EL ARBOL DE LAS TRES MANZANAS DE ORO

(Referido en 1912 por Juan Ignacio Montecinos, de 32 años, de San Felipe, quien lo oyó contar en Santiago, siendo niño.)

(Referido en 1912 por Juan Ignacio Montecinos, de 32 años, de San Felipe, quien lo oyó contar en Santiago, siendo niño.)

Este era un viejo Rey, muy rico y poderoso, que gobernaba un extenso país, lleno de recursos y muy poblado.

Este Rey tenía tres hijos, hermosos, fuertes y valientes, queridos de todo el pueblo, y mucho más de sus padres, a quienes respetaban y amaban con idolatría.

El Rey y su familia moraban en un suntuoso palacio, a cuyos pies se extendía un huerto plantado de toda clase de árboles frutales de las especies más escogidas y variadas; pero su principal ornamento era un enorme y bellísimo manzano, cuya copa descollaba sobre todos y se divisaba desde muy lejos. Su tronco de plata y sus hojas de bronce eran la admiración de cuantos lo veían.

Una antigua leyenda ligaba su existencia a la suerte del reino.

Este árbol prodigioso daba todos los años tres manzanas de oro, que maduraban sucesivamente en las tres primeras noches del mes de Enero; pero desde hacía tres años, alguien se introducía en el huerto y se las robaba en el momento preciso en que entraban en sazón sin que hubiese sido posible atrapar, y ni siquiera ver, al miserable que las substraía, a pesar de las infinitas precauciones que se tomaban para impedir su entrada, y de que una numerosa guardia, armada hasta los dientes, se establecía aquellas tres noches alrededor del árbol. Poco antes de las doce un sueño irresistible se apoderaba de todos, y no despertaban hasta el día siguiente, cuando ya la fruta había desaparecido.

El Rey se sentía sumamente afligido con esta desgracia, que lo era, y muy grande, pues, como se ha dicho, la suerte del reino dependía del manzano maravilloso.

Una vez, en el último día del año, que el Rey se hallaba rodeado de sus hijos y de todos los grandes de la Corte, dijo:

--Mañana a media noche madurará la primera manzana de oro, y por cuarta vez vendrá el misterioso ladrón y se la robará. ¿No hay entre todos ustedes un valiente que estorbe su entrada?

Se acercó al trono el hijo mayor del Rey e hincando una rodilla ante su anciano padre, habló de esta manera:

--Mi señor y padre, yo me propongo esperar a nuestro enemigo y no dejarme dominar por el sueño, y por fuerte que sea, vencerlo y arrastrarlo encadenado a vuestras plantas.

--Anda, hijo, contestó el Rey, y quiera Dios que te vaya bien en la empresa.

Se retiró el príncipe a sus habitaciones, y aunque no eran más de las 2 de la tarde, se echó a dormir, a fin de no tener sueño en la noche, Como a las 11 despertó, y armándose de poderosas armas, se dirigió al huerto y se sentó al pie del manzano a esperar la llegada del ladrón.

Al dar la campana del reloj del palacio el primer golpe de las 12, se iluminó el huerto con una luz tan viva que el Príncipe, como herido por un rayo, perdió la vista y cayó desvanecido en tierra.

Al día siguiente lo encontraron tendido, como muerto, y en el árbol sólo vieron dos manzanas de oro: una había sido robada.

En el consejo que se celebró ese día, se comentó el hecho en medio de gritos de venganza; pero nadie, sino el segundo de los hijos del Rey, se ofreció para velar esa noche y hacer un escarmiento en el desconocido personaje que se había propuesto acabar con la tranquilidad del reino.

Pero el hombre propone y Dios dispone, y las cosas no resultaron según los deseos del Príncipe. Los hechos se repitieron en igual forma que en la noche anterior, y en la mañana siguiente encontraron al Príncipe tendido en el suelo, sin conocimiento y sin vista. En el árbol no quedaba sino una manzana.

La consternación más profunda se pintaba en todos los rostros. En el consejo nadie se atrevía a hablar; parecía que todos habían perdido el uso de la palabra.

Pero he aquí que el tercero de los príncipes, jovencito imberbe de unos 18 años, se adelantó hasta el trono, y prosternándose ante su padre, se expresó del siguiente modo:

--Señor y padre amado, me aflige veros triste y contemplar a mis hermanos en el miserable estado en que han quedado; me aflige ver al pueblo sobrecogido de espanto y a todos sin ánimo ni valor para nada. Yo deseo acabar con este estado de cosas: quiero que la paz vuelva a todos, y espero que Dios dará fuerzas suficientes a mi brazo para vencer al enemigo común y volver a todos la tranquilidad. Dadme vuestra bendición, bendecid también mis armas, y que Dios me ayude.

Con los ojos inundados de lágrimas, bendijo el Rey al Príncipe y bendijo asimismo las armas que éste depositó a sus pies. En seguida, el Príncipe, pidiendo permiso al Rey para retirarse, salió de la sala con paso tranquilo, se dirigió a sus habitaciones, en donde estuvo orando hasta cerca de las 12, hora en que, armado nada más que de su arco y de una flecha (las armas que su padre había bendecido), se dirigió al huerto con la confianza de que había de vencer.

