El lenguaje de los pájaros
En una ciudad vivían un mercader y su mujer, y Dios les dio un hijo llamado Vasili, muy despierto para su edad. Una vez estaban comiendo los tres. Sobre la mesa…
En una ciudad vivían un mercader y su mujer, y Dios les dio un hijo llamado Vasili, muy despierto para su edad. Una vez estaban comiendo los tres. Sobre la mesa colgaba una jaula con un ruiseñor, que cantaba con tanta pena que el mercader no pudo contenerse y dijo:
—Si encontrara a alguien que me dijera de verdad qué canta ese ruiseñor y qué destino anuncia, creo que le daría la mitad de mis bienes en vida y le dejaría muchas riquezas al morir.
El niño, que entonces tendría unos seis años, miró fijamente a los ojos de sus padres y dijo:
—Sé lo que canta el ruiseñor, pero tengo miedo de decíroslo.
—¡Dilo todo, sin ocultar nada! —insistieron su padre y su madre, y Vasia respondió entre lágrimas:
—El ruiseñor anuncia que llegará un tiempo en que me serviréis: mi padre me traerá agua y mi madre una toalla para secarme la cara y las manos.
Aquellas palabras disgustaron tanto al mercader y a su mujer que decidieron deshacerse de su hijo. Construyeron una barquita, una noche oscura pusieron dentro al niño dormido y la soltaron en mar abierto. En ese momento el ruiseñor adivino salió de la jaula, voló hasta la barca y se posó en el hombro del niño.
La barca flotaba por el mar cuando un barco se acercó a toda vela. El capitán vio al niño, se compadeció de él, lo recogió, le preguntó qué había pasado y prometió cuidarlo y quererlo como a un hijo. Al día siguiente el niño dijo a su nuevo padre:
—El ruiseñor canta que se levantará una tormenta, romperá los mástiles y rasgará las velas. Tenemos que volver a un lugar abrigado.
Pero el capitán no le hizo caso. Y, en efecto, se levantó una tormenta que rompió los mástiles y desgarró las velas. No había remedio: lo pasado no podía deshacerse. Colocaron mástiles nuevos, repararon las velas y siguieron navegando. Entonces Vasia volvió a decir:
—¡El ruiseñor canta que vienen hacia nosotros doce barcos, todos de piratas! ¡Nos harán prisioneros!
Esta vez el capitán le hizo caso, viró hacia una isla y vio pasar aquellos doce barcos piratas.
El capitán esperó lo necesario y siguió navegando. Al cabo de un tiempo el barco llegó a la ciudad de Jvalynsk. Allí, desde hacía varios años, un cuervo, su hembra y su cría volaban y graznaban ante las ventanas del palacio del rey, sin dejar descansar a nadie ni de día ni de noche. Probaran lo que probaran, no había manera de alejarlos; ¡ni siquiera los perdigones les hacían daño! El rey mandó fijar un bando en todos los cruces y embarcaderos: quien lograra alejar al cuervo y a su hembra de las ventanas recibiría la mitad del reino y a la princesa menor por esposa; pero a quien lo intentara y fracasara le cortarían la cabeza. Muchos habían querido emparentar con el rey, pero todos habían puesto la cabeza bajo el hacha. Al enterarse, Vasia pidió al capitán:
—Déjame ir a ver al rey y ahuyentar al cuervo y a su hembra.
Por más que el capitán trató de disuadirlo, no pudo retenerlo.
—Está bien, ve —dijo—. ¡Pero, si te ocurre algo malo, solo tendrás que culparte a ti mismo!
Vasia llegó al palacio, explicó al rey su propósito y pidió que abrieran la ventana junto a la que volaban los cuervos. Escuchó sus graznidos y dijo al rey:
—Majestad, vos mismo veis que son tres: un cuervo, su esposa y su hijo. El cuervo y su esposa discuten sobre a quién pertenece el hijo, si al padre o a la madre, y os piden que resolváis la disputa. Majestad, decid a quién pertenece el hijo.
El rey respondió:
—Al padre.
Apenas lo hubo dicho, el cuervo y su hijo volaron a la derecha, y la hembra a la izquierda.
Después el rey acogió al niño, que vivió a su lado gozando de gran favor y honra. Creció, se convirtió en un apuesto joven, se casó con la princesa y recibió medio reino como dote. Un día quiso viajar por distintos lugares y tierras extranjeras, conocer gente y darse a conocer. Se preparó y partió. En una ciudad se quedó a pasar la noche. A la mañana siguiente se levantó y pidió agua para lavarse. El posadero le trajo el agua y la posadera le dio una toalla. El yerno del rey habló con ellos y descubrió que eran su padre y su madre. Lloró de alegría y cayó a los pies de sus padres. Luego se los llevó consigo a Jvalynsk, y todos vivieron juntos, prosperando y aumentando su buena fortuna.