EL LORO ADIVINO

(Referido por José Luis Pino, de 20 años, de Rancagua, en 1912) Para saber y contar, aprender y escuchar. Esta era una perrita muerta que me quería morder, y…

(Referido por José Luis Pino, de 20 años, de Rancagua, en 1912)

Para saber y contar, aprender y escuchar. Esta era una perrita muerta que me quería morder, y yo, como estaba vivo, me supe defender. Este era un hombre que tenía dos hijos, uno era más grande y el otro era más chico, uno se llamaba Pancho y el otro Francisco, uno comía pan y el otro ballico. Fin del principio y principio del fin.

Han de saber que en una ciudad, capital de un reino, vivía una viuda pobre, pero hacendosa, que tenía tres hijas muy bellas, que se llamaban Flor Rosa, Flor Hortensia y Flor María; las había criado muy bien, y eran honestas, modestas y trabajadoras. Los vecinos apreciaban mucho a esta familia y se deshacían en alabanzas cuando hablaban de ella; que es cuanto puede decirse en su favor.

Sucedió que una noche en que las tres niñas cosían empeñosamente, porque al otro día temprano tenían que entregar un traje de novia, conversaban haciéndose bromas para acortar las horas. Las alegres carcajadas que provocaban sus dichos atrajeron la atención del Rey, que casualmente pasaba en ese momento frente a la puerta de la casa de la viuda, y se detuvo a escuchar lo que decían. Hablaban de casamiento.

--A ver, Flor-Rosa,--decía una de ellas,--si pudieras escoger ¿con quién te casarías?

--¡Vaya una pregunta! pues con el pastelero del Rey, para comer todos los días sabrosos pasteles. ¿Y tú, Flor-Hortensia?

--¿Yo? Yo me contentaría con el cocinero del Rey, y entonces comería los mejores guisados que se hacen en el país. ¿Y tú, Flor-María?

--Si en mí estuviese, yo me casaría con el Rey y le daría dos hijos y una hija, que serían los más bellos de la tierra y tendrían el Sol, el Lucero y la Luna en la frente.

El Rey se retiró y al otro día se presentó en la casa de la viuda acompañado de sus Ministros, de su pastelero y de su cocinero.

--Vengo--dijo--a cumplir los deseos de vuestras hijas. ¿Cuál es Flor-Rosa?

Flor-Rosa se adelantó.

--Te casarás con mi pastelero y tendrás veinte mil pesos de dote. ¿Cuál de las dos que queda es Flor-Hortensia?

Flor-Hortensia se presentó ante el Rey.

--Te casarás con mi cocinero y también tendrás veinte mil pesos de dote. Y tú, Flor-María, te casarás conmigo; pero tendrás que darme dos hijos y una hija que tengan el Sol, el Lucero y la Luna en su frente, como lo has prometido.

Se celebraron las bodas, y todo en apariencia marchó bien durante los primeros meses; pero la envidia se había apoderado del corazón de las dos hermanas mayores, que a toda costa querían la pérdida de la Reina.

Poco antes de enterarse los nueve meses de matrimonio, un Rey vecino declaró la guerra al marido de Flor-María, que tuvo que salir apresuradamente con su ejército a defenderse del enemigo; pero antes de partir recomendó a sus cuñadas que cuidaran de su mujer.

Días después la Reina tuvo dos hijos y una hija: los tres, que eran hermosísimos lucían en su frente, un Sol el que primero había nacido; el segundo un Lucero, y la niña la Luna llena.

Flor-Rosa y Flor-Hortensia, que asistían a su hermana, encontraron que no podía ser más propicia esta ocasión para saciar su envidia; y cambiaron los niños que acababan de nacer por tres perrillos que en la mañana había tenido una perra de Flor-Rosa. Cuando Flor-María pidió sus hijos para verlos, le pasaron los tres animalitos.

Las hermanas de la Reina mandaron un propio al campamento a dar al Rey la triste nueva, que ambas envidiosas habían cuidado de hacer pública y que ya todos conocían en el país. El Rey mandó decir que emparedaran a la Reina y no dejaran sino un pequeño ventanillo en la muralla, del tamaño indispensable para poderle pasar todos los días un pan y un vaso de agua, único alimento que tendría hasta que Dios se sirviese llevarla.

Mientras tanto Flor-Rosa había colocado a las tres criaturas en una artesa que depositó en un arroyo que corría a los pies del palacio.

Un hortelano que vivía más abajo del palacio sacaba agua del arroyo justamente en el momento que la artesa pasaba por ahí y metiéndose en el agua, la sacó.

