El cuento del platillo de plata y la manzana madura

Vivía un campesino con su mujer, y tenían tres hijas. Dos eran aficionadas a los adornos y a las ocurrencias; la tercera era sencilla de entendimiento, y sus…

Vivía un campesino con su mujer, y tenían tres hijas. Dos eran aficionadas a los adornos y a las ocurrencias; la tercera era sencilla de entendimiento, y sus hermanas la llamaban Tontita. Después también empezaron a llamarla así su padre y su madre. A Tontita la empujaban, le daban órdenes para todo y la hacían trabajar. Ella no protestaba y estaba dispuesta a cuanto le mandaran: arrancaba hierbas, partía astillas para alumbrarse, ordeñaba las vacas y daba de comer a los patos. Quienquiera que pidiese algo, Tontita se lo traía. «¡Tontita, ve! ¡Tontita, vigílalo todo!» El campesino iba a la feria con un cargamento de heno y prometió comprar regalos a sus hijas. Una le pidió:

—Padre, cómprame kumach, algodón rojo, para un sarafán. —Y la otra pidió:

—Cómprame tela kitayka escarlata. —Tontita se limitaba a mirar en silencio.

Tonta o no, también era su hija. Al padre le dio lástima y le preguntó:

—¿Qué quieres que te compre, Tontita?

Tontita sonrió y dijo:

—Padre querido, cómprame un platillo de plata y una manzanita madura y jugosa.

—¿Para qué los quieres? —preguntaron sus hermanas.

—Haré rodar la manzana por el platillo y diré las palabras que una anciana me enseñó a cambio de un panecillo que le di.

El campesino se lo prometió y partió.

Estuviera la feria cerca o lejos, pasara allí poco o mucho tiempo, vendió el heno y compró los regalos: tela kitayka escarlata para una hija, kumach rojo para el sarafán de la otra, y un platillo de plata y una manzana madura para Tontita. Regresó a casa y se los enseñó. Las hermanas se alegraron y se cosieron sarafanes; se burlaban de Tontita y esperaban a ver qué haría con el platillo de plata y la manzana madura. Tontita no se comió la manzana. Se sentó en un rincón y dijo:

—¡Rueda, rueda, manzanita, por el platillo de plata! ¡Muéstrame ciudades y campos, bosques y mares, la altura de las montañas y la belleza del cielo!

La manzana rodaba por el platillo, la madura por la plata. En él aparecían las ciudades una tras otra, barcos en los mares y regimientos en los campos, la altura de las montañas y la belleza del cielo. Un sol rodaba tras otro y las estrellas se reunían en una danza circular. Era todo tan hermoso y maravilloso que ningún cuento podría decirlo ni ninguna pluma describirlo. Las hermanas miraban embelesadas y se llenaban de envidia: ¿cómo podrían engañar a Tontita para que les diera el platillo? Pero ella no lo cambiaría por nada.

Las malvadas hermanas iban de aquí para allá, llamándola y engatusándola:

—¡Hermanita querida! Vamos al bosque a buscar bayas, a recoger fresas silvestres.

Tontita entregó el platillo a su padre, se levantó y fue al bosque. Mientras caminaba con sus hermanas y recogía bayas, vio una pala en la hierba. De pronto, las malvadas hermanas agarraron la pala, mataron a Tontita y la enterraron bajo un abedul. Regresaron tarde y le dijeron a su padre:

—Tontita huyó de nosotras y desapareció sin dejar rastro. Recorrimos el bosque y no la encontramos. ¡Seguro que se la comieron los lobos!

El padre sentía una gran pena: tonta o no, ¡era su hija! Lloró por ella, guardó el platillo y la manzana en un cofrecillo y lo cerró con llave. También las hermanas se deshacían en lágrimas.

Un joven pastor guiaba su rebaño y tocaba el cuerno al amanecer. Entró en el bosque a buscar una oveja y vio, a un lado, un montículo bajo un abedul. Lo rodeaban flores escarlatas y azules como el cielo, y por encima asomaba una caña. El pastor cortó la caña y se hizo una flauta. Y, ¡maravilla de maravillas!, la flauta empezó a cantar y a hablar sola: «¡Toca, toca, flautita! Consuela a mi querido padre, a mi buena madre y a mis amadas hermanas. A mí, pobrecita, me mataron, me quitaron de este mundo por el platillo de plata y la manzana madura». La gente la oyó y acudió corriendo. Todo el pueblo fue tras el pastor, lo rodeó y le preguntó a quién habían matado. Las preguntas no tenían fin.

—¡Buena gente! —dijo el pastor—. No sé nada. Buscaba una oveja en el bosque y vi un montículo, con flores encima y una caña sobre las flores. Corté la caña, me hice una flauta y ahora la flauta toca y habla sola.

El padre de Tontita se encontraba allí. Oyó al pastor y agarró la flauta, que cantó por sí sola: «Toca, toca, flautita, para mi querido padre; consuélalo a él y a mi madre. A mí, pobrecita, me mataron, me quitaron de este mundo por el platillo de plata y la manzana madura».

—Llévanos, pastor —dijo el padre—, al lugar donde cortaste la caña.

