDO, O EL CASTILLO DE LOS TRES AZUELAZOS.
(Contado por Tránsito González, maestro carpintero, de Choapa y 57 años de edad. Me lo refirió en Peñaflor, en 1922.)
Vivían en un pueblo dos viejitos casados desde hacía muchos años; pero Dios no los había favorecido dándoles un hijo siquiera. Tenían numeroso ganado y algún dinero, y temiendo morirse pronto y no sabiendo a quien dejarle sus bienes, adoptaron a un huerfanito que recién nacido había perdido a sus padres, y lo criaron con grande esmero y cariño. El chiquitín se llamaba Nicomedes, pero el nombre no le venía, porque era un comedor terrible: cuando era guagua, no le aguantó ninguna ama, porque, a las que le llevaban, les secaba los pechos de dos o tres chupetadas y tuvieron que criarlo con leche de vaca, y apenas le bastaba la de dos. Cuando le salieron dientes, comenzó por comerse un conejo y una gallina al día, después siguió con un cabrito, después con una oveja o un cordero, y cuando tenía doce años se comía un buey descansadamente. Por causa de su voraz apetito nadie lo llamaba por su nombre y todos le decían Comín, Comón, hijo del buen Comedor.
Llegó el caso de que de tanto comer el niño, el ganado se les iba concluyendo a los viejos, quienes, por otra parte, gozaban de muy buena salud y parecía que cada día estaban mejor y que nunca se iban a morir; temieron, entonces, quedar en la miseria, y para evitarlo le dijeron a Comín que saliera a buscar a donde ganarse la vida, que ya no podían tenerlo a su lado por más tiempo.
Se despidió Comín de sus padres adoptivos, y llegó a una hacienda cuyo dueño lo tomó a su servicio para que le cuidara un enorme ganado de ovejas que tenía, y como era muy friolento, para que en la noche le tuviera fuego encendido a la hora que se lo pidiera. El sueldo que pagaba era bueno; pero había una condición bastante dura, y era que si alguna vez no le tenía fuego encendido, o le faltaba alguna oveja, que las contaban una vez por semana, lo mandaba degollar. Comín aceptó el contrato, pero tenía la intención de comer a su gusto todas las ovejas que su hambre insaciable le pidiese, siquiera por siete días, y mandarse cambiar antes que contasen el ganado.
El hacendado le pedía fuego todas las noches a distintas horas y Comín siempre se lo proporcionaba, de modo que nunca lo pudo pillar, y como las ovejas las contaban sólo una vez por semana, tampoco pudieron notar que se comía cuatro o cinco cada día.
Seis hacía ya que estaba en la hacienda, cuando en la cocina, en la hora de la comida, oyó contar que el Rey de las Tres Puntas del Aromo ofrecía dar en matrimonio a su hija Hermosura del Mundo y un millón de pesos a aquel que frente a su castillo, de tres azuelazos, construyera en tres días otro castillo tan lindo o mejor que el del Rey y en el cual debían lucir el Sol y la Luna, y el que se presentara a hacerlo y no lo hiciera, tenía pena de la vida. Comín se dijo:--Yo voy a tentar la aventura: entre que mañana me degüellen cuando vean que faltan tantísimas ovejas y correr la suerte de poder levantar el castillo de tres azuelazos, lo haga o no, prefiero esto último. Y al otro día por la mañana, después de salir con el ganado y dejarlo abandonado en el campo, se mandó cambiar, no llevando por todo bastimento sino un pan que había guardado en el desayuno.
Unas cuantas horas había andado cuando le salió al encuentro un viejito y con voz temblorosa le pidió algo que comer, si llevaba.
--Sí, llevo un pan, buen anciano,--le dijo Comín--y tómelo todo para usted.
--Y tú ¿qué vas a comer, hijito?
--Lo que Dios quiera, taitita; lo que es con un pan no tengo ni para comenzar, y lo mismo me da comerlo que no comerlo.
--Está bien, hijito, ¿y a dónde vas?
--Voy a conquistar la mano de Hermosura del Mundo, hija del Rey de las Tres Puntas del Aromo y a ganar un millón de pesos.
--¿Y lo conseguirás?
--No lo sé, pero a eso voy. Me dicen que el Rey la dará en matrimonio al que de tres golpes de azuela le haga, en tres días, frente al suyo, un castillo tan lindo o mejor que el de él, en el que, además, se vean el Sol y la Luna; y el que se presente y no lo haga, tiene pena de la vida.
--¿Y con qué cuentas para hacerlo?
--Con la ayuda de Dios solamente, porque ni siquiera tengo la azuela.
--Quiero premiar tu buen corazón, Toma esta azuelita--le dijo el viejo pasándole una nuevecita que sacó de debajo del poncho;--con ella, en el primer día darás un solo golpe en el suelo en el lugar que te indiquen, e inmediatamente aparecerán los cimientos; en el segundo día darás también con la azuelita un golpe en los cimientos y aparecerán las murallas; en el tercer día darás otro golpe con la misma azuelita en las murallas, y entonces quedará completamente terminado el castillo, que será más hermoso y estará mejor amueblado que el del Rey. Toma, además, este pitito; haciéndolo sonar cuando te encuentres en apuros, te verás libre de todo mal.
Y despidiéndose de Comín, se fué el viejito por un lado y Comín por otro.
A poco andar Comín encontró a un hombre que estaba tendido en el suelo y con una oreja pegada a la tierra.
--¿Qué hace amigo?--preguntó Comín.