La mujer del hortelano, una robusta campesina que también había tenido una guagua en la noche anterior y se le había muerto recién nacida, en cuanto vió a los tres pequeñuelos que le presentaba su marido, tan bellos tan risueños, dijo que los criaría y cuidaría como si fueran sus propios hijos.

Los niños recibieron los nombres de los astros que cada uno llevaba en su frente; de modo que el que había nacido primero se llamó Sol; el segundo Lucero; y la niña, Luna.

Los tres crecieron creyendo que eran hijos del honrado hortelano y de su mujer y amándolos y respetándolos como si hubiesen sido sus padres verdaderos.

Trascurrieron algunos años y murió la excelente mujer que los había críado.

Los niños, a medida que crecían en edad, crecían en hermosura; pero desde pequeñitos los habían acostumbrado a llevar un pañuelo que les cubría la frente y la cabeza, así es que nadie sabía que cada uno de ellos tenía un astro en la frente.

A los doce años, el hortelano se enfermó gravemente; llamó a los niños y les contó su historia. Poco después murió y los dejó de herederos.

Terminado el luto que guardaron por él, dijo Sol a sus hermanos:

--Voy a salir a buscar a nuestros padres; y mientras tanto Uds. se sostendrán con el producto de la huerta.

Lucero y Luna no querían que se fuese, pero él les dijo que era necesario, y partió apercibido de dinero y provisiones para un mes.

Anduvo Sol varios días sin tropezar con nadie, hasta que, por fin, al terminar la semana, se encontró con una viejecita muy simpática, que le pidió una limosna. El niño le dió un pedacito de pan y otro de queso. La viejecita le dió las gracias y le preguntó:

--¿A dónde va, hijito?

--A buscar a mis padres, a quienes no conozco ni sé dónde se encuentran,--le contestó Sol--y le contó su historia.

La viejecita le dijo:

--Para encontrarlos, necesita apoderarte del Arbol que canta, del Agua de la vida y del Loro adivino; y yo lo ayudaré a dar con ellos.

Y entregándole tres gruesos ovillos de hilo, le agregó:

--Ande todo el largo del hilo que contienen estos ovillos y llegará al palacio de un Rey ciego; él le dirá lo que tiene que hacer para encontrar lo que busca.

Ató el niño la punta de la hebra de uno de los ovillos al tronco de un árbol, y despidiéndose de la viejecita se fué, desenrollando el ovillo; concluido éste, hizo lo mismo con el segundo, y después con el tercero, y por fin llegó donde el Rey ciego.

El Rey le preguntó:

--¿Qué desea, joven?

--Vengo de parte de una viejecita que me entregó tres ovillos de hilo y me dijo que su Sacra y Real Majestad me diría cómo debía hacer para apoderarme del Arbol que canta, del Agua de la vida y del Loro adivino, por medio de los cuales podría encontrar a mis padres.

--Para alcanzar todas estas cosas, monta en el caballo que luego van a traerte y lo dejas ir; él, por si solo, te llevará hasta el Arbol que canta, del cual tomarás nada más que el cogollo, que basta, pues, plantado, en tres días será tan corpulento como el Arbol mismo y cantará como él. El Arbol te dirá lo que debes hacer en seguida. Cuidado con incomodar al caballo en lo más mínimo, porque, en cuanto se sienta molestado se deshará de tí y no conseguirás nada.

Si logras salir bien en tu empresa, pasas a verme a la vuelta.

Sol prometió obedecer en todo, se despidió del Rey ciego y montó en el caballo que le acababan de traer, que, en cuanto sintió el peso de su jinete, partió a toda velocidad.

Después de siete días de marcha, llegaron caballo y caballero a una plazoleta cubierta de menudo césped y rodeada de hermosos árboles a cuya entrada había dos enormes montones de piedras. El caballo, que hasta entonces se había limitado a correr en línea recta, se puso a hacer cabriolas alrededor de la plazoleta; y Sol, entusiasmado de los movimientos elegantes del animal, le clavó las espuelas, en un momento en que se detuvo, para que continuara; pero el bruto, dando un salto, lo sacó de la silla y lo disparó lejos, convirtiéndose el niño en piedra al tocar el suelo.

Trascurrieron treinta días desde la partida de Sol, y Lucero y Luna perdieron la esperanza de que volviera. Entonces acordaron que Lucero saliese a buscarlo.

Tomó Lucero un poco de dinero y provisiones para un mes y con un abrazo se despidió de su hermana, prometiendo volver antes de los treinta días.

A los siete de marcha, le salió al encuentro la misma viejecita que había hablado con Sol.

