La palabra imprudente 2

En Zaonezhie vivían un anciano y su mujer. Él se ganaba la vida cazando y tenía un perro que no tenía precio. Un día se encontró con un hombre bien vestido.

En Zaonezhie vivían un anciano y su mujer. Él se ganaba la vida cazando y tenía un perro que no tenía precio. Un día se encontró con un hombre bien vestido.

—Véndeme el perro —le dijo— y ven mañana al atardecer a la colina de Mian para que te pague.

El anciano le entregó el perro y, al día siguiente, fue a la colina. En la cima se alzaba una gran ciudad donde vivían los lembois. Fue a la casa del hombre que había comprado el perro. Allí dieron de comer y de beber al huésped y le ofrecieron un buen baño de vapor. Un joven lo atendió en el baño y, al terminar, se arrojó a sus pies.

—¡Abuelo, no aceptes dinero por el perro! ¡Pide que me entreguen a mí!

El anciano le hizo caso.

—Dame al joven —dijo—. Será como un hijo para mí.

—Mucho pides, anciano, pero qué se le va a hacer: tendré que dártelo.

Volvieron a casa, y el joven le dijo al anciano:

—Ve a Nóvgorod y busca a cierto mercader en la calle Rogatitsa.

El anciano fue a Nóvgorod, pidió al mercader que lo dejara pasar la noche en su casa y empezó a preguntarle:

—¿Tuviste hijos?

—Tuve un hijo, pero su madre le gritó una vez, enfadada: «¡Que te lleve un lemboi!». Y un lemboi se lo llevó.

—¿Y qué me darás si te lo devuelvo?

El joven que el anciano había sacado de entre los lembois era precisamente el hijo de aquel mercader. El mercader se llenó de alegría y acogió al anciano y a su mujer en su casa.

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