Salir con Su Domingo Siete
25. SALIR CON SU DOMINGO SIETE Había una vez un jorobado, buena persona, que llevaba su desgracia con paciencia, y no era envidioso ni amigo de burlarse del…
25. SALIR CON SU DOMINGO SIETE
Había una vez un jorobado, buena persona, que llevaba su desgracia con paciencia, y no era envidioso ni amigo de burlarse del prójimo, como son casi todos los que tienen el espinazo quebrado; y este buen hombre salió un día a hacer una diligencia a un pueblo inmediato al suyo y no pudo regresar hasta la noche. Al pasar por un sitio extraviado, vió, desde un matorral, un corro de brujas, las cuales, tomadas de las manos, daban vuelta bailando y cantando:
Lunes y Martes, Miércoles tres,
sin cambiar este estribillo. El jorobadito, que era nervioso y vivo de imaginación, viendo que las brujas no salían de la cantinela
Lunes y Martes, Miércoles tres,
no pudo contenerse y desde su escondite gritó:
Jueves y Viernes, Sábado seis.
Las danzantes no cupieron en sí de gozo al ver tan lindamente completado su canto, y, agradecidas, resolvieron premiar a la persona que había tenido tan feliz inspiración. Llevado el joven al medio del corro, una propuso darle un palacio; otra, todo el oro que deseara; la de más allá, hacerlo rey; pero el jorobadito, que oía la discusión muy complacido, les dijo:--«Yo me contentaría y me daría por muy feliz con que hicierais desaparecer mi joroba y me asegurarais lo suficiente para tener un buen pasar»,--gracias, ambas, que inmediatamente le fueron acordadas.
Al día siguiente nuestro ex-jorobado tropezó en la calle con un amigo que sufría del mismo mal de que él tan felizmente había sido curado por las brujas. El amigo se extrañó de verlo tan cambiado y casi no lo conoció, pues la ausencia de la joroba había convertido al antiguo corcovado en un real mozo. A la pregunta que le hizo el amigo, a quien la envidia roía las entrañas, de cómo había ocurrido tal metamorfosis, el interrogado le refirió la aventura, y el giboso se prometió ir esa misma noche al sitio en que las brujas se reunían; y así lo hizo, ocultándose en el mismo matorral desde donde su amigo había presenciado el baile. Momentos después llegaron las brujas y comenzaron la danza, cantando:
Lunes y Martes, Miércoles tres, Jueves y Viernes, Sábado seis.
El segundo jorobado, que también deseaba ver desaparecer su corcova, imitando lo que su amigo había hecho, quiso agregar algo a los versos que cantaban las brujas, y cuando por cuarta o quinta vez repetían
Lunes y Martes, Miércoles tres, Jueves y Viernes, Sábado seis,
muy ufano exclamó:
Domingo siete.
Las brujas detuvieron inmediatamente la danza y unas a otras se miraron contrariadas.
--¿Quién es el estúpido que ha venido a perturbar nuestro hermoso canto?--dijo una.
--Busquémoslo--contestó otra.
Y sin gran trabajo encontraron al pobre jorobado, que temblaba de miedo ante la ira de aquellas mujeres, y lo arrastraron al medio del corro.
--¿Qué castigo daremos a este miserable?--preguntó la que hacía de jefe.
--Que le salgan cuernos y rabo--dijo una.
--Que cuando hable eche sapos y culebras por la boca--repuso otra.
--No--exclamó una tercera,--por su impertinencia merece que le obsequiemos con una segunda joroba.
--¡Eso es! Eso es!--gritaron todas.
Y a empellones y puntapiés despidieron al giboso, que volvió al pueblo llevando sobre sí dos hermosas corcovas: una sobre el pecho y otra sobre la espalda.