Poco después sintió un ruido, como el de una gran ave que volara a corta distancia, y al dar el reloj la primera campanada de las 12, el huerto se iluminó con una luz vivísima. Pero el Príncipe en vez de mirar inmediatamente hacia el árbol de las manzanas de oro, como lo habían hecho sus hermanos, se prosternó humildemente y sólo después de invocar el nombre de Dios y pedirle su ayuda, tomó el arco y colocó la flecha en la cuerda. Al resplandor de la luz, que se había dulcificado notablemente, pudo ver el Príncipe una Aguila enorme, con las plumas de oro, que tenía sobre sus hombros a una hermosísima Princesa sujeta de la cintura con una cadena de oro, cuyo extremo apretaba el águila fuertemente con una de sus patas, mientras con la otra trataba de agarrar la única manzana que quedaba. En el preciso momento que el ave la cogía, el Príncipe lanzó la flecha e hirió la pata con que el ave acababa de tomar la manzana. El Aguila lanzó un grito de dolor, soltó la manzana, que el Príncipe se apresuró a levantar, y huyó. Pero antes la Princesa arrancó al ave una pluma de oro y lanzándosela al joven, le gritó:

--Guárdala, que ella te servirá para encontrarme.

Cuando el Príncipe volvió al palacio con sus trofeos, fué recibido con los mayores transportes de alegría. El Rey no cabía en sí de gozo, pues como todos los demás, temía que al Príncipe le hubiese sucedido la misma desgracia que tan cruelmente había herido a sus hermanos.

Una vez que el joven terminó de referir la aventura, manifestó a sus padres que tenía deseos de ir a la conquista de la hermosa Princesa, y de matar al Aguila para librar al reino de las desgracias que este monstruo pudiera causarle.

El Rey le dió permiso para tentar esta nueva empresa; y el joven, que tenía prisa de partir, pues el recuerdo de la Princesa le había medio trastornado, arregló en un momento sus prevenciones de viaje, y sin acompañarse de nadie, se lanzó por el primer camino que halló a su paso.

Así marchó al azar días y días, preguntando en todas partes si sabían en donde se encontraría el Aguila de las plumas de oro; pero nadie le daba noticias.

Un día que iba muy triste y pensativo porque el tiempo pasaba y pasaba sin adelantar en sus diligencias, fué de pronto sacado de su meditación por la algazara que formaban unos cuantos niños dentro de una zanja abierta a orillas del camino. Se acercó a ver qué motivaba la bulla y vió que los chicos ortigaban a una gran rana que tenían en el suelo tendida de espaldas. El Príncipe les increpó su crueldad, los castigó suavemente y los obligó a retirarse. En seguida tomó la rana y la ocultó a alguna distancia entre la yerba a fin de que, si los niños volvían, no la encontraran.

Anduvo todavía varios días, siguiendo caminos y cruzando bosques en que no encontraba a nadie, hasta que por fin llegó a una choza que se levantaba a orillas de un arroyo. En la puerta estaba sentada una viejecita de aspecto agradable, que tomaba tranquilamente su mate, que ella misma se cebaba. El Príncipe la saludó afablemente y le preguntó si podría decirle en dónde encontraría al Aguila de las plumas de oro y a la Princesa que tenía prisionera. La viejecita le contestó que seguramente podría darle algunas noticias que le interesarían, pero que era bueno que bajase del caballo para que se sirviera un matecito y descansara. El Príncipe accedió a los deseos de la anciana, quien le cebó su buen mate con hojas de cedrón y cáscaras de naranjas, y después lo condujo a una pieza en que había una excelente cama, que el Príncipe, que no había reposado en lecho desde que había salido de palacio, encontró más blanda y agradable que la que tenía en sus habitaciones.

Durmió el Príncipe como un ángel de Dios, y al día siguiente se levantó reconfortado y alegre y con mayores deseos de continuar la aventura. Agradeció a la viejecita sus servicios, la obsequió con algunas de las provisiones que llevaba y le rogó que le diese las noticias que le había ofrecido. La anciana le dijo:

--Joven Príncipe, tú has sido bueno conmigo, tienes un corazón bondadoso, pues te apiadas de la desgracia ajena, y yo quiero pagar la deuda que contigo tengo contraída, en cuanto mi poder alcance, y premiar tu virtud.

El Príncipe no comprendió lo que la buena mujer le decía, y pensando que tal vez se referiría a las provisiones que le había obsequiado, le dijo:

--¡Señora! si el alojamiento que usted me ha ofrecido y la buena noche que he pasado en su casa valen cien veces más que los pobres víveres que le he dejado; de manera que yo soy siempre su deudor!

--No es esa mi deuda, ¿Te acuerdas, Príncipe, de aquella rana que ortigaban unos niños dentro de una zanja y a quien tú salvaste? Pues, aquella rana soy yo, que a estas horas habría perecido a manos de aquellos malvados muchachos si tú no me quitas de su poder. Yo soy agradecida, y pagaré mi deuda de la mejor manera posible.

