Baba Yagá

Érase una vez un matrimonio que tuvo una hija; después murió la mujer. El hombre se casó con otra y también tuvo una hija con ella. La nueva esposa aborrecía a…

Érase una vez un matrimonio que tuvo una hija; después murió la mujer. El hombre se casó con otra y también tuvo una hija con ella. La nueva esposa aborrecía a su hijastra y no dejaba vivir en paz a la huérfana de madre. El hombre pensó y pensó, y al fin llevó a su hija al bosque. Mientras avanzaban, vio una cabaña sobre patas de gallina. Entonces dijo:

—¡Cabañita, cabañita! ¡Da la espalda al bosque y vuélvete de frente hacia mí!

La cabaña se volvió.

El hombre entró. Dentro estaba Baba Yagá: la cabeza delante de él, una pierna en un rincón y la otra en otro.

—¡Aquí huele a ruso! —dijo Yagá.

El hombre hizo una reverencia.

—¡Baba Yagá, pierna de hueso! Te traigo a mi hija para que te sirva.

—¡Muy bien! Sírveme, sírveme —le dijo Yagá a la muchacha—, y yo te recompensaré.

El padre se despidió y volvió a casa. Baba Yagá le encargó a la muchacha una caja llena de trabajo de hilado, que calentara la estufa y lo preparara todo; luego se marchó. La muchacha se afanaba junto a la estufa y lloraba amargamente. Salieron unos ratones y le dijeron:

—Muchacha, muchacha, ¿por qué lloras? Danos gachas y te daremos un buen consejo.

Ella les dio gachas.

—Pues mira —dijeron—, hila una hebra en cada huso.

Volvió Baba Yagá.

—Bueno —dijo—, ¿lo has preparado todo?

La muchacha lo tenía todo listo.

—Ahora ve a lavarme en la casa de baños.

Yagá elogió a la muchacha y le dio toda clase de hermosos vestidos. Se marchó otra vez y le dejó una tarea aún más difícil. La muchacha volvió a llorar. Salieron los ratones.

—¿Por qué lloras, bella muchacha? —dijeron—. Danos gachas y te daremos un buen consejo.

Ella les dio gachas y ellos volvieron a enseñarle qué hacer y cómo hacerlo. Cuando regresó Baba Yagá, volvió a elogiarla y le dio todavía más vestidos… Entretanto, la madrastra mandó a su marido a averiguar si su hija seguía viva.

El hombre fue y vio que su hija se había vuelto riquísima. Yagá no estaba en casa, así que se la llevó consigo. Cuando se acercaban al pueblo, el perrito de casa se puso a ladrar alborotado:

—¡Guau, guau, guau! ¡Traen a una gran señora! ¡Traen a una gran señora!

La madrastra salió corriendo y golpeó al perro con el rodillo.

—¡Mientes! —dijo—. ¡Di: «En una caja traquetean los huesos»!

Pero el perro seguía diciendo lo mismo. Llegaron. La madrastra enseguida apremió a su marido para que llevara también a su hija al mismo sitio. El hombre la llevó.

Baba Yagá le encargó trabajo y se marchó. La muchacha se enfurecía de rabia y lloraba. Salieron los ratones.

—¡Muchacha, muchacha! —dijeron—. ¿Por qué lloras?

Ella no los dejó terminar. Golpeaba con el rodillo a uno y después a otro, y se pasó el tiempo con ellos sin hacer el trabajo. Llegó Yagá y se enojó. La segunda vez ocurrió lo mismo; Yagá destrozó a la muchacha y metió sus huesos en una caja. Entonces la madre mandó a su marido a buscar a su hija. El padre llegó y no trajo más que huesos. Cuando se acercaba al pueblo, el perrito volvió a ladrar en el porche:

—¡Guau, guau, guau! ¡Traen huesos en una caja!

La madrastra salió corriendo con el rodillo.

—¡Mientes! —dijo—. ¡Di: «Traen a una gran señora»!

Pero el perro seguía a lo suyo:

—¡Guau, guau, guau! ¡En una caja traquetean los huesos!

Llegó el marido, ¡y entonces la mujer se puso a dar alaridos! Para ti el cuento, y para mí un tarro de mantequilla.

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