La vieja parlanchina

Día y noche refunfuñaba la vieja. ¿Cómo no le dolía la lengua? ¡Y siempre contra su hijastra: que no era lista ni airosa! Saliera o entrara, se pusiera de pie o…

Día y noche refunfuñaba la vieja. ¿Cómo no le dolía la lengua? ¡Y siempre contra su hijastra: que no era lista ni airosa! Saliera o entrara, se pusiera de pie o se sentara, todo lo hacía mal, todo a destiempo. Desde la mañana hasta la noche, como unos gusli a los que hubieran dado cuerda. Tenía harto al marido y tenía hartos a todos: ¡daban ganas de huir de la casa! El anciano enganchó el caballo para llevar mijo a la ciudad, y la vieja gritó:

—¡Llévate también a la hijastra! Déjala en el bosque oscuro o junto al camino, donde quieras, ¡pero quítamela de encima!

El anciano se la llevó. El camino era largo y difícil, todo bosque y pantano. ¿Dónde dejar a la muchacha? Entonces vio una cabañita sobre patas de gallina, sostenida por una empanada y cubierta con una tortita, que no paraba de girar.

«Será mejor dejar a mi hija en la cabaña», pensó. La ayudó a bajar, le dio mijo para hacer gachas, golpeó al caballo y se alejó hasta perderse de vista.

La muchacha se quedó sola. Machacó el mijo y preparó muchas gachas, pero no había nadie que las comiera. Llegó una noche larga y espantosa. De tanto dormir le dolerían los costados; de tanto mirar se le gastarían los ojos. No tenía con quién cruzar una palabra, y se sentía sola y asustada. Se puso en el umbral, abrió la puerta hacia el bosque y llamó:

—¡Quien esté en el bosque, quien esté en la oscuridad, que venga a visitarme!

Respondió un leshi. Tomó la forma de un joven mercader de Nóvgorod, llegó corriendo y trajo un regalo. Un día venía a charlar, al siguiente traía un obsequio. Se aficionó tanto a las visitas y trajo tantas cosas que ya no había dónde guardarlas.

Mientras tanto, la vieja parlanchina se aburría sin su hijastra. La casa estaba en silencio, ella se sentía desazonada y se le había secado la lengua.

—¡Ve, marido, a buscar a la hijastra! ¡Sácala del fondo del mar, arráncala del fuego! Soy vieja y débil, y no tengo quién me cuide.

El marido obedeció. La hijastra volvió, abrió su cofre y colgó sus hermosas pertenencias en una cuerda que iba desde la casa hasta el portón. La vieja ya había abierto la boca para recibirla a su manera, pero, al ver aquellas riquezas, juntó los labios, sentó a la invitada bajo los iconos y empezó a tratarla con grandes honores: «¿Qué desea usted, señora mía?».

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