--Estoy oyendo a unos pimeos que discuten acaloradamente sobre una carrera, y estoy muy entretenido con la disputa que tienen acerca de si ganó este caballo o ganó el otro.
--¿Y cómo se llama usted?
--Escuchín, Escuchón, hijo del buen Escuchador.
--¿Quieres que vamos juntos a rodar tierras?
--No, señor, déjeme aquí, que estoy muy divertido con la carrera de los pimeos.
--Vamos mejor a las Tres Puntas del Aromo, donde hay un Rey que tiene una hija muy linda que se llama Hermosura del Mundo y la da para casarse al que levante en tres días, frente al suyo, de tres azuelazos, un castillo en que se vean el Sol y la Luna, y yo voy con la intención de levantar ese castillo y casarme con la Princesa. ¿Por qué no me acompaña usted y me ayuda? Habrá, además, un premio de un millón de pesos.
--Vaya, pues, lo acompañaré por tratarse de una aventura poco común y yo soy muy amigo de las aventuras.
Marcharon en compañía por un buen rato conversando alegremente, hasta que encontraron a un hombre que miraba con mucha atención hacia arriba.
--¿Qué hace, amigo?--preguntó Comín.
--Aquí estoy aguaitando a una aguilita que anda muy altazo por las regiones del cielo.--Y haciéndoles los puntos con una carabina que tenía al lado disparó. Nada divisaban ni Comín ni Escuchín, por más que miraban, pero como un cuarto de hora más tarde percibieron un puntito negro que poco a poco se fué agrandando, hasta que, por fin, media hora después del disparo, vieron caer a sus pies una águila.
--¿Y cómo se llama usted?
--Aguaitín, Aguaitón, hijo del buen Aguaitador.
--¿Por qué no vamos juntos a rodar tierras?
--No, señor, déjeme aquí, que lo paso muy entretenido cazando pajaritos.
--Vamos mejor a las Tres Puntas del Aromo, donde hay un Rey que tiene una hija muy linda que se llama Hermosura del Mundo y la da para casarse al que levante en tres días frente al suyo, de tres azuelazos, un castillo en que se vean el Sol y la Luna, y yo voy con la intención de levantar ese castillo y casarme con la Princesa. ¿Por qué no me acompaña usted y me ayuda? Habrá además un premio de un millón de pesos.
--Si es así, lo acompañaré, por tratarse de una aventura que no se ve todos los días, y yo me muero por las aventuras raras.
Siguieron andando los tres, departiendo amigablemente, hasta que llegaron a la orilla de un gran río, muy ancho y muy correntoso, y en la margen opuesta vieron a un hombre que con pies de cabra formaba una represa.
--¿Qué hace ahí, mi amigo?
--Juntando un poquito de agua, señor, para tomármela y apagar mi sed.
--¿Y cómo se llama usted?
--Tomín, Tomón, hijo del buen Tomador.
--¿Por qué no se viene con nosotros a rodar tierras?
--No señor, déjeme por aquí, que hay tantos ríos; mire que yo ando siempre sediento y me hace mucha falta el agua.
--Vamos mejor a las Tres Puntas del Aromo, donde hay un Rey que tiene una hija muy linda que se llama Hermosura del Mundo, y la da para casarse al que levante en tres días, frente al suyo, de tres azuelazos, un castillo en que se vean el Sol y la Luna, y yo voy con la intención de levantar ese castillo y casarme con la Princesa. ¿Por qué no me acompaña usted y me ayuda? Habrá además, un premio de un millón de pesos.
--Por tratarse de casamiento, en donde habrá harto que tomar, lo acompañaré, pues; pero si van a las Tres Puntas del Aromo tienen que pasar para este lado.
--Díganos si sabe, donde está el puente para atravesarlo.
--Qué puente ni qué niño muerto, señor; si para atravesarlo no hay más puente que mi estómago, como ustedes van a verlo;--y tendiéndose de guatita, dió dos o tres sorbidos, ¡qué sorbidos, Dios Santo! y dejó el río completamente seco y Comín y sus compañeros pudieron pasar a pie enjuto al otro lado, y acompañados de Tomín siguieron su camino.
Poco después llegaron a un llano y vieron a un hombre que corría con una rapidez extraordinaria.
--¿Qué hace, amigo?--le preguntó Comín.
--Aquí me tiene señor, apostando carreras con el Viento.
--¿Y cómo le va en las carreras?
--No muy mal, señor: cuando corremos cuesta arriba, salimos iguales, pero cuando corremos cuesta abajo, yo se la gano al Viento.
--¿Y cómo se llama usted?
--Corrín, Corrón hijo del buen Corredor.
--¿Por qué no se viene con nosotros? No le faltará trabajo: vamos a las Tres Puntas del Aromo, donde hay un Rey que tiene una hija muy linda, que se llama Hermosura del Mundo y la da para casarse al que de tres azuelazos levante frente al suyo, en tres días, un castillo en que se vean el Sol y la Luna, y yo voy con la intención de levantar ese castillo y casarme con la Princesa. ¿Por qué no me acompaña usted y me ayuda? Habrá, además, un premio de un millón de pesos.
--Vaya, pues, lo acompañaré, porque supongo que me pagará bien.
--Como no, pues, ho! una vez que me case con la princesa te daré harta plata. El millón de pesos que me entregue el Rey será para ustedes.
Y los cinco continuaron andando hasta que dieron con uno que estaba con los calzones abajo aspirando aire a dos carrillos.