»En un palacio muy distante de aquí vive un gigante hechicero, muy malvado, y mi enemigo. El es quien tiene prisionera a la Princesa que buscas y él también el que, convertido en águila con las plumas de oro, va todos los años a robar al huerto de tu padre las manzanas del árbol maravilloso. Esas manzanas son las que mantienen su poder, y como en su última correría sólo alcanzó a robar dos, su poder no durará sino los ocho primeros meses de este año; además, la pluma que le arrancó la Princesa ha disminuido su fuerza, que también se ha aminorado un poco con la herida que tú le causaste en una pata, y que lo ha dejado cojo. Si tú quieres esperar que se cumplan los ocho meses, no te costará más trabajo conquistar a la Princesa que vencer al Gigante en lucha ordinaria, de hombre a hombre, con la seguridad de que, con los medios que yo te proporcione, saldrás vencedor; pero, si desde luego quieres rescatar a la prisionera y matar al enemigo de tu patria, tendrás que correr muchos y grandes peligros, a pesar de las fuerzas que ha perdido el Gigante, pues su poder siempre es mucho y está rodeado de feroces auxiliares.

--Prefiero correr los peligros, dijo el Príncipe, y dar fin de una vez a esta empresa, aunque perezca en la contienda.

--No perecerás, pero tendrás que pasar grandes fatigas. Sigue el camino que principia aquí al frente de mi choza, y después de tres días de marcha llegarás a casa de una bruja tuerta, más mala que la hiel y comadre muy querida del Gigante: ésta es la primera avanzada que tienes que vencer. Cuando llegues, la encontrarás sentada a la puerta, con la espalda vuelta al camino; te acercarás a ella, procurando que no te sienta y cuando llegues a donde está, trata de meterle en el ojo derecho la pluma de oro que te lanzó la Princesa, y quedará ciega: entonces te apoderas de un hacha que guarda detrás de la puerta y que te servirá para vencer a las fieras que custodian el palacio del Gigante, para pelear con este mismo y derrotarlo y para cortar las cadenas con que está aprisionada la Princesa. Tomarás también una redoma que la Bruja tiene en una mesa de arrimo que hay en la primera pieza de la derecha; el agua que contiene es de virtud, y para aprovecharla introducirás en ella la pluma de oro y te lavarás las quemaduras y heridas que te produzcan los monstruos guardianes del palacio. De la misma manera curarás, cuando vuelvas a palacio, la ceguera de tus hermanos. Si alguna desgracia imprevista te sucede, acuérdate de mí, y correré en tu auxilio. Ahora anda, y que Dios te ayude.

Partió el Príncipe todo alborozado, y a los tres días de casi un continuo andar, el caballo se detuvo a corta distancia de la puerta de una modesta casa, en la cual había una mujer sentada en un piso, con la espalda vuelta al camino. Se bajó el Príncipe de su caballo y andando muy quedito, en la punta de los pies, se acercó a la mujer y le metió la pluma de oro en uno de sus ojos; pero por desgracia se equivocó, pues en vez de introducirla en el derecho, que era el sano, se la metió en el izquierdo, que era el tuerto. La mujer, al sentirse herida, entró a la casa y volvió rápidamente trayendo un poco de agua de la redoma, con la que roció al Príncipe, diciendo al mismo tiempo: “Vuélvete quiltro”. Y el Príncipe se convirtió al punto en un perrillo sucio y despreciable. La mujer tomó incontinenti un garrote y le propinó una de las palizas más famosas de que haya memoria.

El Príncipe huyó al interior de la casa con la cola entre las piernas, aullando lastimosamente.

¡Cómo se lamentaba el pobre de su error! Ya todo estaba perdido! Adiós, Princesa, y padres y hermanos!

Pero de repente se acordó de la última recomendación de la viejecita y se puso a decir muy bajito, para que no lo oyeran: «¡Ranita, Ranita, acuérdate de este pobre príncipe!» Y casi al mismo instante que terminaba estas palabras, vió a su lado a la Rana.

Dió la Rana un salto y díjole al oído: «No tengas cuidado, esperemos que la Bruja duerma y entonces pagará las hechas y por hacer».

Pasadas unas dos o tres horas, se acercaron a la puerta de la pieza en que la Bruja dormía y sintieron que roncaba ruidosamente. Entonces la Rana se convirtió en la Viejecita que había conocido el Príncipe tres días antes y diciendo unas palabras ininteligibles, el Príncipe dejó de ser perro y tomó su forma natural. La pluma de oro sirvió para abrir la puerta del dormitorio de la Bruja, sin que hiciera ruido: y entonces tomando el Príncipe el hacha que estaba tras de la puerta, asestó a la Bruja tal golpe en el cuello que le separó la cabeza de los hombros.

La Viejecita tomó la redoma y le dijo al Príncipe que ella lo acompañaría para que no le sucediera otra nueva desgracia. Abandonaron la casa, y a la luz de la Luna vió el Príncipe dos caballos, el de él, en que montó, y otro más, en que subió la Viejecita.

Emprendieron la marcha, y cuando ya era de día, divisó el Príncipe, muy lejos, muy lejos, en la cumbre de una alta montaña, una especie de castillo. La Viejecita le dijo: «Este es el palacio del Gigante, a quien venceremos con la ayuda de Dios.»

Siguieron avanzando, y cuando ya estaban como a una legua de distancia del palacio, llegó hasta ellos un ruido ensordecedor de maullidos, ladridos y rugidos espantosos, como si miles de fieras lanzaran a un tiempo sus gritos amenazadores. Cualquiera habría retrocedido lleno de pavor, pero nuestros viajeros siguieron impertérritos su camino.

