El cuento de los tres príncipes
En cierto reino, en cierto país, vivía un rey que tenía tres hijos: el príncipe Vasili, el príncipe Fiódor y el príncipe Iván.
En cierto reino, en cierto país, vivía un rey que tenía tres hijos: el príncipe Vasili, el príncipe Fiódor y el príncipe Iván.
—¡Queridos hijos! —les decía su padre—. Ya veis que soy viejo. Pero se cuenta que, más allá de tres veces nueve tierras, en el reino trigésimo, en el país bajo el sol, hay agua de la vida y agua de la muerte, y un manzano cuyas manzanas pueden devolver la juventud hasta a un anciano. ¿Cómo podríamos conseguir esas aguas y esas manzanas?
El príncipe Vasili mandó ensillar su caballo y se puso en camino. Cabalgó mucho o poco, cerca o lejos: pronto se cuenta un cuento, pero no tan pronto se cumple una hazaña. Llegó entre montañas, precipicios y bosques tan impenetrables que empezó a temer perder el camino. Dio media vuelta y dijo a su padre que no había encontrado el país bajo el sol por ninguna parte. Partió el príncipe Fiódor, y le ocurrió lo mismo.
Entonces el hermano menor, el príncipe Iván, decidió probar fortuna. Tomó un camino nuevo, cabalgó y cabalgó, y vio una cabaña sobre patas de gallina. Dentro estaba Baba Yagá. Ella le preguntó adónde iba y si viajaba por voluntad propia o por obligación.
—Algo por obligación —respondió el príncipe Iván—, ¡pero el doble por mi propio deseo! —Y le contó adónde se dirigía y para qué.
Baba Yagá le dio un caballo de refresco y lo envió a casa de su hermana. Esta también le cambió el caballo y lo mandó a la tercera hermana. Cuando supo de qué se trataba, llevó al príncipe a la cuadra y le dijo:
—Aquí tienes un caballo. Monta en este y deja el tuyo conmigo. Y ese es el camino al país donde están el agua de la vida, el agua de la muerte y las manzanas que devuelven la juventud. Solo se puede entrar de noche. Allí verás una muralla alta: sáltala y ve derecho a la puerta del jardín. Encontrarás el manzano de las manzanas rejuvenecedoras y, a su lado, dos pozos, uno con agua de la vida y otro con agua de la muerte. Pero al volver, procura que tu caballo no roce ninguna de las cuerdas tendidas hasta la muralla.
El príncipe Iván lo hizo todo como ella le había indicado. Saltó la muralla, entró en el jardín, recogió manzanas rejuvenecedoras y llenó unos frasquitos con agua de la vida y agua de la muerte. Pero al regresar no tuvo cuidado: cuando saltaba la muralla, su caballo rozó las cuerdas. En toda la ciudad repicaron las campanas, redoblaron los tambores y dispararon los cañones; todos se alarmaron. La doncella zarina, dueña de las manzanas y de ambas aguas, mandó ensillar su caballo y salió enseguida en persecución del príncipe Iván, pero no logró alcanzarlo. Iván tomaba un caballo de refresco en casa de cada Baba Yagá. Cuando la doncella zarina llegó a la primera, preguntó por él:
—¿Has visto por aquí, Baba Yagá, a un hombre de tales y tales señas?
—No lo he visto —respondió Yagá, y empezó a rogarle que se quedara con ella y descansara de tan largo viaje.
La doncella zarina se quedó un día entero y una noche entera en casa de Baba Yagá. Lo mismo sucedió con las otras dos hermanas. Cuando empezó a ganar terreno al príncipe Iván, él ya había entrado en su propio país.
—Tienes suerte, príncipe —dijo la doncella zarina—, de no haber caído en mis manos. ¡Pero espera, que iré a visitarte!
El príncipe Iván llegó a casa, sacó los frasquitos de agua de la vida y agua de la muerte, puso las manzanas rejuvenecedoras en una fuente y se lo entregó todo a su padre. El rey se alegró muchísimo, comió varias manzanas y se volvió joven. Desde entonces vivían contentos y se divertían. Un día el rey miró por la ventana y vio una tienda plantada en su prado reservado. Envió de inmediato a averiguar quién se había atrevido a plantar allí su tienda. Dentro estaba la doncella zarina, que dijo:
—He venido para que el rey me entregue al culpable de entre sus hijos. Si no lo hace, arrasaré toda la ciudad.
El príncipe Iván fue a verla.
—¿Qué voy a hacer contigo? —dijo ella—. Si has sido tan osado como para robarme el agua maravillosa y las manzanas rejuvenecedoras, quiero ser tu esposa.
El príncipe se casó con la doncella zarina y se fue a vivir a su reino.