La Sapita Encantada

23. LA SAPITA ENCANTADA. (Referido por Beatriz Montecinos.) Estos eran un Rey y una Reina que tenían tres hijos, que se llamaban Pedro, José y Juan; y era…

23. LA SAPITA ENCANTADA.

(Referido por Beatriz Montecinos.)

Estos eran un Rey y una Reina que tenían tres hijos, que se llamaban Pedro, José y Juan; y era costumbre en el reino que el Rey dejara su corona a aquel de sus hijos que mejor le pareciere, sin tomar para nada en cuenta la edad; y así podía sucederle cualquiera de ellos, aunque fuese el menor.

¿Cuál de los tres heredaría el trono? Cuestión era ésta que preocupaba grandemente al anciano Rey, que no se decidía por ninguno, porque por los tres sentía igual cariño; ni podía partir el reino para dar a cada uno su parte, porque de la división resultarían tres pequeños estados, expuestos en todo momento a ser absorbidos por los reinos vecinos, que eran tan fuertes y poderosos como el país en cuestión.

La Reina le aconsejó que para salir de cuidado pusiera sus hijos a prueba enviándolos fuera del reino, con la condición de que regresaran casados, en un año, y con dos regalos para los reyes, y aquel cuya esposa fuera la más bella y cuyos regalos fueran más hermosos y de más valor, sería el heredero del trono.

El Rey se dijo: _El consejo de la mujer es poco, pero quien no lo sigue es un loco_, y decidiéndose por el que acababa de darle la Reina, que le pareció bueno, llamó a sus hijos, les hizo ver el apuro en que se encontraba y les propuso que salieran, se casaran y al año justo tornaran a palacio, y que la corona le correspondería al que volviera con la esposa más bella y trajera a los reyes dos obsequios que fueran reputados superiores al de los otros dos.

Los príncipes aceptaron sin vacilar y sólo pidieron que antes de partir se les indicara en qué debían consistir los regalos. Después de corta deliberación, los Reyes acordaron que el premio se adjudicaría al que presentara, además de la esposa más linda, la pieza de tela más fina y el perro más hermoso y más pequeño.

Los príncipes se despidieron cariñosamente de sus padres y partieron siguiendo el mismo camino, hasta llegar a un punto en que éste se dividía en tres. Aquí se abrazaron, y prometiendo reunirse en el mismo sitio al cumplirse el plazo acordado, cada cual tomó su camino.

Pedro, que era el mayor, tomó el de la derecha, y pasados unos cuantos días llegó a una casita que se levantaba a orillas de una laguna y en cuya puerta estaba una señora de edad. En el interior cantaba una niña con voz maravillosa, y Pedro, pensando que tan linda voz no podía provenir sino de una persona también muy linda, se propuso conocerla y pidió permiso a la señora para entrar; pero ella le contestó que lo dejaría atravesar los umbrales sólo en caso de que prometiese casarse con la que cantaba. Prometiólo el joven, y entró al salón de la casa, pero por más que escudriñaba por todas partes, no descubría a persona alguna, hasta que, en un rincón vió a una Sapita que saltaba.

--¿Es ésta la que canta?--preguntó Pedro.

--Sí, ella es--contestó la señora.

--¿Quién se va a casar con esta sapa asquerosa?--repuso el príncipe, y lanzándole un escupo, se mandó cambiar.

Momentos después, José, el segundo de los hijos del Rey, llegó al mismo sitio, porque a él concurrían los tres caminos; y para abreviar diremos que le pasó lo mismo que a su hermano Pedro, sólo que, en vez de escupir a la Sapita, le dió un feroz puntapié y la disparó lejos.

No haría una hora que había salido José, cuando Juan, el tercero de los hermanos, llegó a la casita, y oyendo aquella voz tan dulce y melodiosa, se quedó alelado. Cuando calló la que cantaba, Juan rogó a la señora que le presentara a la hermosa artista, pues no dudaba que debía de ser hermosa quien tan linda voz tenía. La señora consintió, pero, como en los dos casos anteriores, hizo antes prometer a Juan que se casaría con la que cantaba. Juan se lo juró, y entonces ella le mostró a la Sapita, que en ese momento andaba a saltitos en su rincón. El Príncipe, aunque sintió un movimiento de repugnancia, dijo:

--Palabra de Juan no puede faltar: estoy dispuesto a casarme.

--Y no te pesará--exclamó la Sapita.

Y el casamiento se celebró inmediatamente.