--¿Qué está haciendo amigo?
--Preparándome para rosar esa montaña y esa risquería que ahí se divisan, porque pienso sembrar en ellas.
--¿Pero cuánto tiempo se va a demorar en rosarlas, cercarlas y sembrarlas?
--Un ratito no más, pues; va usted a ver con qué facilidad lo hago.
Los hizo retirarse a un lado, y después de aspirar más aire comenzó a lanzarlo por el trasero con tanto tino que los troncos de los árboles y los riscos, que volaban en todas direcciones, al caer iban formando una cerca perfectamente hecha y el terreno quedó completamente limpio, en punto de ararlo.
--¿Y cómo se llama usted?
--Peín, Peón, hijo del buen Peorrón.
--¿Por qué no se viene con nosotros? le pagaremos bien. Vamos a las Tres Puntas del Aromo, donde hay un Rey que tiene una hija muy linda que se llama Hermosura del Mundo y la da para casarse al que de tres azuelazos levante frente al suyo, en tres días, un castillo en que se vean el Sol y la Luna, y yo voy con la intención de levantar ese castillo y casarme con la Princesa. Habrá, además, un premio de un millón de pesos, que se repartirá entre ustedes.
--Si es así, dejaré este trabajo para otra vez y me iré con ustedes.
Y los seis siguieron la interrumpida marcha y por fin llegaron al castillo del Rey, que los recibió en presencia de la Reina, de la Princesa y de toda la Corte.
Se adelantó Comín, que hacía de jefe de los recién llegados, y respetuosamente habló así al Rey:
--Después de muchos días de penoso viaje llego a presencia de su Sacarrial Majestad a pretender la mano de vuestra hija Hermosura del Mundo, para lo cual me comprometo a hacer en tres días como su Sacarrial Majestad lo exige, un castillo tan lindo o mejor que el de su Sacarrial Majestad, de sólo tres azuelazos, y no espero para levantarlo sino saber si siempre su Sacarrial Majestad mantiene su promesa, y en caso de que sí, que se me indique el sitio en que debo construirlo.
La Princesa, que estaba sentada a la izquierda del Rey (la Reina estaba a la derecha), le pegó en el codo y le dijo al oido:
--Papá, no quiero casarme con él, aunque haga el castillo de tres azuelazos; es muy gordo y muy ordinario; impóngale otras obligaciones.
La verdad es que hasta entonces no se habían presentado otros pretendientes que reyes y príncipes, y que Comín, ante ellos, tenía que parecer a Hermosura del Mundo un ser despreciable; así es que el Rey encontró razón a su hija, y en consecuencia de lo que ella pedía, contestó a Comín:
--Encuentro que es corta mi exigencia de hacer solamente un castillo en cambio de la mano de mi hija, así es que últimamente he decidido que a esa prueba se agreguen otros seis trabajos más, de modo que por todos sean siete.
--¿Y se podría saber de antemano cuáles son esos seis trabajos?
--Los iré diciendo uno a uno a medida que se ejecuten los anteriores.
--Está bien, señor, me someto a todas las exigencias de su Sacarrial Majestad.
--Piénsalo bien, antes, mira que cualquiera de las pruebas que no lleves a buen fin les costará la vida a ti y a tus compañeros, porque supongo que cuentas con la ayuda de ellos para ejecutarlas.
--Así es, efectivamente, señor.
--Pero cada prueba no puede ser llevada a cabo sino por uno solo y todos seis sois solidarios del desempeño de cada uno.
--Como he dicho me someto respetuosamente a todas las condiciones de su Sacarrial Majestad.
--Si es así, puedes comenzar; el castillo debe levantarse en esa plaza que está frente a mi palacio: tienes tres días de plazo para hacerlo y en cada día no puedes dar más de un azuelazo.
Comín se dirigió al sitio que se le indicaba y levantando la azuelita que le había dado el viejito, dió el primer azuelazo; y los Reyes, Hermosura del Mundo y la Corte vieron asombrados lo que hasta entonces no habían conseguido ver: la azuela que toca la tierra y los cimientos que quedan hechos instantáneamente.
--Papá, este roto va a salir con la suya; yo no me caso con él.
--No tenga cuidado, hijita, que si logra hacer el castillo, todavía tendrá que hacer otros seis trabajos, a cual más difícil, para lo cual nos aconsejaremos de su madrina, a quien, como bruja que es, se le ocurrirán cosas que será imposible hacer.
--Ojalá sea así, papá, porque yo no me caso con este guatón indecente.
Trascurrieron una tras otra las 24 horas que tiene el día, el sol salió por donde siempre sale y llegó el momento en que Comín debía dar el segundo azuelazo, y lo dió ante la familia real y la Corte con el mismo éxito que el primero, pues tocar la tierra con la azuela y alzarse las murallas del castillo fueron cosas simultáneas.
Todos se quedaron con la boca abierta.
Cuando volvieron en sí, Hermosura del Mundo dijo al Rey:
--Papá, ya le he dicho, por nada del mundo me caso con ese hombre.
--Si ya lo sé, hijita; no tenga cuidado, confíe en su padre.
Pero al otro día crecieron los temores de la Princesa: tercer azuelazo dado por Comín y el castillo que queda terminado. Pero ¡qué castillo, señores! Había que verlo! Ante él el del Rey parecía un mamarracho. Amigos, todos, todos sin excepción, al ver aquella maravilla, se cayeron de espaldas.
Cuando volvieron de su estupor, dijo Comín:
--¿Por qué no pasamos a visitarlo?