--¡Una limosnita, mi caballerito!

Lucero le dió un pan y un buen pedazo de queso.

--¡Gracias, hijito! ¿Y se puede saber a dónde va?

--¡Cómo no! Voy en busca de mis padres, a quienes no conozco, ni sé siquiera dónde se encuentran, y de mi hermano mayor, que hace más de un mes salió de la casa, en la misma diligencia que yo y aún no ha vuelto.

Lucero contó su historia a la viejecita, que la escuchó atentamente como si no la conociera, y una vez que terminó, le dió las mismas instrucciones que a su hermano y le entregó los tres ovillos.

Llegó Lucero al palacio del Rey ciego, quien, con las correspondientes recomendaciones, le hizo entregar el caballo.

Cuando estuvieron en la plazoleta, el caballo se puso a bailar alrededor del árbol, pero Lucero permaneció tranquilo hasta que el bruto se detuvo. Se bajó entonces, y con algún trabajo pudo subir por el tronco hasta el cogollo, que cortó.

En cuanto Lucero estuvo en tierra, el Arbol comenzó a cantar melodiosamente, y cantando dijo al niño:

--Sigue el camino que está al frente de tí, y donde termina encontrarás un pozo; toma una jarro que hallarás a su lado, y sentándote en el brocal, espera que las aguas suban hasta llegar al borde; entonces solamente llenarás el jarro. En seguida viertes un poco del agua que saques sobre las piedras que encuentres alrededor del pozo y a la entrada de esta plazoleta, sin temor de que el agua se acabe, porque es inagotable, y verás que las piedras se convierten inmediatamente en hombres, pues lo son, y entre ellos está tu hermano, que se han convertido en guijarros por no seguir fielmente las instrucciones que recibieron del Rey ciego, ni las que yo les dí.

Llegó Lucero al pozo, tomó el jarro y se sentó en el brocal, esperando que las aguas, que subían con una lentitud desesperante, alcanzaran hasta arriba; pero transcurrían las horas, una tras otra, se acercaba la noche, y aún faltaba medio metro para que las aguas tocaran el borde del brocal. El niño era nervioso y no aguantó más; se inclinó hacia el interior, introdujo el jarro en el agua, pero apenas tocó el líquido, una fuerza violenta lo arrojó hacia atrás y al caer en el suelo quedó, como su hermano, convertido en piedra.

Luna esperó pacientemente la vuelta de Lucero; pero trascurrió el mes y no apareció. Tomó entonces dinero y provisiones para un largo viaje y se puso en marcha, dispuesta a no regresar sin sus hermanos.

A los siete días de camino se encontró con la viejecita.

--¡Una limosnita, mi señorita, para esta pobre vieja!

--¡Cómo no, mamita! ¡Con mucho gusto! Y dígame antes ¿vive usted sola?

--No, mi hijita, me acompañan siete nietecitos, que no tienen padre ni madre y cuyo único sostén es esta pobre vieja desvalida.

La niña, que era muy bondadosa y compasiva entregó a la anciana la mitad de las provisiones y del dinero que llevaba. La viejecita se deshizo en agradecimientos, y le preguntó:

--¿A dónde va, mi hijita?

--En busca de mis padres a quienes no conozco ni sé dónde se encuentran, y de dos hermanos que salieron con el mismo objeto y que no han vuelto, a pesar de haber transcurrido de más el plazo que fijaron para su regreso. Y le contó su historia.

--Yo, hijita, la ayudaré a encontrarlos, y créame que los encontrará. El bien que se hace, tiene que ser premiado. Tome estos tres ovillos de hilo y ande todo el largo de ellos; al concluirlos, llegará al palacio de un Rey ciego, quien le indicará lo que debe hacer en seguida.

Anduvo la hermosa niña hasta concluir los tres ovillos de hilo, en lo cual demoró siete días completos. Entró al palacio del Rey ciego, que la recibió afablemente y le dió las mismas instrucciones que a sus hermanos. Cuando le trajeron el caballo, lo acarició pasándole la mano por la cabeza y por el cuello, y le decía:

--¡Qué pelo tan suave! Si parece que fuera de seda. ¡Qué caballo tiene vuestra Majestad, señor Rey! Yo nunca he visto otro de tan buen porte y tan proporcionado como éste!

El caballo, como si comprendiera las alabanzas de la niña, relinchaba alegremente.

Montó Luna en él, y despidiéndose del Rey, partió a toda carrera.