Juan a veces se ponía triste y se sentía desgraciado; pero la voz encantadora de la Sapita, que parecía adivinar sus penas, y sus palabras tiernas y cariñosas lo consolaban y le hacían olvidar la fealdad de la que era su mujer.

Los otros dos hermanos también se habían casado, pero sus mujeres eran hermosas y ricas.

Cuando ya se aproximaba el término del año, Pedro y José pensaron en volver a palacio, y ocupando lujosos carruajes, partieron con sus esposas, que iban elegantemente ataviadas.

Al pasar por la casita de la laguna, vieron a Juan en la puerta, lo saludaron sin bajarse de sus coches y le pidieron les presentase a su mujer. Antes que Juan contestara, saltó la Sapita y les dijo:

--Yo soy la mujer de Juan, y dentro de poco nos juntaremos con ustedes en el lugar convenido.

Los dos príncipes y sus mujeres, al ver tan singular esposa, soltaron una carcajada y dijeron a Juan:

--¿Cómo te atreverás a presentarte ante nuestros padres acompañado de esa horrible sapa casposa?

--Esta ha sido mi suerte--respondió Juan--y estoy contento con ella; esta horrible sapa, como ustedes la llaman, es mi mujer, me ha hecho feliz y con ella iré a postrarme ante mis padres.

Los dos príncipes partieron y convinieron en seguir a palacio sin esperar a Juan en la encrucijada. Creían que el premio se disputaría entre los dos solamente, pues no les pasaba por la imaginación que se asignara al marido de una sapa. ¿Y los regalos que Juan debía presentar? ¿De dónde habría sacado dinero para comprarlos? La casita en que vivía, modesta por demás, demostraba, a las claras, su probreza. Pero, como dice el refrán, _el hombre prepara y Dios dispara_, y a esos malos hermanos les salió el tiro por la culata.

Transcurrida una hora, la Sapita dijo a Juan:

--Ya es tiempo de que nos vamos. Ve al huerto y encontrarás dos burritos: amárralos al viejo carretón que está detrás de la casa y subamos a él en compañía de la señora que tanto y tan bien nos ha cuidado. Los burros conocen el camino que han de seguir y saben lo que han de hacer. En esta cajita hay dos nueces; cuando llegue el momento de entregar los regalos que debes presentar a tus padres, a cada uno le pasarás una nuez y les rogarás que las abran. Y vámonos.

Los burros emprendieron un trotecito muy cundidor y el carretón, que parecía que de un momento a otro se iba a desarmar, de puro viejo, crujía como un diablo, pero nada malo le pasaba. Después de algunas horas de marcha, encontraron en el camino a Pedro, cuyo lujoso coche se había volcado y hecho pedazos, maltratando a su mujer y dejándola tuerta para toda su vida, pues una astilla desprendida del carruaje le arrancó un ojo. Con estos contratiempos, Pedro estaba con un genio de mil demonios; así es que cuando la Sapita les ofreció a él y a su mujer un sitio en el carretón, en vez de agradecérselo, la echó a buena parte.

Una nube de tristeza cubrió el rostro de Juan, que no pudo oir sin profundo dolor las palabras poco amables de su hermano; pero la Sapita, que parecía leer en el pensamiento de su marido, le dijo al punto:

--Desecha tus penas, hijo; no le hagas juicio a tu hermano; pronto terminarán nuestros pesares y seremos completamente felices.

Y los burros emprendieron de nuevo su marcha, y no se detuvieron sino un poco más adelante, en que encontraron a José, a quien se le habían encabritado los caballos, despedazándole el coche a patadas, una de las cuales aplastó la hermosa nariz de su mujer y la dejó completamente ñata para todos los días de su vida. José estaba que no cabía en sí de rabia, así es que cuando Juan se ofreció para ayudarlo, o si mejor le parecía, para llevarlos a él y a su esposa en el carretón, se desató en insultos contra él y la Sapita, a quien llamó asquerosa.

Juan no dijo nada, pero el dolor lo consumía. La Sapita le dijo:--“¿Por qué está triste? No haga juicio de los denuestos de su hermano; ¿no ve que son hijos de la desgracia que ha sufrido? Alégrese, que ya falta poco para que terminen nuestras penas”.--Y para consolarlo le cantó una de las más bellas canciones que sabía, la que más le gustaba a Juan.

