De la astucia del rey Salomón

De la astucia del rey Salomón Antes del nacimiento de Cristo, todos los muertos, tanto los pecadores como los justos, estaban en el infierno. También estaba…

De la astucia del rey Salomón

Antes del nacimiento de Cristo, todos los muertos, tanto los pecadores como los justos, estaban en el infierno. También estaba allí la profetisa Ana, que no dejaba de profetizar que nacería Jesucristo y sacaría del infierno a todos los justos. Los justos llevaban mucho tiempo esperando su liberación y ya no podían aguantar más. Le decían:

—Ana, profetizas y profetizas, pero nunca se cumple nada. ¡Solo nos engañas!

Ana les aseguró que de verdad se cumpliría todo lo que había profetizado.

Y nació Jesucristo y empezó a recorrer la tierra con los apóstoles; también entró en el infierno. El infierno comenzó a crujir, y Satanaíl gritó:

—¡Infierno, resiste!

Pero el infierno seguía crujiendo. El Señor se llevó consigo a todos fuera del infierno, pero dejó allí al rey Salomón. Salomón dijo:

—Señor, ¿por qué sacas a todos del infierno y me dejas aquí solo?

El Señor respondió:

—Tú mismo eres tan astuto y sabio: ¡pues sal con tu propia sabiduría!

Así que Salomón se quedó en el infierno y empezó a medirlo, diciendo:

—Aquí habrá una iglesia, aquí el altar y allí una capilla.

Satanaíl lo detuvo:

—Salomón, ¿qué estás haciendo?

Él respondió:

—Quiero construir aquí una iglesia y allí una capilla.

—¡Pero qué dices, rey Salomón! Antes ya estaba bastante apretado aquí. Me alegro de haberme librado de aquellos moradores tan molestos, ¡y tú vuelves a quitarme sitio!

—Bueno, Satanaíl, aquí tienes tres arshines en un rincón. ¡Con ese espacio te basta!

Satanaíl se enfadó y echó al rey Salomón del infierno, lo expulsó de allí. Salomón se dirigió al reino de los cielos. Llamó a la puerta y preguntó:

—¡Hermanos! Decidme, por favor, ¿qué vida es mejor: la de antes en el infierno o la nueva en el reino de los cielos?

—No —dijeron—, la nueva en el reino de los cielos es mejor.

—¡Dejadme ver siquiera un poquito de vuestra vida! Quisiera veros.

Le entreabrieron la puerta para que pudiera mirar dentro.

Miró y miró, y metió un pie. Cuando empezaron a cerrar el paraíso, le pillaron el pie. Entonces gritó:

—¡Me habéis pillado el pie! ¡Me habéis pillado el pie!

En cuanto abrieron más, Salomón se coló en el reino de los cielos y se fue a un rincón. Allí se quedó, y no delante, donde habían ocupado sus lugares los que llegaron primero.

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