Y se dirigieron al castillo presididos por el Rey.
¡Qué les diré de la admiración que produjeron los decorados, los tapices, y los muebles! No salían sino voces de alabanza de todos los labios y el Rey, enamorado del hermoso alcázar, resolvió quedarse viviendo ahí y dejar el otro palacio para la servidumbre. Pero a pesar de todo, la Princesa no se resolvía a dar su mano al gordo Comín.
--Señor,--dijo éste, una vez que el Rey y acompañantes recorrieron el palacio--¿cuál será la prueba a que vuestra Majestad me va a someter mañana?
--Esta tarde te la daré a conocer--contestó el monarca. (El Rey quería darse tiempo para consultar a su comadre bruja, y fué lo que hizo cuando Comín y sus compañeros se retiraron.)
--Comadre, ¿qué hacemos para que el castillo nos salga de balde y Comín no se case con Hermosura del Mundo?
--Pídale que en tres días le haga otro castillo igual o mejor en el aire.
--De veras, comadre, que esto no lo podrá hacer.
Mientras tanto Escuchín oía lo que el Rey y la Bruja conversaban y dijo a Comín y compañeros:
--En la mala estamos, amigos. Por consejo de la Bruja, el Rey va a mandar hacer a Comín un castillo en el aire igual o mejor que el de los tres azuelazos. Pero se me ocurre una idea que puede salvarnos: Comín ofrece hacer el castillo diciéndole al Rey que nosotros pondremos los maestros, pero que él proporcione los trabajadores y los materiales; los maestros serán tres loros que oigo hablar a siete leguas de aquí, como si fueran cristianos. Hay que irlos a buscar, enseñarles lo que deben decir y los ponemos en el aire, muy alto para que no los vean y desde ahí pidan los materiales.
--Pero ¿quién los va a buscar?
--Corrín puede ir por ellos.
Fué Corrín y en un cuarto de hora estaba de vuelta con los tres loros.
Les enseñaron a las avecitas lo que tenían que hacer, y como eran muy inteligentes, en poco rato aprendieron la lección.
Al otro día muy temprano estaban los loros en el aire, colocados a cierta distancia uno de otro; y la cosa resultó a maravilla, porque el día amaneció con una neblina tan espesa que ni con anteojos de larga vista los habrían divisado.
Llegó la hora de la prueba y estaba todo preparado: los canteros con la piedra labrada para los cimientos y para las murallas; los albañiles, con la mezcla en punto; los carpinteros, con las puertas y ventanas; y así los demás.
Cuando ya estaban todos reunidos, se oye la voz de los maestros que desde el aire piden los materiales:
--¡Ya están hechos los heridos! suban luego las piedras para los cimientos! ¿Qué hacen que no suben la mezcla? ¡Pronto, porque no es cosa para demorarse!
Y gritaban de todos lados que se apuraran, que estaban perdiendo tiempo. Pero los trabajadores no hacían más que mirar para arriba y no hallaban por donde subir; hasta que una comisión de ellos se presentó al Rey y le dijo que no sabían como pasar los materiales que desde tan alto les pedían los maestros; que aunque hubiera escaleras que alcanzaran a llegar hasta ellos nadie se atrevería a subir tan arriba, pues todos temerían caer con el peso de los materiales, o que les diera un vahido y se les fuera la cabeza. El Rey les encontró razón sobrada, y dispuso que no se siguiera el trabajo, y a Comín le dijo que en la tarde le diría cuál sería el que tendría que ejecutar al día siguiente.
Cuando quedaron solos, el Rey preguntó a la Bruja:
--Comadre, ¿qué trabajo daremos mañana a Comín?
--Haga que le pongan cuarenta fondos de comida, de los más grandes que se encuentren, y ordénele que él, o uno de sus compañeros, se lo coma en un solo día, y si no se lo come, los manda fusilar y el castillo le sale de balde y la Princesa no se casa con el guatón.
Escuchín que todo lo oía dijo a sus compañeros:
--Perdidos somos, amigos; la maldita bruja aconseja al Rey que mañana haga poner cuarenta fondos de comida para que uno solo de nosotros se lo coma en un día, y si no, nos manda fusilar a todos.
Y entonces dijo Comín, cuya gracia no conocían sus amigos:
--Compañeros, ¿para qué estoy yo aquí? hace un montón de días que no como casi nada, así es que los cuarenta fondos puedo despacharlos en un suspiro; tengo apetito como un diacho.
Desde antes que aclarara, los cocineros del Rey se pusieron a preparar los cuarenta fondos de comida. ¡Puchas que echaban carne! Veinte terneros y veinte corderos tuvieron que descuerar y destripar. ¡Y papas! y porotos! y choclos! y cebollas! un saco de cada cosa vaciaron en cada fondo, fuera del arroz, del cilantro, yerbabuena y comino! Y como si todo eso fuera poco, al lado de cada fondo vaciaron una gran canastada de pan. Había para dar de comer a un ejército entero!
Comín, que veía los preparativos, se refregaba las manos de gusto. ¡Hacía tiempo que no comía hasta quedar satisfecho!
Dando las 12 el reloj del castillo, anunció el Cocinero Mayor que la comida estaba en punto y pidió que se adelantara el que debía comérsela. Comín se presentó y preguntó si ya podía comenzar.
--A la hora que quiera--contestó el Cocinero Mayor--pero no tiene de plazo sino hasta las 5 de la tarde para comérselo todo.