Más o menos a medio día llegaron a un hermoso prado atravesado por un arroyuelo de limpidísimas aguas. La niña invitó al caballo a que se detuviera para bajarse, y el animal se paró. Descendió la niña, le quitó el freno y le dijo, acariciándolo:

--Come, caballito lindo, y bebe y descansa que bastante falta te hace, pues has corrido tanto y debes sentirte fatigado.

Después de solazarse el caballo un par de horas, él mismo se acercó a Luna, que volvió a montar y continuó su marcha.

Todos los días, hasta completar el séptimo, que llegaron a la plazoleta, Luna dió dos horas de descanso a su cabalgadura, escogiendo siempre los sitios mejor empastados y con buena agua, para que el noble bruto pudiera reponerse.

El caballo dejó su preciosa carga cerca del Arbol, el cual inmediatamente se puso a cantar las más armoniosas melodías, e inclinó su copa hacia la niña, como si la convidara a cortar el cogollo; lo cual, ejecutado por Luna, el Arbol la invitó a que fuera a traer el agua de la vida.

Cuando la niña llegó al pozo, el agua alcanzaba al borde del brocal, así es que inmediatamente llenó el jarro sin dificultad. En el mismo momento en que Luna introducía el jarro en el agua, un hermosísimo loro de brillantes y variadas plumas se posó en su hombro derecho y la saludó:

--Buenos días, bella Luna.

--Buenos los tengas tú, preciosa ave. ¿Eres tal vez el Loro adivino, que me ayudará a encontrar a mis padres?

--Sí, yo soy. Apresúrate a verter agua de la vida sobre las piedras para que volvamos pronto al palacio del Rey ciego e irnos, en seguida, a tu casa.

Comenzó la niña a echar agua sobre las piedras que rodeaban el brocal del pozo, y al mojar la primera se levantó Lucero, que abrazó cariñosamente a su hermano. Apenas el agua tocaba una piedra, se alzaba un hombre: un conde, un marqués, un príncipe. Continuó con las que estaban a la entrada de la plazoleta, y al caer el agua sobre la primera de éstas, apareció Sol. Los tres hermanos se estrecharon entre sus brazos, y Sol y Lucero agobiaban a Luna a preguntas, que ella contestaba risueña, sin dejar de echar agua sobre las piedras. Terminada esta tarea, montó a caballo y salió de la plazoleta seguida de una multitud de apuestos jóvenes, que lanzaban hurras y vivas a su libertadora: jamás rey ni reina llevó tan numeroso y escogido séquito ni fueron tan aclamados como lo fué Luna en esta ocasión.

A poca distancia de la plazoleta la avenida se dividía en tres caminos, y allí se despidieron todos de los tres hermanos, tomando cada cual el que le convenía. Sol, Lucero y Luna siguieron por el que conducía al palacio del Rey ciego, al que llegaron en breve tiempo, porque parece que las distancias se habían acortado.

Se desmontó la niña del caballo y el Loro le dijo al oído:

--Humedece con el agua de la vida los ojos del Rey y en seguida arroja un poco de la misma agua a la cabeza del caballo.

La niña obedeció, y el Rey recobró la vista y el caballo se convirtió instantáneamente en el más hermoso y gallardo príncipe que haya pisado la tierra. El Rey y el Príncipe se abrazaron tiernamente.

--¡Por fin han terminado nuestras penas--dijo el Rey--gracias a esta heroica niña!

Y refirió a los tres hermanos que hacía veintiún años que una bruja, su enemiga, lo había dejado ciego a él y había encantado a su hijo, situaciones que debían durar hasta que alguien se apoderara del Arbol que canta, del Agua de la vida y del Loro adivino.

El Príncipe, que se había enamorado de Luna, pidió a su padre que lo dejara casarse con ella, si ella lo aceptaba por esposo. Luna manifestó su alegría ante tal petición; pero el Rey les observó que, aun cuando él aceptaba plenamente esta unión, era menester esperar que los niños encontraran a sus padres para pedirla en matrimonio. Se convino en que se haría así, y al otro día partieron nuestros pequeños héroes.

Cuando nuestros viajantes llegaron a su casa, Luna plantó la rama del Arbol que canta en medio del jardín, y en tres días había crecido tanto y estaba tan corpulento como el árbol de que provenía. El Loro adivino vivía en sus ramas y solía acompañar en sus cantos al Arbol, que era la delicia de todo el vecindario.

La fama de este Arbol maravilloso se extendió por todo el país y bien pronto llegó a oídos del Rey, que quiso conocerlo; y al efecto, acompañado de la Corte, de sus cuñadas y de muchas damas, se trasladó a la casa de los niños.

