La zorra curandera

Había una vez un anciano y una anciana. El anciano plantó una pequeña col en el espacio bajo el suelo de la casa, y la anciana plantó otra en el cajón de las…

Había una vez un anciano y una anciana. El anciano plantó una pequeña col en el espacio bajo el suelo de la casa, y la anciana plantó otra en el cajón de las cenizas. La col de la anciana se marchitó por completo, pero la del anciano creció y creció hasta llegar al suelo. El anciano tomó un hacha y abrió un agujero justo encima de la col.

La col volvió a crecer y crecer hasta llegar al techo. El anciano tomó de nuevo el hacha y abrió en el techo un agujero justo encima de la col. La col creció y creció hasta alcanzar el cielo.

¿Cómo podría el anciano ver la punta de la col? Empezó a trepar por la planta. Trepó y trepó, siguió trepando hasta llegar al cielo, abrió allí un agujero y se metió por él. Miró a su alrededor: había un pequeño molino de mano. En cuanto giraban sus piedras, aparecían una empanada y un pan shanga, con una olla de gachas encima. El anciano comió y bebió hasta hartarse y se tumbó a dormir.

Cuando hubo dormido bastante, bajó de nuevo a la tierra y dijo:

—¡Vieja, oye, vieja! ¡Qué vida se lleva en el cielo! ¡Hay un molino de mano: en cuanto giran sus piedras, aparecen una empanada y un shanga, con una olla de gachas encima!

—¿Cómo podría ir yo también, viejo?

—Métete en un saco, vieja; yo te llevaré.

La anciana lo pensó y se metió en el saco.

El anciano sujetó el saco con los dientes y empezó a trepar hacia el cielo. Trepó y trepó durante mucho tiempo. La anciana se aburrió y preguntó:

—¿Queda lejos, viejo?

—¡Lejos, vieja!

Volvió a trepar y trepar, sin parar.

—¿Queda lejos, viejo?

—¡Todavía falta la mitad!

Volvió a trepar y trepar, sin parar. La anciana preguntó otra vez:

—¿Queda lejos, viejo?

El anciano estaba a punto de decir:

—¡Ya no queda lejos! —Pero el saco se le escapó de los dientes; la anciana cayó al suelo y murió en la caída. El anciano bajó por la col y recogió el saco. Dentro no había más que huesos, y hasta estos estaban hechos pedacitos.

El anciano salió de casa llorando amargamente. Se encontró con una zorra:

—¿Por qué lloras, viejo?

—¡Cómo no voy a llorar! Mi vieja se ha matado al caer.

—Calla, yo la curaré.

El anciano cayó a los pies de la zorra:

—¡Cúrala! ¡Te pagaré lo que quieras!

—Pues calienta la casa de baños, lleva allí un saquito de harina de avena tostada, un tarrito de mantequilla y a la vieja. Tú quédate fuera, junto a la puerta, y no mires dentro.

El anciano calentó la casa de baños, llevó todo lo necesario y se quedó fuera de la puerta. La zorra entró, cerró con el gancho y empezó a lavar los huesos de la anciana. Los lavara o no, lo cierto es que no dejaba de roerlos. El anciano preguntó:

—¿Cómo estás, vieja?

—¡Ya se mueve! —dijo la zorra. Mientras tanto, acabó de comerse a la anciana, recogió los huesos en un rincón y empezó a mezclar unas gachas llamadas salamata.

El anciano esperó y esperó, y preguntó:

—¿Cómo estás, vieja?

—¡Ya está sentada! —dijo la zorra mientras se sorbía lo último de la salamata. Cuando terminó de comer, dijo:

—Viejo, abre bien la puerta.

Él la abrió, y la zorra saltó fuera de la casa de baños y corrió a su casa. El anciano entró y miró: bajo el banco solo estaban los huesos de la anciana, completamente roídos, y la zorra se había comido la harina de avena y la mantequilla. El anciano se quedó solo y en la pobreza.

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