--¿Hasta las 5?--dijo Comín--va a ver que antes de las 2 van a quedar los fondos pelados.
Y así fué, en efecto; porque aquel hombre no puede decirse que comía, ni que tragaba, ni que engullía, sino que devoraba todo lo que estaba a su alcance y las enormes presas de carne y las cucharonadas de papas, porotos, y cebollas y los panes desaparecían como por encanto al llegar a su boca, y llegaban incesantemente.
A las 2 de la tarde no quedaban ni rastros de aquel inmenso guisado, y el Maestro de Cocina y sus ayudantes vieron con asombro que no había necesidad de limpiar los fondos, porque tan limpios los dejó Comín que brillaban como patenas.
Comín dijo al Cocinero Mayor:
--Señor Cocinero Mayor, ¿no prepararon un fondito de dulce de alcayota o de manjar blanco? mire que estoy acostumbrado a tomar desengraso. Y también me hace falta un barril de café, bien cargadito, para asentar el estómago.
El Cocinero Mayor se fué con Comín a donde el Rey.
--Señor,--dijo el Cocinero--ya se comió este bárbaro los cuarenta fondos de comida, y todavía pide un fondo de postre y un barril de café.
El Rey, admirado, preguntó a Comín:
--¿Y cómo pudiste pasar tanta comida?
--A fuerza de pan, pues, señor,--contestó Comín.
--¿Y todavía persistes en tomar postre y café?
--Si su Sacarrial Majestad se digna ordenar que me lo den, me lo tomaré, señor.
El Rey ordenó que complacieran a Comín, y a éste le dijo que al otro día temprano le daría un nuevo trabajo.
El Rey mandó llamar a la Bruja.
--Comadre, ¿qué trabajo les damos mañana a estos bárbaros, que no lo puedan hacer para que el castillo me salga de balde y Hermosura del Mundo no se case con Comín?
--Disponga Su Majestad que uno de ellos se tome en un solo día cuarenta toneles de aguardiente y de vino, veinte de cada cosa, y si no lo hace, que no lo hará, los manda fusilar a todos y así le sale de balde el castillo y la Princesa seguirá soltera.
--Me parece bien el consejo, comadre.
Escuchín, que todo lo oía, dijo a sus amigos:
--Perdidos somos, compañeros; la maldita bruja aconseja al Rey que mañana haga tomar a uno de nosotros 40 toneles de aguardiente y de vino, veinte de cada cosa, en un solo día, y si no se lo toma, nos hace fusilar a todos.
--¿Y para qué he venido yo?--dijo Tomín.
--Pero, compañero, se le van a quemar las tripas con tanto aguardiente.
--No se apure por eso, amigo, que mis tripas están blindadas.
Al día siguiente dijo el Rey a Comín.
--Voy a encerrar a uno de ustedes en la bodega y antes de las 5 de la tarde debe beberse los veinticinco toneles de aguardiente y los veinticinco de vino que hay en ella, y si no, ya saben lo que les pasa. (El Rey agregó diez toneles más, por lo que pudiera suceder).
Se adelantó Tomín:
--A mí me toca, Sacarrial Majestad, desempeñar esa prueba. Puede su Sacarrial Majestad encerrarme en la bodega a la hora que quiera, con la seguridad de que sus deseos serán cumplidos.
Y efectivamente, cuando el Rey abrió la bodega, a las 5, vió con asombro que los toneles estaban completamente secos.
--Pero, hombre, por Dios ¿cómo has podido beber tanto?
--Señor, es que yo no tomo sino en dos ocasiones: cuando tengo sed y cuando no la tengo.
--Se comprende, entonces; aunque no lo encuentro muy claro.
--Comadre, le dijo a la Bruja una vez que quedaron solos,--voy saliendo mal con sus consejos; si siguen así las cosas, tengo que largar el millón de pesos y dejar que Comín se case con Hermosura del Mundo; es preciso que se le ocurra algo más difícil, algo que ninguno de estos bárbaros pueda hacer.
--Mire, compadre, esta vez si que la sacamos bien con seguridad: dígale que uno de ellos tiene que apostar conmigo a cuál llega primero a Roma con una carta que su Majestad, nos entregará y si yo llego primero con la contestación, ellos perderán, vuestra Majestad los manda fusilar y el Castillo le sale gratis y Hermosura del Mundo no se casa con Comín.
--Compañeros,--dijo Escuchín a sus amigos--perdidos somos; el Rey, por consejo de la maldita Bruja, va a hacer que uno de nosotros apueste con la Bruja a cual vuelve primero con la contestación de una carta que han de llevar a Roma, y si gana la Bruja nos fusilan a todos.
--¿Y para qué estoy yo aquí--dijo Corrín--sino para correr con quien quiera?
Tempranito, al otro día, hizo llamar el Rey a Comín y a sus compañeros.
--Uno de ustedes y mi comadre van a llevarme cada uno una carta a Roma y si mi comadre vuelve primero con la contesta, los seis serán fusilados sin remisión. ¿Cuál es el que va a ir?
--Yo, señor,--dijo Corrín.
Y el Rey entregándoles una carta a Corrín y otra a la Bruja, los hizo colocarse uno al lado del otro, como cuando se colocan los caballos para correr, y diciéndoles “una, dos, tres”, salieron disparados como flechas, pero todavía no salían de la ciudad y ya Corrín se les perdió de vista y no había ni luces de él. Cuando Comín venía de vuelta con la contesta, la Bruja no llevaba andado ni la mitad del camino de ida; la Bruja lo divisó desde lejos y viéndose perdida, se transformó en una linda jovencita y lo esperó sentada en una piedra, a la sombra de un árbol.