Media legua más habrían andado los caballos cuando un impedimento bastante serio los detuvo por un instante: las fieras no se contentaban ya con sus gritos sino que al mismo tiempo lanzaban por hocico y narices gruesos chorros de fuego líquido que llegaban hasta nuestros caminantes y casi los abrasaban. Pero la pluma de oro empapada en el agua de la redoma se portó a las mil maravillas, pues no sólo les curó como por ensalmo las llagas que el fuego les había producido, sino que además los inmunizó para recibir nuevas quemaduras.

Entonces pudieron avanzar sin cuidado; pero antes de llegar hasta la puerta del palacio tenían que atravesar una larga extensión de terreno ocupada por una multitud de leones, tigres, serpientes, demonios y otras fieras y monstruos servidores del Gigante, que estaban dispuestos a despedazar a los dos intrusos o dejarse destrozar por ellos antes que permitir llegaran hasta su amo.

Pero el Príncipe, armado del hacha encontrada en la pieza de la Bruja, y la Viejecita blandiendo la pluma de oro impregnada con agua de la redoma, pudieron derrotar, aunque con algún trabajo y sacando algunas heridas, a sus poderosos enemigos, que quedaron tendidos en el campo, sin vida.

Hélos ahora en presencia del Gigante, el cual, al verlos acercarse, levantó su pesada muleta de hierro, capaz, no de matar a un solo cristiano, sino de concluir con un numeroso ejército.

El Príncipe se adelantaba hacia él sin temor, y una vez que el Gigante lo tuvo a su alcance, dejó caer la muleta con tal fuerza que más de la mitad de ella penetró en la tierra. El Príncipe, en cuanto notó el movimiento del Gigante, esquivó el cuerpo, y alzando su hacha, la descargó sobre la pierna sana de su enemigo, que cortó como si fuera de queso. El monstruo, no pudiendo mantenerse en pie, cayó cuan largo era, y el Príncipe, corriendo apresuradamente, de un hachazo le cortó la cabeza a cercén.

La liberación de la Princesa fué cosa de un momento; con un suave golpe del hacha se cortó la cadena de oro que la aprisionaba, y pudo arrojarse en los brazos de su libertador.

En carros y caballos que había en el mismo palacio, cargó el Príncipe todas las riquezas que encontró, e inmediatamente se pusieron todos en camino para el reino de su padre. Por medio del arte de la Viejecita, que tan buenos servicios le había prestado, en pocas horas llegaron a la entrada de la capital. Allí la Viejecita se despidió del Príncipe y de la Princesa y después de aconsejarles que fueran siempre buenos y virtuosos, único modo de obtener la felicidad, desapareció de su vista. La Viejecita era la Virgen.

El Príncipe fué acogido por todos en medio de la mayor alegría y proclamado salvador de la patria. Sus hermanos recobraron la vista sirviéndose de la pluma de oro y del agua de la redoma.

El matrimonio del joven Príncipe y de la Princesa fué uno de los acontecimientos más celebrados. Se hicieron grandes fiestas para el pueblo, que se divirtió alegremente, y yo me encontré en ellas y bebí mucho y comí más que un sabañón.

18. LOS HIJOS DEL PESCADOR, O EL CASTILLO DE LA TORDERÁS, IRÁS Y NO VOLVERÁS.

(Narrador: José Pino, de veinte años, de Rancagua.)

Para saber y contar, escuchar y aprender. Esteras y esteritas, para sacar peritas; esteras y esterones, para sacar orejones. No le eche tantas chacharachas, por que la vieja es muy lacha, ni se las deje de echar, porque de todo ha de llevar: pan y pan para las monjas de San Juan; pan y harina para las monjas Capuchinas; pan y queso, para los tontos lesos. Fin del principio y principio del fin. ¡Atención!

Han de saber que hace muchos años vivían en un pueblecito de la costa dos pobres viejos, marido y mujer, muy apreciados de los vecinos por su bondad y por lo serviciales que eran con todo el mundo.

El marido era pescador y la mujer se ocupaba de los quehaceres de la casa, que, aunque no eran muchos, no dejaban de ser bastantes para sus años. Sus bienes se reducían a la choza que habitaban, a la red, una yegua, una perra y unos cuantos pesos, muy pocos, por cierto, que habían logrado reunir a fuerza de privaciones y que guardaban cuidadosamente para atender a las enfermedades que pudieran sobrevenirles o a cualesquiera otras necesidades imprevistas.

Sucedió una vez que durante varios días le fué muy mal al viejito en la pesca. Echaba la red y no sacaba nada; sin embargo, los otros pescadores retiraban sus redes llenas.

«¿Qué diantres habré hecho yo para que el cielo me castigue así?»--decía desesperado el anciano; y volvía a echar la red, y nada, siempre vacía.

En las tardes se iba triste a su casa, y a pesar de que su mujer trataba de consolarlo y le contaba chascarros para hacerlo reir, no lo conseguía.

Se comieron las pocas economías que tenían, y cuando no les quedaba ya ni un chico, el pobre viejo, llorando, se fué a la playa, montado en su yegua como acostumbraba hacerlo, y tirando la red al mar, dijo:--«En nombre sea de Dios y que se haga su voluntad»; y después de un rato, al retirarla, la encontró tan pesada, que para sacarla tuvo que amarrarla a la cincha de la yegua.