Siguió al pastor al bosque, hasta el montículo, y se maravilló ante aquellas preciosas flores escarlatas y azules. Empezaron a cavar y descubrieron un cuerpo sin vida. El padre alzó las manos y gimió: había reconocido a su desdichada hija. Allí yacía, asesinada y enterrada por alguien desconocido. La buena gente preguntaba quién la había matado. La flauta tocó y habló sola: «¡Padre mío querido! Mis hermanas me atrajeron al bosque y me mataron, pobrecita de mí, por el platillo de plata y la manzana madura. No me despertarás de este sueño profundo hasta que traigas agua del pozo del zar». Las dos hermanas envidiosas temblaron, palidecieron y, sintiendo arder el alma, confesaron su culpa. Las apresaron, las ataron y las encerraron en un sótano oscuro, a la espera del augusto mandato del zar. El padre se preparó para viajar a la capital.

Tardara poco o mucho, llegó a la ciudad. Se acercó al palacio justo cuando el zar, resplandeciente como el sol, salió al pórtico dorado. El viejo se inclinó hasta el suelo y pidió clemencia real. El zar, esperanza de su pueblo, habló:

—Toma agua de la vida del pozo real, viejo. Cuando tu hija reviva, tráela ante nosotros con el platillo, la manzana y sus malvadas hermanas.

El viejo se alegró, se inclinó hasta el suelo y llevó a casa un frasquito de agua de la vida. Corrió al bosque, hasta el montículo florido, y desenterró el cuerpo. En cuanto lo roció con el agua, su hija se alzó viva ante él y se echó a su cuello como una palomita. La gente acudió corriendo y lloró cuanto quiso. El viejo viajó a la capital y lo condujeron a los aposentos reales. Salió el zar, radiante como el sol, y lo vio con sus tres hijas. Dos tenían las manos atadas; la tercera era como una flor de primavera: sus ojos brillaban con luz celestial, su rostro resplandecía como la aurora y las lágrimas le caían de los ojos como perlas. El zar la miraba asombrado. Se enfadó con las hermanas malvadas y preguntó a la hermosa joven:

—¿Dónde están tu platillo y tu manzana madura?

Ella tomó el cofrecillo de manos de su padre, sacó la manzana y el platillo y preguntó:

—Zar, mi soberano, ¿qué quieres ver: tus ciudades fortificadas, tus valientes regimientos, los barcos en el mar o las maravillosas estrellas del cielo?

Hizo rodar la manzana madura por el platillo de plata. En él aparecieron ciudades una tras otra; dentro se reunían regimientos con estandartes y arcabuces, formando en orden de batalla: voivodas al frente de las filas, capitanes al frente de los pelotones, jefes de diez hombres al frente de sus grupos. ¡Tronaban los disparos, el humo se arremolinaba en una nube y lo ocultaba todo! La manzana rodaba por el platillo, la madura por la plata. En él se agitaba el mar, los barcos navegaban como cisnes, las banderas ondeaban y se disparaba desde las popas. ¡Estallaban los disparos, el humo se arremolinaba en una nube y lo ocultaba todo! La manzana rodaba por el platillo, la madura por la plata. Ahora brillaba en él todo el cielo, un sol giraba tras otro y las estrellas se reunían en una danza circular. El zar se maravillaba, pero la hermosa joven derramaba lágrimas. Se arrojó a sus pies y pidió clemencia.

—¡Zar, mi soberano! —dijo—. Toma mi platillo de plata y mi manzana madura. Solo te pido que perdones a mis hermanas; no las mates por mi causa.

El zar se conmovió ante sus lágrimas y las indultó como ella pedía. La joven exclamó de alegría y corrió a abrazar a sus hermanas.

El zar la miró asombrado, la tomó de las manos y le dijo con afecto:

—Honraré tu bondad y distinguiré tu belleza. ¿Quieres ser mi esposa y una buena zarina para el reino?

—¡Zar, mi soberano! —respondió la hermosa joven—. Tu voluntad es la de un zar, pero sobre una hija están la voluntad de su padre y la bendición de su propia madre. Según lo ordene mi padre y lo bendiga mi madre, así responderé yo.

El padre se inclinó hasta el suelo. Mandaron llamar a la madre, y ella dio su bendición.

—Una cosa más —dijo la joven al zar—: no me separes de mi familia. Que mi madre, mi padre y mis hermanas se queden conmigo.

Entonces sus hermanas se postraron a sus pies.

—¡No somos dignas! —dijeron.

—¡Todo está olvidado, hermanas queridas! —respondió ella—. Sois de mi familia, no extrañas venidas de otras tierras. Y, como dice el refrán, ¡que pierda un ojo quien recuerde un mal pasado!

Lo dijo sonriendo y ayudó a sus hermanas a levantarse. Ellas lloraban de arrepentimiento, sus lágrimas fluían como un río y no querían alzarse del suelo. Entonces el zar les ordenó levantarse, las miró con dulzura y les mandó quedarse en el palacio. ¡Qué fiesta hubo allí! El pórtico estaba lleno de luces, como el sol de rayos. El zar y la zarina subieron a un carruaje; la tierra temblaba y el pueblo corría detrás, gritando: «¡Salud y larga vida por muchos años!»

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