La anciana codiciosa
Vivían un anciano y su mujer. Un día, él fue al bosque a cortar leña. Encontró un árbol viejo, levantó el hacha y empezó a golpearlo. El árbol le dijo:
Vivían un anciano y su mujer. Un día, él fue al bosque a cortar leña. Encontró un árbol viejo, levantó el hacha y empezó a golpearlo. El árbol le dijo:
—¡No me cortes, buen hombre! Haré por ti todo lo que necesites.
—Pues hazme rico.
—De acuerdo. Vuelve a casa: tendrás de todo en abundancia.
El anciano volvió a casa y encontró una cabaña nueva, llena de bienes hasta los topes, dinero a montones y grano suficiente para decenas de años. ¡Había tantas vacas, caballos y ovejas que ni en tres días se podían contar!
—¡Ay, viejo! ¿De dónde ha salido todo esto? —preguntó la anciana.
—Verás, mujer, he encontrado un árbol que concede cualquier deseo.
Vivieron así cosa de un mes. A la anciana acabó por cansarle aquella vida de riqueza y le dijo a su marido:
—Somos ricos, sí, pero ¿de qué sirve si la gente no nos respeta? Si al administrador de la finca se le antoja, puede mandarnos a trabajar a los dos. Y si nos busca una falta, puede hacernos castigar a palos. Ve al árbol y pídele que te haga administrador.
El anciano tomó el hacha, fue al árbol y se dispuso a cortarlo al ras de la raíz.
—¿Qué necesitas? —preguntó el árbol.
—Hazme administrador de la finca.
—Está bien. ¡Ve con Dios!
Volvió a casa, donde unos soldados llevaban mucho tiempo esperándolo.
—¿Dónde andas metido, viejo diablo? —gritaron—. ¡Consíguenos alojamiento enseguida, y que sea bueno! ¡Vamos, date prisa!
Y no paraban de golpearle la espalda con sus sables. La anciana vio que ni a un administrador se le guardaba siempre respeto y le dijo a su marido:
—¿De qué sirve ser la mujer de un administrador? Los soldados te han apaleado, y del señor mejor ni hablar: hará lo que quiera. Ve al árbol y pídele que te haga señor a ti y señora a mí.
El anciano tomó el hacha, fue al árbol y se dispuso a cortarlo otra vez. El árbol preguntó:
—¿Qué necesitas, anciano?
—Hazme señor a mí y señora a mi mujer.
—Está bien. ¡Ve con Dios!
La anciana vivió un tiempo como señora, pero quiso más y le dijo a su marido:
—¿De qué sirve que yo sea señora? Si tú fueras coronel y yo la esposa de un coronel, eso sería otra cosa. Todos nos envidiarían.
Mandó de nuevo al anciano al árbol. Él tomó el hacha, llegó y se dispuso a cortarlo. El árbol le preguntó:
—¿Qué necesitas?
—Hazme coronel a mí y esposa de coronel a mi mujer.
—Está bien. ¡Ve con Dios!
El anciano volvió a casa y se encontró con que lo habían nombrado coronel.
Pasado algún tiempo, su mujer le dijo:
—¡Qué gran cosa ser coronel! Si al general se le antoja, te manda arrestar. Ve al árbol y pídele que te haga general a ti y esposa de general a mí.
El anciano fue al árbol y se dispuso a cortarlo con el hacha.
—¿Qué necesitas? —preguntó el árbol.
—Hazme general a mí y esposa de general a mi mujer.
—Está bien. ¡Ve con Dios!
El anciano volvió a casa y se encontró ascendido a general.
Pasó otro tiempo. La anciana se cansó de ser la esposa de un general y le dijo a su marido:
—¡Qué gran cosa ser general! Si el soberano quiere, te destierra a Siberia. Ve al árbol y pídele que te haga zar a ti y zarina a mí.
El anciano llegó al árbol y se dispuso a cortarlo con el hacha.
—¿Qué necesitas? —preguntó el árbol.
—Hazme zar a mí y zarina a mi mujer.
—Está bien. ¡Ve con Dios!
El anciano volvió a casa y ya habían llegado unos enviados para buscarlo.
—El soberano ha muerto —dijeron—, y te han elegido para ocupar su lugar.
No llevaban mucho tiempo reinando cuando a la anciana le pareció poca cosa ser zarina. Llamó a su marido y le dijo:
—¡Qué gran cosa ser zar! Si Dios quiere, te manda la muerte y te entierran en la tierra húmeda. Ve al árbol y pídele que nos haga dioses.
El anciano fue al árbol. Al oír aquellas palabras insensatas, el árbol hizo susurrar sus hojas y respondió:
—Pues conviértete tú en oso y tu mujer en osa.
En aquel mismo instante, el anciano se convirtió en oso y su mujer en osa, y los dos corrieron al bosque.