Mientras la yegua tiraba la red, el viejo se refregaba las manos de gusto, y riéndose decía:--«En fin la suerte cambia; tendremos para comer algunos días y aún podremos vender algo.» ¡Pero cuál no sería su asombro cuando al examinar la red encontró que lo único que había pescado era un pecesillo que no medía más de una cuarta!

Y ese ser tan pequeño, ¿cómo pesaba tánto, que él, que era tan forzudo, no había podido arrastrar la red y había tenido que auxiliarse de la yegua para sacarla? Tomó su cuchillo e iba a abrir el pescadito para ver lo que lo hacía tan pesado, y cuando estaba a punto de hacer esta operación, oyó que el pez le decía:--«No me mates aquí. Llévame para tu casa y allá me partes en cinco trozos: la cabeza, que te comerás tú; la cola, que se comerá tu mujer; los dos costados, que darás uno a la yegua y el otro a la perra; y por último, el lomo, que plantarás en el jardín. Si haces lo que te digo, no tendrás de qué quejarte, y además, en adelante, siempre cogerás pesca en abundancia».

Se fué el pescador a su choza e hizo lo que le había ordenado el pececito; y ¡oh maravilla! al otro día tuvo la viejecita dos niños muy hermosos y tan parecidos el uno al otro, que era de confundirlos; asimismo, la yegua tuvo dos potrillos del mismo pelo y del mismo tamaño; la perra dos perritos casi iguales, y en el jardín nacieron dos naranjos.

Desde ese mismo día el viejecito pescó como ningún otro; de manera que tuvo alimento suficiente para toda la familia y pescado para vender en la ciudad vecina. La fortuna le sonreía de todas maneras, pues los niños crecían sanos y robustos y eran excelentes personas.

Pasaron los años unos tras otros y los niños transformados ya en hombres, cumplieron los veinte. Entonces el mayor, que se llamaba Francisco, quiso salir a rodar tierras, para probar fortuna, y le pidió la bendición a sus padres. Inmediatamente después de abrazarlos, armose de una espada, montó en su caballo y seguido de su perro, partió al galope.

Después de algunos días de marcha, llegó a una ciudad y notó que la poca gente que andaba por las calles parecía consternada por una gran desgracia. Al mismo tiempo se oían lamentos, llantos y alaridos por todas partes.

Detuvo Francisco a una viejecita que iba toda llorosa y le preguntó por qué los habitantes de la ciudad andaban tan tristes.

--¡Cómo no hemos de estar afligidos, patroncito, cuando hoy debe comerse el culebrón a la única hija de nuestro rey, la princesa más bella y más bondadosa que se conoce, tan querida de los pobres, pues a todos nos auxilia y nos consuela! Ah! esta es la peor desgracia que podía sucedernos!

Y la anciana lloraba sin consuelo.

--Pero, cuénteme que es eso del culebrón y por qué se va a comer a la Princesa.

--Ha de saber, señor, que en la montaña vecina se ha establecido desde hace años, un culebrón enorme, que tiene siete cabezas y al cual nadie ha podido matar, por valiente que haya sido, pues en cuanto le cortan una, al momento renace, y para concluir con él habría que cortarle las siete de una vez; pero hasta ahora, señor, ninguno lo ha conseguido, a pesar de que el Rey ha ofrecido como premio la mano de su hija, y lo único que se ha sacado es que hayamos tenido que lamentar el desaparecimiento de los más nobles caballeros, de los mejores soldados del ejército que tentaron la aventura. Pero esto, mi caballerito, nada sería; lo peor es que la fiera, para no envenenar el agua, lo cual acabaría con la población del reino, exige que cada año se le entregue una princesa de sangre real; ya se le han entregado las primas y sobrinas del rey y no queda sino la única hija que nuestro monarca tiene, a quien tanto quiere que se mira en ella, y lo mismo el pueblo entero, que la adora; y hoy a las 12 del día, se vence el plazo, en que el culebrón vendrá a buscarla. La princesa se dirigió temprano a la montaña, para que la fiera dé hoy también cuenta de ella.

--Pues, por esta vez, buena anciana, el culebrón no saldrá con la suya, que para algo Dios ha dado fuerza a mi brazo y ha infundido valor en mi espíritu.

Pidió el hijo del pescador las señas del lugar en que estaba la princesa y, dadas por la viejecita clavó espuelas al caballo y partió a toda carrera.

Halló Francisco a la princesa sentada en una piedra, llorando amargamente y enjugándose las lágrimas con su larga y brillante cabellera rubia, cuyas crenchas, sueltas, pendían a uno y otro lado del cuello. El joven trató de consolarla y le prometió que mataría al monstruo antes que tocara uno solo de sus cabellos; y con tanta seguridad hablaba, que logró infundir confianza en la princesa. Conversaron un rato, hasta que Francisco, que se sentía fatigado, quiso descansar mientras llegaba la hora del combate, y tendiéndose en tierra y apoyando la cabeza en las faldas de la princesa, se quedó dormido. Momentos antes, mientras hablaban, la Princesa había dado al joven un pañuelo, con su cifra, y un valioso anillo, diciéndole que tal vez podría servirle de algo más tarde.

Junto con sentirse la primera campanada de las 12 en los relojes de la ciudad, se oyó un rugido formidable que conmovió toda la montaña y, naturalmente, despertó al joven.

