La Rosa de las Monjas Claras
30. LA ROSA DE LAS MONJAS CLARAS. En unas misiones que se daban en el Sur de Chile, después de terminadas las distribuciones piadosas, un hombre se acercó a…
30. LA ROSA DE LAS MONJAS CLARAS.
En unas misiones que se daban en el Sur de Chile, después de terminadas las distribuciones piadosas, un hombre se acercó a confesarse con uno de los misioneros, y, entre otros pecados, se confesó de que practicaba la magia negra. El sacerdote le dijo que un hombre inteligente no debía creer en tales cosas, que las prácticas de magia eran simples ilusiones diabólicas y que nunca producían nada positivo. El penitente le contestó que no era así y que, si quería comprobarlo, lo pusiera a prueba. El sacerdote aceptó, y le dijo que le hiciera venir una rosa del rosal tal y cual que estaba en tal parte del jardín de las monjas clarisas de Santiago, único de su clase que había en todo el país. El hombre le dijo que estaba bien, que se la traería en una hora y que, para proceder, lo encerrara en una pieza oscura y que guardara la llave. Así se hizo, y el sacerdote, después de cerrar la puerta de la pieza, se guardó la llave. Como tres cuartos de hora después el sacerdote entró a la pieza, y cuál no sería su espanto al ver tendido en el suelo un cuerpo sin cabeza. Repuesto un poco del susto, se propuso hacer una prueba en el cuerpo que estaba en tierra sin movimiento y le enterró en el talón del pie izquierdo un alfiler, pero el cuerpo estaba completamente insensible. Salió, y no volvió a entrar sino una vez cumplida la hora, y si antes fué grande su espanto al encontrarse con un cadáver, cuánto mayor no sería al verse frente a frente del hombre, que, de pie, le ofrecía una rosa, fresca y fragante, y le preguntaba si era de las mismas que le había pedido. El sacerdote, que estaba sumamente admirado, no contestó nada, sino que lo invitó a salir del cuarto. Cuando el hombre se puso a andar, cojeaba y se quejaba. El sacerdote le preguntó qué tenía, y él le respondió que al dejarse caer desde lo alto de la muralla al jardín de las monjas, se había clavado una espina del rosal en el talón y le dolía mucho.--“¿No ves como todo es pura ilusión?--le dijo el padre. No hay tal espina, ni tal muralla, ni nada; el dolor que sientes proviene de un alfiler que yo mismo te clavé en el talón”;--y para demostrárselo, le retiró el alfiler.--“Lo de la espina puede que sea ilusión, repuso el hombre; pero ¿y la rosa? es o no es de las del jardín de las monjas claras? Señor, yo no quiero volver a practicar la magia, y deseo seguir confesándome”. Y terminó su confesión, manifestándose muy arrepentido de sus pecados.
Esta historia se la contó a Francisco 2.º Vásquez su abuelita, quien la oyó de boca del sacerdote que confesó al brujo.