--¿A dónde va tan ligero, señor, con tanto calor como hace? Siéntese un ratito a descansar y sírvase estos membrillitos para que se refresque;--y le mostraba dos hermosos membrillos, que llegaban a estar fragantes.
Corrín no resistió la tentación y se sentó al lado de la joven. Conversaron un rato y después dijo él:
--Voy a dormir una siestecita, tengo tiempo de más para cumplir mi encargo;--y se recostó en la falda de la Bruja, la cual, en cuanto Corrín se quedó dormido, le puso adormideras en la cabeza para que no despertara tan luego, le sacó del bolsillo la carta que traía de Roma y partió con ella de regreso, dejando a Corrín con la cabeza apoyada en la piedra en que acababa de estar sentada.
Pero todo lo que hablaron Corrín y la Bruja transformada en niña lo oyó Escuchín y les dijo a sus compañeros:
--Perdidos somos, amigos; la Bruja ha hecho tal y cual cosa, le ha robado la contesta a Corrín, a quien ha puesto adormideras en la cabeza, y lo ha dejado durmiendo y la maldita vieja estará de vuelta, con la carta, en un par de horas.
--No hay cuidado dijo Aguaitín; desde aquí veo durmiendo a Corrín y lo voy a despertar, y al mismo tiempo castigaré a la Bruja.
Y haciendo la puntería con su carabina primero a la Bruja, le quebró una pata y la dejó coja que no podía ni mover el pie; y de otro disparo atravesó una oreja a Corrín que despertó y salió corriendo a todo escape, hasta que encontró a la vieja y quitándole la carta, en dos zancajos llegó al palacio y se la entregó al Rey.
Comín preguntó al Rey cuál sería la otra prueba; y el Rey, esperando que llegara la Bruja, le contestó que les daba una semana de descanso.
Transcurridos siete días, llegó la Bruja cojeando, y como estaba picada con Comín y sus compañeros, para embromarlos de una vez a todos, le aconsejó al Rey que mandara a los seis amigos solos a pelear contra el numeroso ejército de los moros que le había declarado la guerra, y siendo ellos tan pocos contra tantos, con seguridad los matarían, o cuando menos los tomarían prisioneros, y entonces el Rey se quedaría de balde con el castillo y la Princesa seguiría tan soltera como hasta entonces. Al Rey le pareció que este consejo era el mejor que había recibido de la Bruja y ya le parecía verse libre de Comín y de sus compañeros; pero Escuchín, que no se descuidaba, lo oyó todo y se lo comunicó a sus amigos:
--Perdidos somos--les dijo;--la Bruja aconseja al Rey que nos mande a nosotros solos a combatir con el numeroso ejército moro que le ha declarado la guerra; ¿qué va a ser de nosotros?
--En la buena estamos, compañeros--dijo Comín.--Cuando nos coloquen frente a los moros y cuando estén todavía lejos, Aguaitín les disparará con su carabina, y cuando el ejército enemigo esté más cerca, Peín les disparará con su transpontín y con ésto quedamos vencedores.
Así quedó convenido y el plan se ejecutó al día siguiente en todas sus partes tal como se había establecido. Primeramente Aguaitín dió buena cuenta de gran número de moros, pero ésto se hacía sólo con el objeto de dar tiempo a Peín para prepararse, y tan bien se preparó, tanto aire aspiró que cuando los moros habían avanzado hasta llegar a una legua de distancia, bajándose los calzones volvió el trasero hacia ellos y lanzando una terrible andanada de ventosidades, los elevó a todos a grande altura, yendo a caer muertos a enorme distancia. Esta fué la primera batalla en que se usaron los gases asfixiantes.
A pesar del beneficio que para el reino significaba tan espléndida victoria, Hermosura del Mundo no cedía, y pidió al Rey que le exigiera el trabajo que faltaba para completar los siete. Y he aquí cual fué el séptimo trabajo, siempre aconsejado por la Bruja:
Tenía el Rey una hermosa conejera poblada de cincuenta lindísimos conejos de raza fina. Díjole la Bruja:
--Entregue a Comín los cincuenta conejos y le ordena que los lleve a la montaña durante tres días y los suelte en ella, y que en la tarde los traiga arriándolos como si fuesen un rebaño de corderos, y si no vuelve con los cincuenta, sin que le falte ninguno, los hace fusilar a todos.
Y así se hizo.
Llevó Comín los conejos en dos sacos y los soltó en la montaña, y los animalitos, apenas se vieron libres, huyeron en todas direcciones. Comín pensaba:
--Ahora sí que es cierto que el Rey nos hace sacar el orujo a mí y a mis compañeros, porque ¿cómo voy a juntar estos conejos de miéchica cuando llegue la hora de volverme con ellos, sueltos, como si fuesen un rebaño de corderos? Seguramente llegaré sin ninguno.