Monta éste apresuradamente en su caballo y empuñando la espada, llama a su perro y se apercibe para la pelea. Fué ésta un espectáculo digno de verse. El Culebrón adelantaba las siete cabezas hacia su enemigo y trataba ya de morderlo con sus afilados colmillos, ya de estrecharlo entre sus cuellos; pero, por un lado el caballo, que esquivaba los ataques con toda rapidez, y el perro, por otro, que acosaba a la fiera con sus dentelladas, le impedían dañar al hijo del pescador.

De vez en cuando nuestro combatiente lograba asestar con su espada un terrible golpe en alguno de los cuellos de la bestia y una de las cabezas rodaba por el suelo; pero era inútil, porque en el mismo instante de ser cortada aparecía otra nueva.

Largas horas habían transcurrido desde el comienzo del combate y ninguno de los dos enemigos había conseguido ventaja sensible sobre el otro; pero sucedió que el Culebrón, por defenderse del perro que acababa de abrirle ancha herida cerca de la cola y de la cual manaba sangre en abundancia, dirigió las siete cabezas hacia atrás, y entonces el hijo del pescador, aprovechando de la circunstancia de que el monstruo no podía atacarlo, levantó la espada con las dos manos y, con robusta fuerza, la dejó caer un poco más abajo de donde el cuello se dividía en siete. El rugido que lanzó el animal al sentirse mortalmente herido, fué tremendo, y se oyó a muchas leguas de distancia; pero, inmediatamente se produjo el silencio más completo. El Culebrón no volvería ya a molestar a nadie y el reino se vería libre, en adelante, de tan cruel enemigo.

Francisco bajó de su caballo y, cortando una por una las siete lenguas de la bestia, las envolvió en el pañuelo de la Princesa y las guardó en su pecho.

Mientras tanto la Princesa, que había presenciado el terrible combate y que a cada momento le parecía ver a su defensor triturado en las fauces del fiero monstruo, presa del mayor terror, enmudeció--y cuando el joven, ya vencedor, corrió hacia ella para subirla a su caballo y conducirla a la ciudad, no pudo articular ni una palabra y hubo de limitarse a manifestarle su gratitud por medio de señas.

El joven dejó a la princesa en las puertas de la capital y, prometiéndole que volvería en tiempo oportuno, se despidió y fué a alojarse en una choza abandonada que se levantaba no muy lejos y cerca de la cual había agua y pasto en abundancia para su caballo y pesca y caza para él y su perro.

En el mismo día en que se efectuó el combate, un negro, que el cocinero del rey ocupaba en acarrear leña de la montaña, tropezó con el Culebrón, que yacía en tierra todavía caliente, pues no hacía mucho que había sido matado. El enorme peso del animal impidió al negro cargarlo, a pesar de sus fuerzas, y entonces, a hachazos, lo cortó en varios trozos, que arrojó en el carro de que se servía para conducir la leña, y llevándolo a palacio se presentó al Rey, diciéndole que acababa de matarlo y exigiéndole el cumplimiento de la promesa de que casaría a su hija con el vencedor del monstruo. La princesa había llegado pocos momentos antes; pero como había quedado muda y estaba como atontada de miedo, no se hallaba en situación de desmentir al miserable negro.

Como parecía evidente que el negro había sido el matador del Culebrón, y palabra de Rey no puede faltar, concedió el Rey al negro la mano de la Princesa y se convino en que, en unos quince días más, cuando la Princesa hubiera salido del estado de inconsciencia en que se encontraba, se celebraría la boda.

Pasaron los días y aunque la Princesa no recobró la palabra, se prepararon los festejos para la celebración del matrimonio. Las fiestas debían comenzar con una gran comida, a que asistiría toda la corte. La Princesa estaba desesperada, pero como no podía hablar, a pesar de los esfuerzos que hacía para explicar por medio de gestos la impostura del negro, no pudo darse a entender.

Llegó el día del banquete, y el hijo del pescador, que estaba en autos de todo por lo que se decía en la ciudad, cuando fué la hora de la comida, ordenó a su perro que, sin que nadie lo viera, arrebatara al negro su plato. El perro ejecutó la orden por dos veces seguidas, sin ser visto; el negro, creyendo que algunos de los servidores adrede le sacaba los platos ante de tocarlos, formó grande alharaca y se armó el alboroto consiguiente. La tercera vez, Francisco mandó al perro que se dejara ver; y al ser sorprendido en el acto de robar el plato al negro, el Rey ordenó a sus guardias que lo siguieran y trajeran a su presencia al amo del perro.

Cuando llegaron a la choza en que el joven se hospedaba, el capitán de la guardia le intimó orden de seguirlo, pero Francisco dijo que sólo iría si lo iban a buscar en coche, porque él era quien debía estar en la mesa sentado al lado de la Princesa en lugar del horrible negro, que no pasaba de ser un impostor; que se le llevara ante el Rey no en calidad de preso, sino en la forma que indicaba y probaría palmariamente lo que acababa de decir.

Volvió el capitán con el mensaje ante el monarca y a pesar de las protestas del negro, con gran contento de la Princesa y de las damas y señoras de la corte dispuso el Rey que trajeran al joven en coche, como él lo pedía, para oir sus alegaciones.

