Juan Valiente, el de la Vaquilla
22. JUAN VALIENTE, EL DE LA VAQUILLA (Referido por el niño Samuel Antonio Letelier, de Molina, de 9 años. Lo oyó contar en Linares.)
22. JUAN VALIENTE, EL DE LA VAQUILLA
(Referido por el niño Samuel Antonio Letelier, de Molina, de 9 años. Lo oyó contar en Linares.)
Estos eran un Rey y una Reina que tenían muchos potreros llenos de animales, y los cuidaba un hombre muy honrado, que no sabía lo que era miedo, y famoso campañista, el cual se llamaba Juan.
Un día los reyes le mandaron a Juan que trajera todas las vacas, que eran muchas, para ordeñarlas, y Juan las trajo y los reyes se recreaban viendo tanta vaca gorda y cómo las lechaban.
Entre las vacas había una vaquilla flacuchenta y chiquitita. El Rey le dijo a la Reina:
--Démosela a Juan para él; este hombre se ha portado muy bien con nosotros y ha hecho crecer y le ha dado valor a nuestra hacienda.
--Bueno--dijo la Reina--démosela--y se la dieron.
Juan cuidó mucho su vaquilla y en poquito tiempo creció y engordó y se puso más gorda que las vacas del Rey.
Un día la vió la Reina y le dijo a Juan:
--Mata esa vaquilla que está tan gorda, y la hacemos charqui.
Juan le dijo:
--Esa vaquilla es mía y no la mato sino cuando yo quiera.
La Reina insistió en que la matara, pero Juan se fué donde el Rey a poner reclamo.
El Rey le dijo:--«Vete mejor con tu vaquilla a otra parte, porque la Reina está muy enojada contigo y quiere que la maten».
Se fué Juan con su vaquilla, y apenas se había alejado un poco de la ciudad, unos bandidos salieron de una casa que había a la entrada de un bosque y se la quitaron.
En la noche Juan se escondió en el pajar de la casa de los bandidos para ver si podía rescatar su vaquilla; pero desde su escondite vió cómo la mataban y después se la comían asada.
Juan tuvo mucha pena y llorando decía:--«Me la han de pagar estos badulaques».
Mientras comían y bebían, los bandidos formaban una gran zalagarda. El capitán los hizo callar y les dijo:--«Vámonos a dormir y mañana subimos al mirador a ver si pasa alguna niña para divertirnos con ella».
Esto que oye Juan, sale calladito y se va a casa de una comadre a pedirle ropa de mujer, se vistió con ella, se puso colorete, se empolvó y debajo de las polleras escondió un sable bien afilado.
Ya entrada la mañana, salió y pasó por frente a la casa de los bandidos, imitando el modo de andar de las mujeres.
Los bandidos estaban en el mirador, y en cuanto la vieron, bajaron a invitarla a tomar un refresco, porque hacía mucho calor. Ella aceptó y le sirvieron licor y le pasaron la guitarra para que los divirtiera tocando y cantando.
En la tarde, el capitán echó a los bandidos que se fuesen a la montaña, diciéndoles:--«Yo me quedaré aquí con esta prenda».
Se fueron los bandidos; y mientras el capitán, vuelto de espaldas, sacaba vino de un barril, Juan se arremangó las polleras, sacó el sable y dió al jefe de los ladrones dos o tres feroces cuchilladas y arrancó a esconderse en el mismo pajar.
El capitán, que había quedado herido solamente, gritaba como un condenado, tanto y tan fuerte que los bandidos que estaban en la montaña oyeron los gritos y creyeron que el capitán habría matado a la niña, y fueron corriendo a ver lo que había sucedido.
Cuando entraron, hallaron el cuerpo del capitán en el suelo, muy mal herido; lo tomaron, lo pusieron en la cama y uno dijo:--«Mañana temprano salimos a buscar a alguna vieja médica yerbatera para que cure al capitán».
Juan, que oyó esto, se fué inmediatamente a casa de su comadre, y ahí, con untos y pomadas, se pintó arrugas en la cara, tan bien que parecía una verdadera vieja, y vistiéndose con muy pobres vestidos y llevando escondido el mismo sable, se fué de madrugada a dar vueltas por frente a la casa de los bandidos, haciéndose la que buscaba yerbas.
Los bandidos, que estaban en el mirador, la vieron, y bajó uno a preguntarle si conocía a alguna médica que supiera curar heridas.
--Yo soy médica--le contestó Juan--y no hay quién me gane a curar heridas.
Entonces la llevó a presencia del capitán, y tras ellos siguieron los demás bandidos.
Examinó Juan las heridas con mucho cuidado y en seguida mandó a los bandidos a la ciudad que fuesen a buscar una pomada que era muy escasa, y que cada uno pasase a una botica diferente, por si los otros no la encontraban.
Salieron los bandidos, unos por un lado, otros por otro, y Juan subió al mirador a aguaitarlos, y una vez que se aseguró de que iban lejos, sacó el sable y acabó con la vida del capitán.
Después de lo cual, se llenó los bolsillos de plata, anillos y prendedores de oro, que encontró en gran cantidad en la pieza del capitán, y se fué a casa de su comadre, en donde se lavó bien y se vistió de hombre.
Cuando volvieron los bandidos, se encontraron con su capitán muerto y se dijeron:--«Pillados somos, vámonos de aquí»--y se fueron para Chillán.
Juan, que los había seguido, cateándolos, en cuanto vió que no volvían, se fué con sus padres y unas carretas a la casa de los bandidos y a hachazos echaron las puertas abajo y se llevaron todo cuanto encontraron, dejando la casa totalmente desnuda y quedando ellos muy ricos.
Poco tiempo después volvieron los bandidos y no hallaron sino las murallas peladas. Entonces comenzaron a averiguar quién en la ciudad se había hecho rico de repente en los últimos días, y supieron que Juan Valiente, el de la vaquilla, se encontraba en este caso.
Se propusieron entonces saltearlo y matarlo, porque no dudaron que él era el que había matado a su capitán y robado todos sus bienes; pero Juan, que no se descuidaba, sabía que los bandidos habían vuelto y que habían de atacarlo de un momento a otro.
Así fué que cuando los bandidos vinieron a saltearlo, lo encontraron en la puerta armado de su sable; y como Juan los había visto desde lejos, tuvo tiempo de mandar a su padre a avisar a la policía.
Comenzando a pelear estaba Juan con los bandidos y ya había matado a uno y a otro lo había dejado mal herido, cuando llegó la policía y tomó presos a todos los salteadores, que después de juzgárseles, fueron ahorcados, con lo cual Juan y sus padres vivieron tranquilos, gozando de las riquezas que Juan había quitado a los ladrones.
Y con esto se acabó el cuento del Periquito Sarmiento, que estaba con la guatita al aire y el potito al viento.