Por voluntad del lucio
Érase una vez un pobre campesino. Por mucho que se afanara y trabajara, ¡nunca tenía nada! «¡Ay! —pensaba—. ¡Qué amarga es mi suerte! Me mato trabajando en mi…
Érase una vez un pobre campesino. Por mucho que se afanara y trabajara, ¡nunca tenía nada! «¡Ay! —pensaba—. ¡Qué amarga es mi suerte! Me mato trabajando en mi hacienda todos los días y, aun así, en cualquier momento tendré que morirme de hambre. Mi vecino se pasa la vida tumbado, ¿y qué ocurre? Tiene una gran hacienda y las ganancias le caen solas en el bolsillo. Debo de haber disgustado a Dios. Rezaré desde la mañana hasta la noche; quizá el Señor se apiade de mí». Empezó a rezar. Pasaba días enteros sin comer, pero seguía rezando. Llegó la Pascua y tocaron a maitines. El pobre pensó: «Todos van a romper el ayuno y yo no tengo ni un bocado. Iré al menos por agua y la sorberé en lugar de sopa de col». Tomó un cubito y fue al pozo. Apenas lo metió en el agua, cayó dentro un lucio enorme. El campesino se alegró: «¡También yo celebraré la fiesta! Haré sopa de pescado y comeré a gusto». El lucio le habló con voz humana:
—Déjame libre, buen hombre, y te haré feliz. ¡Tendrás cuanto desee tu alma! Solo di: «Por voluntad del lucio y con la bendición de Dios, que aparezca tal o cual cosa», ¡y aparecerá al instante!
El pobre arrojó el lucio al pozo, entró en su cabaña, se sentó a la mesa y dijo:
—¡Por voluntad del lucio y con la bendición de Dios, que esté puesta la mesa y lista la comida!
De pronto aparecieron, quién sabe de dónde, toda clase de manjares y bebidas. ¡No habría tenido que avergonzarse ni ante el mismísimo zar! El pobre se santiguó: «¡Gloria a ti, Señor! Ya tengo con qué romper el ayuno». Fue a la iglesia, asistió a maitines y a la liturgia, regresó y rompió el ayuno. Después de comer y beber, salió al otro lado de la puerta del patio y se sentó en un banco.
Por entonces, la hija del zar decidió pasear por las calles. Iba con sus nodrizas y cuidadoras, repartiendo limosna a los pobres por la fiesta de Cristo. Dio algo a todos, pero se olvidó de aquel campesino. Él se dijo:
—¡Por voluntad del lucio y con la bendición de Dios, que la hija del zar conciba y dé a luz un hijo!
Al pronunciar él esas palabras, la princesa quedó embarazada en aquel mismo instante y, nueve meses después, dio a luz un hijo. El zar comenzó a interrogarla.
—Confiesa —dijo—. ¿Con quién has pecado?
La princesa lloraba y juraba de todas las maneras posibles que no había pecado con nadie:
—¡Ni yo misma sé por qué me ha castigado el Señor!
Por mucho que el zar preguntó, no averiguó nada.
Entretanto, el niño crecía, no de día en día, sino de hora en hora. Al cabo de una semana ya hablaba. El zar convocó a los boyardos y consejeros de todo el reino y se los mostró: ¿reconocería a alguno como padre? No, el niño callaba y no llamaba padre a nadie. El zar ordenó a las nodrizas y cuidadoras que lo llevaran por todos los patios y calles y se lo mostraran a hombres de cualquier condición, casados y solteros. Lo llevaron de patio en patio y de calle en calle. Anduvieron y anduvieron, y él seguía callado. Al fin llegaron a la cabaña del pobre campesino. En cuanto el niño lo vio, le tendió los bracitos y gritó:
—¡Papá, papá!
Se lo comunicaron al soberano y llevaron al pobre a palacio. El zar comenzó a interrogarlo:
—Di la verdad, con toda honradez: ¿es tuyo este niño?
—¡No, es de Dios!
El zar se enfureció e hizo casar al pobre con la princesa. Después de la boda ordenó meterlos, junto con el niño, en un gran barril, sellarlo con brea y echarlo a mar abierto.
El barril flotó por el mar; vientos furiosos lo arrastraron y lo arrojaron a una costa lejana. El pobre oyó que el agua ya no se mecía bajo ellos y pronunció estas palabras:
—¡Por voluntad del lucio y con la bendición de Dios, barril, deshazte en tierra seca!
El barril se deshizo. Salieron a tierra firme y echaron a andar adonde los llevaran sus ojos. Caminaron y caminaron sin nada que comer ni beber. La princesa quedó tan debilitada que apenas podía poner un pie delante del otro.
—Bueno —preguntó el pobre—, ¿sabes ahora lo que son el hambre y la sed?
—Lo sé —respondió la princesa.
—Así sufren los pobres, ¡y tú no quisiste darme ni una pequeña limosna en la fiesta de Cristo!
Entonces el pobre dijo:
—¡Por voluntad del lucio y con la bendición de Dios, que se alce aquí un palacio magnífico, como no haya otro mejor en el mundo entero, con jardines, estanques y toda clase de dependencias!
Apenas lo dijo, apareció un palacio espléndido. Salieron de él fieles criados, los tomaron del brazo y los condujeron a salones de piedra blanca. Los sentaron ante mesas de roble con manteles labrados. Las estancias estaban maravillosamente amuebladas y adornadas; en las mesas había de todo: vinos, dulces y platos de comida. El pobre y la princesa comieron, bebieron, descansaron y salieron a pasear por el jardín.