Al entrar Francisco en la sala del convite, llamó la atención de los circunstantes, por su varonil hermosura y por su cortesanía. Pidió permiso al Rey para hablar y, concedido que le fué, preguntó al negro si las cabezas del Culebrón (que aún se conservaban como recuerdo y permanecían expuestas a la admiración del público), estaban completas cuando las había traído a la ciudad. El negro contestó que estaban completas; pues él nada les había sacado ni notó que nada les faltara; que después de terminado el combate que había sostenido con la fiera, se había limitado a cortar con su hacha el cuello principal del animal. Francisco pidió entonces al Rey y a todos los presentes que tomaran nota de lo que acababan de oir, y tornó a preguntar al negro:

--¿Estás seguro de que nada les faltaba? ¿Todas tenían sus dos ojos, sus dos orejas, su lengua?

--Supongo que todas las tendrían, porque, como he dicho, yo nada les saqué.

--De manera, repuso el joven, dirigiéndose al Rey, que si yo tuviera en mi poder o los ojos, o las orejas, o las lenguas del Culebrón, ¿sería yo el matador del monstruo? Ya que después que le trajeron a palacio yo no habría podido sacárselos, pues si lo hubiese tentado, me lo habrían impedido los guardias que, según he oído, lo han custodiado día y noche.

--Así es--contestó el Rey.

--Así es--murmuraron los que estaban en la mesa.

--Pues bien, aquí están las siete lenguas del monstruo, que yo corté después de matarlo, y envolví en este pañuelo con la cifra de la Princesa, que ella misma me entregó antes del combate. Con esto queda comprobado que el negro es un miserable embustero que no hizo otra cosa que dividir el cadáver del monstruo que yo había dejado abandonado mientras conducía a la princesa a la ciudad; y a mayor abundamiento, he aquí un anillo que también ella me obsequió y que si su Majestad me permite colocaré en la mano de su antigua dueña.

A una señal de asentimiento que el Rey hizo, Francisco se acercó a la Princesa, y en cuanto el joven colocó el anillo en su mano, la gentil niña recobró el habla y exclamó:

--¡Padre, este es mi salvador; él es el verdadero matador del culebrón!

El Rey ordenó a la guardia que en el acto sacaran al negro de la sala y lo despeñaran desde la cumbre de un cerro muy alto, que servía para ajusticiar a los criminales; y a Francisco que se sentara al lado de la Princesa, que desde ese momento pasaba a ser su prometida.

La fiesta, que había comenzado en medio de la mayor tristeza, pues la vista del negro los tenía a todos desazonados, se tornó en francamente alegre y terminó con la celebración del matrimonio del hijo del pescador con la princesa.

Cuando los novios estuvieron en sus habitaciones, el joven se asomó casualmente a una ventana y vió que a la distancia se elevaba una gruesa columna de humo rojizo.

--Parece que hay un incendio--dijo Francisco a la Princesa.

--No es un incendio--le contestó ella;--es el humo de la fogata que todas las noches encienden en el castillo de la «Torderás, irás y no volverás».

--¡Qué nombre más raro tiene ese castillo!

--Se llama así porque el que a él va, no vuelve.

--Pues no le valdrá a ese castillo el nombre de la «Torderás, irás y no volverás», porque yo iré y volveré.

La princesa rogó con insistencia a su marido que no fuese, que no se expusiera al peligro, pero Francisco le contestó:

--Si triunfé del Culebrón que tanto daño causaba al reino, ¿por qué no venceré los peligros que en el castillo puedan presentárseme?

Y saliendo de las habitaciones, se fué a la caballeriza y sin más compañía que su fiel perro partió a la luz de la Luna.

Aquel humo rojizo que aparentaba estar no muy distante del palacio, parecía alejarse a medida que el joven avanzaba hacia él; y sólo en la mañana, después de una marcha continua de la noche entera, logró él acercarse al castillo. Pero ojalá nunca hubiera llegado hasta ahí, porque no bien se encontró en ese sitio, comenzó a salir, como si del suelo brotara, una muchedumbre de viejas horribles, que lo rodearon y que dándose fuertes tirones de la cabellera, se arrancaban pelos que arrojaban al intruso que iba a turbarlas en su reposo. Al principio nada ocurrió, pero en el mismo instante que uno de los muchos pelos de las viejas, que flotaban en el aire, tocó a Francisco, tanto éste como su caballo y su perro se convirtieron en piedras.

Volvamos ahora a casa del pescador, que ya es tiempo.

Desde que Francisco salió de casa de sus padres, ni éstos ni el hermano que quedó con ellos habían tenido noticias suyas. Se consolaban de la ausencia del deudo querido visitando diariamente el naranjo que había nacido al mismo tiempo que él, de uno de los costados del pescado, y que a él le había correspondido. Viéndolo y cuidándolo, les parecía estar con Francisco.

Un día el árbol que hasta entonces había crecido esbelto y lozano, amaneció mustio, con las hojas amarillas, como si estuviera a punto de secarse. Al verlo en este estado, Domingo, gemelo de Francisco, dijo a sus padres:

--A Francisco debe haberle ocurrido alguna desgracia, porque su naranjo ha amanecido enfermo. Si me dan permiso, salgo inmediatamente en su socorro.

Bendijéronle sus padres; y ciñéndose la espada, montó en su caballo y partió a la carrera, acompañado de su perro, hasta llegar a la misma ciudad a que había arribado su hermano.