Mientras tanto los burritos seguían su menudo trote y no tardaron en llegar a orillas de un arroyo que pasaba muy cerca de la ciudad en que residían los reyes. La Sapita dió un salto y se metió en el agua y en el mismo instante se convirtió en la más hermosa princesa que jamás vieron ojos humanos. El Príncipe se arrodilló a sus pies y extasiado le besaba las manos. La Princesa le dijo:--Príncipe, es preciso que lleguemos hoy a palacio; vuestros hermanos han comprado nuevos coches y se acercan a mata caballos. Subamos al nuestro, que por muy despacio que nos lleve, siempre llegaremos antes que ellos.

Sólo entonces el Príncipe se dió cuenta de nuevos cambios maravillosos: su traje, completamente nuevo, era de un valor extraordinario; la anciana señora que les había servido de ama de llaves, era una hermosa dama elegantemente vestida; los burritos se habían transformado en dos preciosos caballos ricamente enjaezados; y el carretón se había convertido en una carroza tan linda que seguramente no se encontraría otra igual en cocheras reales.

Llegaron a palacio, y los reyes experimentaron la mayor alegría al volver a ver a su hijo menor y se sintieron deslumbrados ante la hermosura y elegancia de su nuera y la majestad de la señora que la acompañaba.

Después de besar y abrazar cariñosamente a Juan y a su esposa, les pidieron que les contaran sus aventuras.

Refirió el Príncipe cuanto le había pasado desde su salida; y la dama, cómo una bruja, por odio al Rey su esposo, que quiso arrojarla de sus estados, con sus malas artes mató al Rey y convirtió a la Princesa en una sapita, dejándole sólo su hermosa voz y condenándola a vivir en esa condición hasta un año después que un príncipe consintiera en casarse con ella; y como hoy se cumplió el año en que el príncipe Juan contrajo matrimonio con mi hija, la veis transformada en lo que era cuando la bruja se ensañó contra nosotros.

Terminaba la dama su relato cuando entraron Pedro y José con sus respectivas consortes, tuerta la del primero, y con la nariz quebrada la del segundo, y ambas con sus trajes sucios y despedazados, pues no habían tenido tiempo de comprar otros nuevos, por temor de llegar atrasados.

Grande fué también el gusto que manifestaron los reyes con la llegada de sus dos hijos mayores, pero el alma se les fué a los pies al ver la facha de sus mujeres: ¡la una tuerta y con la mitad del rostro hinchado, y la otra con la nariz desparramada por toda la cara! ¡El contraste era grande entre ellas y la mujer de Juan! No había duda: el premio le correspondía a éste. Pero ¿y si los obsequios que debía traer Juan eran inferiores a los de Pedro y José? Era necesario verlos para resolver.

Convocaron a los grandes de su Corte para que sirvieran de árbitros, y ante ellos fueron presentando sus regalos los tres príncipes. Pedro, como mayor, se acercó el primero y entregó un valioso cofre de cedro como de media vara, y abierto, sacaron una pieza de tela de seda que mediría unas veinte varas, muy hermosa, muy fina, con bordados preciosísimos; de otra caja sacaron un lindo perrito, de una cuarta de alto, más o menos. Una y otra cosa merecieron ruidosos aplausos, y en verdad que los merecían.

Siguió José, que abriendo un cofre de plata de las mismas dimensiones que el entregado por Pedro, sacó otras veinte varas de tela, también de seda, pero más fina, más rica y más hermosa que la de su hermano. El perrito era también más lindo, y más chiquitín que el de Pedro. Estos obsequios valieron a José una salva de aplausos más larga y bulliciosa que la anterior.

Por último, acercóse Juan, que respetuosamente entregó al Rey una de las nueces que le había dado la Sapita, y la otra a la Reina, y les rogó las abrieran. Hiciéronlo sin esfuerzo, pues casi se abrieron por sí solas, y la Reina sacó de la suya una tela primorosamente tejida, de finísimo hilo de oro y que medía mil varas de largo, ¡cómo sería de fina que toda cabía en la cáscara de una nuez! De la que abrió el Rey saltó a la mesa que estaba frente a los monarcas un perrito tan diminuto, tan bellamente lindo que causó la admiración de todos los presentes. El perrito se puso a bailar y en cada vuelta que daba lanzaba perlas y diamantes y toda clase de piedras preciosas. No son para contar los aplausos con que fueron recibidos ambos objetos y las aclamaciones y vítores que obtuvo la declaración del Rey de que Juan, el menor de sus hijos, sería el heredero del trono.

Y se acabó el cuento y se lo llevó el viento.

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