Lo primero que llamó la atención de todos fué la hermosura incomparable de los tres hermanos y la simpatía que despertaban.

Parecía que el Arbol hubiese reservado sus mejores cantos para esta visita: las melodías que entonó eran tan dulces, tan suaves, tan armoniosas, que el Rey y su comitiva se quedaron extasiados escuchándolo y las horas pasaron sin sentirlas.

De pronto el Arbol calló y poco a poco el auditorio volvió en sí. El Rey fué el primero en hablar:

--¡Qué cosa tan extraordinaria--dijo--que un árbol cante!

El Loro habló entonces, con voz entera y clara, que todos oyeron perfectamente:

--Es verdad, su Majestad, que es muy extraordinario; pero no tanto como el que una mujer dé a luz tres perros, en vez de tres criaturas, cosa que tan fácilmente hicieron creer a vuestra Majestad sus cuñadas.

--¿Cómo? ¿Qué dice ese Loro?

--Yo contaré a vuestra Majestad cómo pasaron las cosas. Pero ante todo, haga vuestra Majestad que amarren bien a sus cuñadas a un árbol, porque al ver que se van a poner en descubierto sus picardías, tratarán de escabullirse y huir. Y ordene también que inmediatamente saquen a la Reina de su entierro, porque si no sale luego de ahí, morirá; y que la traigan aquí, pues su presencia es necesaria.

El Rey dispuso que, con fuertes correas, ataran a un árbol a las hermanas de su mujer, y que, sin demora, libraran a la Reina del emparedamiento en que estaba y la trajeran.

Momentos después llegó la Reina en silla de manos. Los doce años de encierro y la falta de alimentos la habían convertido en un esqueleto viviente; no podía andar, ni tenía fuerzas para hablar. Pero Luna, apenas la vió, como impulsada por un resorte, corrió a su habitación y volviendo con el jarro del agua de la vida le dió a beber un trago. Al punto la Reina se levantó de la silla en que estaba sin ánimos y como muerta, revestida de su antigua juventud, belleza y esplendor; y al verla, los personajes de la Corte, sin poder contenerse, prorrumpieron en gritos de júbilo, aclamando a su soberana.

El Loro pidió que le escucharan, y al instante se hizo el silencio mas profundo. Entonces refirió como las hermanas de la Reina corroídas por la envidia, aprovecharon la ausencia del Rey para substituir por tres perrillos despreciables los hermosos hijos que Flor-María había tenido y que, como lo había prometido, nacieron el uno con el Sol en la frente, el otro con el Lucero y la niña con la Luna llena; cómo Flor-Rosa los había echado al arroyo en una artesa y habían sido salvados por el hortelano; cómo se habían criado y crecido ignorando su origen; y por fin, cómo Luna había logrado conquistar al Arbol que canta, al Agua de la vida y al Loro adivino, que era él.

El Rey preguntó:

--¿Y cómo podré encontrar a mis hijos?

--Ahí están, al lado de la Reina; que les quiten las fajas que cubren su frente y vuestra Majestad los reconocerá.

La Reina se apresuró a descubrir la frente de sus hijos; y si bellos los había encontrado el Rey y los personajes de sus séquitos cuando entraron a la huerta, más hermosos aparecieron a su vista despojados del paño que les ocultaba la frente y la cabeza. La Reina no se cansaba de acariciarlos, y ellos le pagaban su cariño cubriéndola de besos y llamándola «mamacita querida».

El Rey pidió perdón a su esposa por los sufrimientos que tan injustamente le había infligido y la Reina se lo acordó cumplidamente.

Cuando se disponía a regresar a palacio, sintieron gran ruido, como si se acercara numerosa tropa de caballería, y luego se oyeron sones de trompetas y clarines.

Eran el Rey que había recuperado la vista gracias a Luna, y el Príncipe su hijo, que venían a pedir la mano de la princesa, y que, previo consentimiento de la interesada, que lo dió de muy buen grado, le fué concedida.

Las cuñadas del Rey, Flor-Rosa y Flor-Hortensia, fueron atadas de manos y pies a cuatro caballos, los que, partiendo cada uno en opuesta dirección, las descuartizaron.

El matrimonio del Príncipe con Luna se celebró siete días después. Las fiestas de palacio y las organizadas para solaz del pueblo fueron tan espléndidas que todavía se alude a ellas en el reino cuando se quiere ponderar la magnificencia de alguna solemnidad.

Los personajes de este cuento vivieron muchos años y todos fueron muy felices y venturosos.

Y con esto se acaba el cuento del Periquito Sarmiento, que estaba con la guatita al aire y el potito al viento.

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