La muchacha y el oso

Había tres hermanas, y la menor era una tontita. Un verano recogían bayas en el bosque cuando la mayor se perdió. Anduvo y anduvo hasta llegar a una cabañita…

Había tres hermanas, y la menor era una tontita. Un verano recogían bayas en el bosque cuando la mayor se perdió. Anduvo y anduvo hasta llegar a una cabañita sobre una pata de gallina. Entró y empezó a llamar a sus hermanas:

—¡Quien esté en el bosque, quien esté en el pinar, que venga a pasar la noche conmigo!

—Yo estoy en el bosque, yo estoy en el pinar y vendré a pasar la noche contigo —respondió un oso enorme, entrando por la puerta—. No me tengas miedo. Métete por mi oreja derecha y sal por la izquierda: ¡tendremos de todo!

La muchacha entró por la oreja derecha del oso, salió por la izquierda y encontró unas llaves dentro de la ropa, junto al pecho.

—¡Ahora prepara la cena!

Preparó la cena. Se sentaron a la mesa; una ratoncita se acercó corriendo y le pidió a la muchacha un poco de gachas.

—¿Quién está hablando contigo? —preguntó el oso.

—Una ratoncita me pide gachas.

—¡Dale un golpe en la frente!

La muchacha la golpeó.

—Ahora prepárame la cama: una fila de leños y otra de piedras, un mortero bajo la cabeza y una piedra de molino para taparme.

La cama estuvo lista. El oso se acostó y mandó a la muchacha correr por la habitación toda la noche, haciendo sonar las llaves. Ella corría y las hacía tintinear. El oso estuvo un rato acostado y luego le lanzó la piedra de molino.

—¡Todavía está viva! —gritó la ratoncita. El oso arrojó el mortero.

—¡Todavía está viva! —volvió a gritar la ratoncita, y tras el mortero voló un leño.

El oso mató a la hermosa muchacha y le chupó la sangre. En otra ocasión se perdió la hermana mediana y sufrió la misma desgracia. La menor, la tontita, decidió ir a buscar a sus hermanas y llegó a aquella misma cabaña. El oso le ordenó preparar la cena y la cama. Se sentaron a la mesa, llegó corriendo la ratoncita y pidió gachas. La muchacha le dio un poco.

—¿Quién habla contigo? —preguntó el oso.

—¡Nadie!

Cuando el oso se acostó, la ratoncita dijo a la muchacha:

—¡Dame las llavecitas! ¡Yo correré en tu lugar!

El oso lanzó la piedra de molino, y la ratoncita gritó:

—¡Ya no está viva!

El oso se levantó de un salto y buscó a la muchacha muerta. No la encontró y se fue corriendo al bosque. Entonces la ratoncita contó a la muchacha lo que había ocurrido con sus hermanas mayores, le dio las llavecitas, que concedían todo cuanto se les pidiera, y la acompañó a casa.

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