La primera persona a quien encontró fué aquella viejecita que contó a Francisco la historia del Culebrón. Domingo la saludó cariñosamente y le preguntó por las últimas noticias que circulaban en la ciudad. La viejecita le refirió cómo un joven muy parecido a él, casi igual, que había llegado días antes había librado a la Princesa y al reino del Culebrón; el matrimonio del joven con la Princesa y la desaparición del novio; todo sin omitir detalle ni circunstancia de interés.

Por los datos de la anciana, no dudó Domingo que el desaparecido era su hermano, y para averiguar mejor las cosas, se dirigió al palacio. Los guardias creyeron que era el esposo de la Princesa y lo dejaron pasar. La Princesa también creyó que era su marido y lo recibió con mucha alegría.

--¿Qué te habías hecho en estos tres días?--le dijo--Creía que te había acaecido alguna desgracia: que el caballo te hubiera arrojado, que te hubieran asesinado...

--Por suerte, hija, no me ha pasado nada serio; me extravié y me costó mucho dar con el camino; pero, dime: ¿qué es ese humo rojizo que se divisa a lo lejos?

--Pero, hijo, ¿qué se te ha hecho la memoria? ¿No te acuerdas que te dije la otra vez, en la noche de nuestro casamiento, que ese humo salía de la «Torderás, irás y no volverás»? ¿Y que, efectivamente, el que iba a él iba pero no volvía, y que, a pesar de mis súplicas, montaste en tu caballo y te fuiste?

--Ciertamente, ahora me acuerdo; pero, como acabo de decirte, me extravié. Sin embargo, iré de nuevo y volveré.

Domingo comprendió, por la conversación anterior, que a su hermano le había sucedido algo grave en su expedición al castillo, y se propuso salvarlo. Se despidió de la princesa con un «hasta luego» y, montando en su caballo, partió en dirección al castillo, seguido de su perro.

Al amanecer llegó a inmediaciones del castillo, y vió como salían las horribles viejas a estorbarle el paso, y como le tiraban los cabellos que se arrancaban de la cabeza; y adivinando con qué fin lo hacían, desenvainó la espada, clavó espuelas al caballo y arremetió contra las brujas. Tanto menudeó los golpes y con tanto acierto, que en pocos minutos no quedó en pie sino una de las arpías.

Iba Domingo a matarla, pero ella se arrodilló suplicante, y le dijo:

--¡Perdóname la vida, señor, y te devolveré a tu hermano, que está encantado!

--Está bien--le dijo Domingo--no te mataré, pero desencantarás no sólo a mi hermano, sino a todos los demás que estén encantados en este castillo maldito y en sus dependencias; e inmediatamente después saldrás de este país para no volver más a él, so pena de la vida.

La vieja cortó una varita de un árbol que estaba allí cerca y con ella fué tocando una por una las piedras diseminadas en el suelo y, a medida que las tocaba, se convertían en gallardos mancebos, montados en briosos caballos. Una vez que no quedaron piedras, la vieja hechicera, seguida siempre de Domingo, armado de su espada, penetró en el castillo, desde cuya puerta se divisaban interminables galerías de estatuas de mármol que representaban bellísimas niñas: unas de pie, otras sentadas, otras de rodillas, etc. También las fué tocando la vieja con la varita, y en cuanto sentían su contacto, se animaban y descendían de sus pedestales. Eran las numerosas jóvenes que el Culebrón, en vez de devorarlas, como todos lo creían, llevaba al castillo, en donde eran transformadas en estatuas por las hechiceras.

Francisco y Domingo se abrazaron cariñosamente, y sin pérdida de tiempo emprendieron marcha a la ciudad, seguidos de los innumerables jóvenes de uno y otro sexo recientemente desencantados, que entonaban loores a su libertador.

Llegaron a palacio y Francisco contó al Rey y a la Princesa las peregrinas aventuras que les habían acaecido.

Al día siguiente se celebró el fausto acontecimiento con un gran banquete, al que concurrió toda la familia real y los jóvenes salvados por Domingo. El fué, naturalmente, el héroe de la fiesta, y a cada momento se le aclamaba.

Invitado por el Rey a que escogiera la que más le agradara para esposa, entre las jóvenes salvadas por él mismo, todas las cuales eran de sangre real, fijó su atención en una que descollaba entre todas por su aspecto dulce y modesto. Era prima de la princesa, mujer de su hermano, y muy querida del Rey y de ella.

Con ella se casó y fijaron su residencia en el antiguo castillo de la «Torderás, irás y no volverás», el que, libre de la maléfica influencia del Culebrón y de sus servidoras, se había transformado en una espléndida mansión. Domingo le cambió el fatídico nombre con que era conocido, por el de «Castillo de la Torderás, si a él vas, contento volverás»; y en efecto, quien lo visitaba salía plenamente satisfecho de la magnificencia con que era atendido por sus dueños.

Francisco y Domingo no olvidaron a sus padres en la prosperidad: los llevaron a su lado y los honraron como buenos hijos. Dios los premió, haciéndolos felices hasta el fin de su vida, que fué larga y se deslizó dulcemente, sin penalidades ni contratiempos.

Y aquí se acabó el cuento, y se lo llevó el viento, y se entró por la puerta de un convento; los frailes, que lo oyeron, quedaron muy alegres; los mochos y sirvientes se cayeron de contentos.

Read this tale on NeuroTales