Comín se quedó triste y pensativo por un momento y se recostó en el musgo, sobre el costado izquierdo; después de un rato, sintiéndose cansado, se dió vuelta al otro lado y sintió que algo duro le molestaba; creyó que sería una piedra y se incorporó para quitarla, pero no halló nada en el suelo; entonces se registró para ver qué podía ser lo que le incomodaba y encontró en un bolsillo de sus pantalones el pito que le había dado el viejito, y se dijo, acordándose de un verso que había oído cantar antes de salir de su tierra:
--Quién canta su mal espanta, quién llora, su mal aumenta;
no estoy yo para dejarme morir; pasemos este mal rato tocando el pito y esto algo disipará mis penas;--y se llevó el pito a la boca y no hizo mas que hacerlo sonar y principian a llegar de carrerita todos los conejos, unos de un lado, otros de otro y se pusieron a bailar delante de él al compás de lo que tocaba. Imagínense cuánto sería el gusto del atribulado Comín, porque, por más que él tratara de engañarse, el susto se lo comía vivo; tanta fué la alegría de que se vió inundado todo su ser que no pudo contenerse y se puso a bailar con los conejos, hasta que se sintió fatigado. Díjoles entonces a los conejitos:
--Váyanse a corretear y a comer no más, mientras yo duermo una siestecita, que cuando sea tiempo los llamaré.
Y con esto los animalitos se fueron y perdieron de vista en un abrir y cerrar de ojos.
Mientras Comín dormía, el Rey le dijo a la Bruja:
--Comadre, no sé por qué me tinca que este diablo de Comín va a volver con los cincuenta conejos, ¿por qué no va a ver si los ha soltado y le compra uno, aunque le pida lo que le pida?
--Voy, compadre, y haré lo posible por quitarle uno siquiera.
Y se fué la vieja para donde estaba Comín, pero en la mitad del camino se transformó en la misma hermosa niña que robó la carta a Corrín. Pero, Comín que la había divisado desde lejos, antes que se transformara, se preparó para el ataque y poco antes que la Bruja llegase tocó el pito, y los conejos, apareciendo por todos lados, se formaron en círculo delante de Comín, como esperando sus órdenes. Llegó la Bruja transformada en niña y en verdad que venía hecha una tentación, pero Comín, que no olvidaba lo que le había pasado a su compañero pocos días antes, cuando volvía con la contestación de la carta que había llevado a Roma, apenas la falsa joven se le sentó al lado y con palabras halagüeñas le pidió que le vendiera un par de esos lindos conejitos, que los quería para cría, y que estaba dispuesta a darle lo que por ellos pidiera, fuese lo que fuese, Comín le dijo:
--Señorita, aquí está muy fresco, así es que no se imagine que tengo calor y no me venga a ofrecer membrillos para refrescarme, por que no seré tan leso como lo fué Corrín en días pasados, que se dejó embaucar tan fácilmente por usted. A otro perro con ese hueso.
--¿De qué cosas me habla usted, que no le entiendo? ¿Quién es ese Corrín y qué membrillos son esos?
--Mira, bruja de moledera, no te hagáis la lesa! más bien ándate donde tu compadre el Rey para que vea que no sacáis nada conmigo, y ándate luego, porque si no, la sacáis chueca.
--Este hombre debe estar loco--dijo la Bruja--mejor será que me vaya.
Y se fué donde el Rey.
--Señor--le dijo--este pícaro de Comín tiene a los conejos mansitos, como si los hubiera criado guachitos. Y lo peor es que me conoció y no pude sacarle ninguno.
--¿Y qué hacemos, comadre? Fíjese que su ahijada no quiere casarse con él y va a salir triunfante de todas las pruebas.
--Compadre, haga que mañana vaya mi comadre la Reina, pueda ser que ella consiga comprarle un conejito siquiera.
--Eso haremos, comadre; ella es muy habilosa y pueda ser que con su talento lo consiga; aunque lo dudo.
Cuando el Sol se puso, llegó Comín con los cincuenta conejos que le habían entregado, ni uno más ni uno menos; y al día siguiente volvió a salir con ellos y los dejó que se fueran a retozar con toda tranquilidad. Poco después llegó la Reina disfrazada, muy empolvada y con mucho colorete, pero a pesar de todo Comín la conoció, tocó el pito y los animalitos llegaron corriendo y se congregaron a su rededor.
--¡Qué lindos los conejitos! ¿son para venderlos?
--No se venden, señorita; son del Rey y tengo que entregar en la tarde los cincuenta que son, porque si falta alguno nos fusilan a mí y a mis compañeros; con que usted verá si puedo vender uno solo que sea.
--Pero uno siquiera.
--¿Pero que no ha entendido lo que acabo de decirle? Si falta uno solo de los cincuenta conejos que me han entregado, nos despachan a mí y a mis cinco compañeros para el otro mundo.
--¿Y si le diera 5.000 pesos por uno?
--Ni aunque me dé 10.000.
--¿Ni por 20.000 pesos?
--Ni por 50.000; valen más mi vida y la de mis cinco amigos.
--Mire, le daré 100.000 pesos.
--Sea por 100.000 pesos, y además un abrazo y un beso y un mordisco en el pescuezo.
--Todo lo que me pide, menos el mordisco.
--Sin mordisco, no hay venta.
--Si es así, venga también el mordisco, pero que no sea muy fuerte.
Entregó la Reina los 100.000 pesos, se dejó besar y abrazar y tuvo que aguantar un mordisco formidable de aquel gran comedor, que le arrancó medio cogote con sus dientes; pero la Reina, a pesar del intenso dolor que le produjo la herida, que casi se desmayó, se dió por feliz y satisfecha cuando Comín le entregó un conejo, que se llevó muy bien envuelto en la falda de su rico vestido. Comín se quedó aguaitándola, y cuando vió que iba a llegar al palacio, tocó el pito y al oirlo el conejo abrió un agujero en la tela en que iba envuelto y partió a todo escape a reunirse con sus compañeros, que lo esperaban delante de Comín. La Reina no se dió cuenta de la huída del animalito y sólo cuando extendió su vestido ante su marido para mostrárselo, vino a conocer su desgracia. Por cierto que al Rey sólo le contó lo de los 100.000, y por lo que hacía a la herida del cuello, que no podía moverlo, lo atribuyó a que se le había producido al pasar por debajo de una rama quebrada.
