La hija y la hijastra
Un viudo que tenía una hija se casó con una viuda que también tenía una hija, y así hubo dos hermanastras en la familia. La madrastra era odiosa y no dejaba en…
Un viudo que tenía una hija se casó con una viuda que también tenía una hija, y así hubo dos hermanastras en la familia. La madrastra era odiosa y no dejaba en paz al viejo.
—¡Lleva a tu hija al bosque, a la cabaña excavada en la tierra! Allí hilará más.
¡Qué remedio! El hombre obedeció a su mujer, llevó a su hija a la cabaña y le dio un eslabón de acero para encender fuego, un pedernal, yesca y un saquito de sémola. Le dijo:
—Aquí tienes con qué encender fuego. No lo dejes apagarse, cuece gachas, siéntate a hilar y mantén cerrada la puerta de la cabaña.
Llegó la noche. La muchacha encendió la estufita y puso a cocer las gachas. De pronto apareció un ratón y dijo:
—Muchacha, muchacha, dame una cucharadita de gachas.
—¡Ay, ratoncito mío! Háblame y alivia mi soledad. No te daré solo una cucharada: te alimentaré hasta que estés harto.
El ratón comió hasta saciarse y se fue. Por la noche irrumpió un oso.
—Vamos, muchacha —dijo—, apaga las luces. Juguemos a la gallinita ciega.
El ratón subió al hombro de la muchacha y le susurró al oído:
—¡No tengas miedo, muchacha! Di: «¡Juguemos!», apaga el fuego y métete debajo de la estufa. Yo correré de un lado a otro y haré sonar la campanilla.
Así lo hicieron. El oso perseguía al ratón, pero no podía atraparlo. Empezó a rugir y a lanzar leños; lanzó y lanzó, pero no le dio. Al fin se cansó y dijo:
—¡Qué bien juegas a la gallinita ciega, muchacha! Por eso te mandaré mañana una manada de caballos y un carro lleno de bienes.
Por la mañana, la mujer dijo:
—Ve, viejo, a ver a tu hija. ¿Cuánto habrá hilado durante la noche?
El viejo se marchó y la mujer se quedó esperando a que trajera los huesos de la hija del viejo. Entonces ladró el perrito:
—¡Guau, guau, guau! ¡La hija viene con el viejo, arreando una manada de caballos y trayendo un carro lleno de bienes!
—¡Mientes, pequeño enredador! Son huesos que traquetean y repiquetean en una cesta.
Chirriaron las puertas, los caballos entraron corriendo en el patio y allí estaban la hija y su padre, sentados en un carro repleto de bienes. A la mujer le ardían los ojos de codicia.
—¡Vaya cosa! —gritó—. Lleva a mi hija al bosque a pasar la noche. Mi hija traerá dos manadas de caballos y dos carros llenos de bienes.
El hombre llevó también a la hija de su mujer a la cabaña, y la proveyó igualmente de comida y de lo necesario para encender fuego. Al atardecer preparó gachas. Salió el ratón y le pidió un poco a Natashka. Pero Natashka gritó:
—¡Mira qué bicho tan asqueroso! —Y le arrojó una cuchara.
El ratón huyó. Natashka se atiborró de gachas ella sola; después apagó las luces y se acurrucó en un rincón.
Llegó la medianoche, irrumpió el oso y dijo:
—¡Eh! ¿Dónde estás, muchacha? Juguemos a la gallinita ciega.
La muchacha no decía nada; solo le castañeteaban los dientes de miedo.
—¡Ah, estás ahí! Toma la campanilla y corre, que yo intentaré atraparte.
Cogió la campanilla, pero le temblaba la mano y sonaba sin parar. Entonces dijo el ratón:
—¡La muchacha cruel no seguirá viva!
Por la mañana, la mujer mandó al viejo al bosque.
—¡Ve! Mi hija traerá dos carros y dos manadas.
El hombre se fue y la mujer esperó fuera de las puertas. Entonces ladró el perrito:
—¡Guau, guau, guau! ¡Viene la hija del ama, con los huesos traqueteando en una cesta, y el viejo va sentado en un carro vacío!
—¡Mientes, chucho! Mi hija viene arreando manadas y trayendo carros.
Y allí estaba el viejo, junto a las puertas, entregándole a su mujer una cesta. Ella la abrió, vio los huesos y empezó a dar alaridos. Se enfureció tanto que murió de pena y de rabia al día siguiente. El viejo y su hija vivieron bien el resto de sus días y acogieron en su casa a un distinguido yerno.