El gusli que tocaba solo
En cierto reino, en cierto país, vivía un campesino que tenía un hijo. El campesino se llamaba Alekséi, y el hijo, Vanka. Llegó el verano. Alekséi aró la tierra…
En cierto reino, en cierto país, vivía un campesino que tenía un hijo. El campesino se llamaba Alekséi, y el hijo, Vanka. Llegó el verano. Alekséi aró la tierra y sembró nabos. ¡Y qué nabos tan buenos crecieron, tan grandes y tan gruesos, santo cielo! El campesino estaba contento: cada mañana iba al campo, admiraba sus nabos y daba gracias a Dios. Un día notó que alguien se los robaba y se puso a vigilar. Vigiló y vigiló, ¡pero no aparecía nadie! Entonces envió a Vanka:
—Ve tú a cuidar los nabos.
Vanka llegó al campo y vio a un muchacho que arrancaba nabos. Había llenado dos sacos enormes. El pobre se los había echado a la espalda y apenas podía arrastrarlos: se le doblaban las piernas y hasta le crujía la espalda. Siguió cargando hasta que ya no pudo más, dejó caer los sacos al suelo y miró: delante de él estaba Vanka.
—Hazme el favor, buen hombre, de ayudarme a llevar estos sacos a casa. Mi abuelo te hará un regalo y te recompensará.
Vanka, en cuanto vio al muchacho, se quedó inmóvil, con los ojos muy abiertos, mirándolo fijamente sin apartar la vista. Al fin volvió en sí y dijo:
—¡Bueno, está bien!
Vanka se cargó los dos sacos de nabos sobre los hombros y siguió al muchacho, que corría delante dando saltitos y diciendo:
—Mi abuelo me manda cada día a buscar nabos. Si se los llevas, te dará mucha plata y mucho oro. Pero no los aceptes: pídele el gusli que toca solo.
Así llegaron a una cabaña. En un rincón estaba sentado un anciano canoso con cuernos. Vanka se inclinó ante él. El anciano le ofreció un pedazo de oro por el trabajo. A Vanka le brillaron los ojos, pero el muchacho le susurró:
—¡No lo aceptes!
—No lo necesito —dijo Vanka—. Dame el gusli que toca solo, y todos los nabos serán tuyos.
Al oír hablar del gusli que tocaba solo, los ojos del anciano se le salieron un vershok, la boca se le abrió de oreja a oreja y los cuernos de la frente empezaron a sacudirse. Vanka sintió miedo, pero el muchacho dijo:
—¡Regálaselo, abuelo!
—¡Mucho pides! Bueno, que así sea: llévate el gusli, pero dame lo que más quieras de cuanto tienes en casa.
Vanka pensó: nuestra casita está casi hundida en la tierra; ¿qué puede haber allí de valor?
—¡De acuerdo! —dijo. Tomó el gusli que tocaba solo y se fue a casa.
Al llegar, encontró a su padre sentado muerto en el umbral. Vanka se afligió, lloró, enterró a su padre y se marchó a buscar fortuna.
Llegó a una gran ciudad donde vivía un poderoso soberano. Frente al palacio había un campo donde pastaban cerdos. Vanka se acercó al porquero, le compró los cerdos y se puso a cuidarlos. ¡En cuanto tocaba el gusli, toda la piara se ponía a bailar! Un día el zar no estaba en casa. La princesa se sentó junto a la ventana y vio a Vanka sentado en un tocón, tocando el gusli, con los cerdos bailando delante. Envió a su doncella para pedir al porquero que le vendiera al menos un cerdito. Vanka respondió:
—¡Que venga ella misma!
La princesa vino:
—¡Porquero, porquero! Véndeme un cerdito.
—Mis cerditos no se venden: se entregan bajo una condición.
—¿Y cuál es la condición?
—Si quieres tener un cerdito, princesa, muéstrame tu piel blanca hasta las rodillas.
La princesa lo pensó un rato y miró a su alrededor: no había nadie. Se levantó el vestido hasta las rodillas, y en la pierna derecha tenía una pequeña marca de nacimiento. El porquero le dio un cerdito. La princesa mandó llevarlo al palacio, reunió a los músicos y les ordenó tocar. Quería ver cómo bailaba el cerdito, pero este solo se escondía en los rincones, chillaba y gruñía…
El zar regresó y decidió casar a su hija. Convocó a todos los boyardos, nobles, mercaderes y campesinos. De tierras extranjeras acudieron reyes, príncipes y gente de toda clase.
—Quien conozca la señal particular de mi hija —dijo el zar— se casará con ella.
Nadie pudo averiguarla. Por mucho que lo intentaron y por mucho que preguntaron, no descubrieron nada. Al fin se ofreció Vanka: él la sabía, dijo. Y contó que la princesa tenía una pequeña marca de nacimiento en la pierna derecha.
—¡Has acertado! —dijo el zar. Lo casó con su hija y dio un banquete para todo el mundo. Vanka se convirtió en yerno del zar y vivió feliz y sin preocupaciones.