—Todo estaría muy bien aquí —dijo la princesa—, pero es una lástima que no haya aves en nuestros estanques.
—¡Espera, también habrá aves! —respondió el pobre, y dijo enseguida:
—¡Por voluntad del lucio y con la bendición de Dios, que naden en este estanque doce patas y, como ave decimotercera, un pato macho! ¡Que todos tengan una pluma de oro y otra de plata, y que el macho lleve una cresta de diamantes en la cabeza!
¡Mira! Por el agua nadaban doce patas y un pato macho, con una pluma de oro y otra de plata. En la cabeza del macho brillaba una cresta de diamantes.
Así vivía la princesa con su marido, sin penas ni aflicciones, mientras su hijo crecía y crecía. Se hizo grande, sintió en sí una fuerza inmensa y empezó a pedir a su padre y a su madre que lo dejaran recorrer el mundo en busca de novia. Le dieron permiso:
—¡Ve con Dios, hijo!
Ensilló un caballo digno de un héroe, montó y emprendió el camino. Se encontró con una mujer muy anciana:
—¡Salud, príncipe ruso! ¿Adónde te diriges?
—Voy a buscar novia, abuela, pero ni yo mismo sé dónde buscar.
—¡Espera, hijo, te lo diré! Cruza el mar hasta el lejano trigésimo reino. Allí vive una princesa tan hermosa que podrías recorrer el mundo entero sin encontrar otra más bella.
El valiente joven dio las gracias a la anciana, llegó al puerto, alquiló un barco y navegó hacia el trigésimo reino.
Navegara poco o mucho —pronto se cuenta un cuento, pero no tan pronto se hacen las cosas—, llegó al reino, se presentó ante su rey y pidió la mano de su hija. El rey le dijo:
—No eres el único que quiere casarse con mi hija. Tenemos otro pretendiente, un guerrero de fuerza extraordinaria. Si lo rechazo, arrasará todo mi reino.
—¡Y si me rechazas a mí, lo arrasaré yo!
—¡Pero qué dices! Mejor mide tus fuerzas con las suyas. Daré mi hija al que venza.
—¡De acuerdo! Invita a todos los zares y sus hijos, a los reyes y sus hijos, a contemplar un combate leal y a celebrar una boda.
Enseguida enviaron mensajeros en todas direcciones. Antes de que pasara un año, se reunieron zares y príncipes, reyes y príncipes de todas las tierras vecinas. También acudió el zar que había encerrado a su propia hija en un barril sellado con brea y la había arrojado al mar. El día señalado, los guerreros salieron a luchar a muerte. Combatieron y combatieron; con sus golpes gemía la tierra, se inclinaban los bosques y se agitaban los ríos. El hijo de la princesa venció a su adversario y le cortó la cabeza.
Los boyardos del rey acudieron corriendo, tomaron al joven del brazo y lo llevaron a palacio. Al día siguiente se casó con la hija del rey. Terminados los festejos, invitó a todos los zares y príncipes, reyes y príncipes a visitar a sus padres. Partieron todos juntos, prepararon barcos y cruzaron el mar. La princesa y su marido recibieron con honores a los invitados, y empezaron de nuevo los banquetes y las alegrías. Los zares y príncipes, reyes y príncipes contemplaban asombrados el palacio y los jardines. ¡Nunca habían visto tanta riqueza! Pero lo que más les gustó fueron las patas y el pato: ¡por una sola pata se podía dar medio reino! Tras los banquetes, decidieron volver a casa. Aún no habían llegado al puerto cuando unos veloces mensajeros corrieron tras ellos:
—Nuestro señor os pide que regreséis. Desea celebrar un consejo secreto con vosotros.
Los zares y príncipes, reyes y príncipes regresaron. El anfitrión salió a su encuentro y dijo:
—¿Es así como se porta la gente honrada? ¡Me falta una pata! ¡Nadie salvo vosotros ha podido llevársela!
—¿Por qué nos calumnias? —respondieron los zares y príncipes, reyes y príncipes—. ¡Eso no está bien! Regístranos a todos ahora mismo. Si le encuentras la pata a alguno, haz con él lo que te parezca. ¡Pero, si no la encuentras, te cortaremos la cabeza!
—Bien, acepto —dijo el anfitrión. Recorrió la fila y comenzó a registrarlos. Cuando le tocó al padre de la princesa, dijo en voz baja:
—¡Por voluntad del lucio y con la bendición de Dios, que este zar tenga una pata atada bajo el faldón del caftán!
Le levantó el caftán y allí, bajo el faldón, había una pata atada, con una pluma de oro y otra de plata. Todos los demás zares y príncipes, reyes y príncipes soltaron una carcajada:
—¡Ja, ja, ja! ¡Conque esas tenemos! ¡Hasta los zares han empezado a robar!
El padre de la princesa juraba por todos los santos que jamás se le había pasado por la cabeza robar. Ni él mismo sabía cómo había llegado allí la pata.
—¡Cuéntaselo a otro! Te la hemos encontrado a ti, así que tú eres el único culpable.
Entonces salió la princesa, corrió hacia su padre y reveló que era aquella misma hija a la que había casado con el pobre y encerrado en el barril embreado:
—¡Padre! Entonces no creíste mis palabras. Ahora has aprendido por ti mismo que se puede parecer culpable sin tener culpa alguna.
Le contó cómo había ocurrido todo. Desde entonces vivieron todos juntos, aumentando sus bienes y apartando las desgracias.