El cuento del lucio de grandes dientes

La noche anterior al día de San Juan nació en el río Sheksna un lucio con unos dientes que, ¡Dios nos ampare! Las bremas, las percas y los acerinos se reunieron…

La noche anterior al día de San Juan nació en el río Sheksna un lucio con unos dientes que, ¡Dios nos ampare! Las bremas, las percas y los acerinos se reunieron para mirarlo y se maravillaron de semejante prodigio. El agua del Sheksna se agitó; una barca de paso que cruzaba el río estuvo a punto de hundirse, y las hermosas muchachas que paseaban por la orilla salieron corriendo en todas direcciones. ¡Vaya lucio de grandes dientes había nacido! Empezó a crecer no por días, sino por horas: cada día aumentaba un vershok, unos cuatro centímetros y medio. Y el lucio de grandes dientes comenzó a recorrer el Sheksna y a atrapar bremas y percas. Veía una brema a lo lejos y la cogía de una dentellada; la brema desaparecía, y solo sus pequeños huesos crujían entre los dientes del lucio.

¡Qué desgracia había caído sobre el Sheksna! ¿Qué podían hacer las bremas y las percas? La situación era terrible: el lucio se las comería a todas, acabaría con ellas. Todos los peces pequeños se reunieron a pensar cómo librarse de aquel lucio tan dentudo y ágil. También acudió al consejo el Acerino Ershóvich y se apresuró a decir:

—¡Basta de pensar y de romperse la cabeza, basta de agotarse los sesos! Escuchad lo que voy a contaros. Ahora todos lo pasamos mal en el Sheksna: el lucio de grandes dientes no deja pasar a nadie y atrapa entre ellos a cualquier pez. ¡Aquí ya no se puede vivir! Mudémonos mejor a los ríos pequeños: al Sizma, al Konoma y al Slavenka. Allí nadie nos hará daño, viviremos felices y tendremos crías.

Así que todos los acerinos, las bremas y las percas salieron del Sheksna hacia los ríos pequeños: el Sizma, el Konoma y el Slavenka. Por el camino, un astuto pescador atrapó con su caña a muchos de sus compañeros y preparó una magnífica sopa de pescado; al parecer, fue su último festín antes del ayuno. Desde entonces quedaron muy pocos peces pequeños en el Sheksna. El pescador echaba el anzuelo al agua y no sacaba nada; muy de tarde en tarde picaba un esturión esterlete, ¡y se acabó la pesca! Ese es todo el cuento del lucio tan dentudo y ágil. El muy pícaro causó muchos problemas en el Sheksna, pero después también le fue mal a él: al no quedar peces pequeños, empezó a atrapar gusanitos y acabó prendido de un anzuelo. El pescador preparó una sopa, se la tomó a sorbos y no dejó de alabarla: ¡qué grasa y sustanciosa estaba! Yo también estuve allí y tomé de la sopa; me corrió por el bigote, pero nada me entró en la boca.

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