Al otro día, también por consejo de la Bruja, fué Hermosura del Mundo, muy bien disfrazada, a comprar un conejo y Comín que la conoció muy bien, se lo vendió por otros 100.000, un beso, un abrazo y qué sé yo qué otros cariños más, porque la Princesa a todo estaba dispuesta, menos a casarse con Comín. Pero la Hermosura del Mundo le pasó lo que a su madre, que, a pesar de haber envuelto el conejito con toda prolijidad, asegurándolo con alfileres de gancho, el animalito, obedeciendo al llamado del pito, logró desprenderse de su encierro sin que Hermosura del Mundo lo notara, y llegó muy sí señor a reunirse con los otros conejos.
Comín dijo al Rey:
--Supongo que su Sacarrial Majestad no nos va a tener toda la vida a mí y a mis compañeros exigiéndonos pruebas casi imposibles de ejecutar y que algún día esto ha de tener fin. Creo haber ganado sobradamente la mano de vuestra hija llevando a cabo los siete trabajos que se nos han impuesto, y espero que vuestra Majestad me la concederá hoy mismo:
Pero el Rey, que ya había sido aconsejado por la Bruja, le contestó:
--Es cierto Comín que tú y tus compañeros habéis ejecutado las siete pruebas que os he exigido, aunque una no se terminó, pero todavía voy a imponeros una más, y será la última: ésto y mucho más vale Hermosura del Mundo.
--¿Y cuál será esa última prueba, señor?
--Coge ese saco y llénamelo de verdades.
--Perfectamente, señor, y si quiere le lleno dos. ¿Puedo comenzar luego?
--Puedes comenzar.
La Corte estaba reunida, el Rey sentado en su trono; la Reina, con su cogote entrapajado, a la derecha del Rey; Hermosura del Mundo, a la izquierda; la Bruja, al lado de la Princesa; y a uno y otro lado de la gran sala, los grandes de la Corte y principales dignatarios y funcionarios. Se adelantó Comín, tomó el saco que se le había indicado y principió:
--¿Es verdad, señor, que para conceder la mano de Hermosura del Mundo vuestra Majestad antes no pedía sino que se le construyera en tres días y de tres azuelazos un castillo igual o mejor que el de su Sacarrial Majestad y en el cual se vieran el Sol y la Luna?, y que en esta vez, a exigencias de vuestra hija la Princesa Hermosura del Mundo, que me encuentra muy guatón y ordinario, me ha obligado vuestra Majestad a ejecutar muchos otros trabajos, a cual de ellos más difícil?
--Sí, es verdad.
--Y muy grande. Entra, verdad, al saco.--Y haciéndose como que echaba algo al saco, continuó:
--¿Es verdad, señor, que ejecutados todos los trabajos a entera satisfacción de su Majestad, vuestra Majestad, por consejos de esa Bruja infernal dispuso se me entregaran cincuenta conejos que debía soltar en la montaña y traerlos en la tarde, durante tres días, sin que faltara uno solo, so pena de la vida de seis personas, y que la misma Bruja, transformada en una hermosa niña, trató de quitarme uno de los conejos para que vuestra Majestad nos mandara fusilar a mí y a mis cinco compañeros; pero yo la conocí y no bastaron ni sus ofertas, ni sus tentaciones y demás argucias de que se valió para que yo le entregara uno?
--También es verdad.
--Otra verdad al saco, y van dos. Las que voy a decir en seguida son tan gordas que cada una es bastante para llenar un saco.
Y dirigiéndose a la Reina preguntó:
--No es verdad señora, que vuestra Majestad, disfrazada de dama de la Corte, fué el segundo día a comprarme un conejo con el mismo fin que su comadre la maldita Bruja, y que después de muchas ofertas consentí en entregarle uno en cambio de 100.000 pesos, un beso...
--Mira, hijo, le dijo la Reina al Rey, estamos tonteando; es mejor que se casen luego; ¿no ves que es inútil batallar con él y que siempre saldremos perdiendo?
Todavía hablaba la Reina cuando apareció al lado de Comín, sin que nadie supiera de donde salía, el mismo anciano que le había dado el pito, y dirigiéndose a la Princesa le dijo:
--Hermosura del Mundo, cásate con él y serás feliz.
Y tocando a Comín con el palo que le servía de bastón, quedó Comín transformado en un gallardo joven y cambió no sólo de figura sino que hasta del modo de hablar.
Se casaron, y Comín dejó de ser el gran comedor de antes; pero sus compañeros, que siguieron a su servicio, conservaron las virtudes de que gozaban y fueron poderosos defensores del reino. Hermosura del Mundo fué, como se lo pronosticó el viejito, muy feliz con su marido y jamás se acordó de que hubiera sido guatón y de modales ordinarios. Tuvieron un semillero de niños, todos buenos e inteligentes, y fueron para ellos una verdadera corona, más valiosa que la que ciñeron en su frente a la muerte del Rey.
Y aquí se acabó el cuento y se lo llevó el viento y pase por un zapatito roto para que alguno de los que me oyen cuente otro.