Las tres hermanas
En un pueblo vivían tres hermanas casadas. Una vez, sus maridos se fueron de viaje. Entonces llegó una bruja a casa de la hermana mayor para pedirle prestada…
En un pueblo vivían tres hermanas casadas. Una vez, sus maridos se fueron de viaje. Entonces llegó una bruja a casa de la hermana mayor para pedirle prestada una pala. Pero cuando la mujer fue a buscarla y volvió, ya no estaban en la casa ni la bruja ni su hijo. Echó a correr por el camino y preguntó a un serbal:
—Serbalito, serbalito, ¿has visto a una bruja con un niño?
—Límpiame y recoge lo que hay a mi alrededor, y entonces te lo diré.
—¡No tengo tiempo! —dijo la campesina con impaciencia, y siguió corriendo.
Lo mismo ocurrió cuando preguntó a un manzano, un peral, una vaca, un pozo y una artesa. El manzano y el peral le pidieron que los limpiara; la vaca, que la ordeñara; el pozo, que lo tapara; y la artesa, que amasara en ella. La mujer se negó a todo. Al fin llegó a una pequeña cabaña y entró. Allí estaba sentada una vieja bruja; en el horno, sobre el fuego, hervía la brea, y el niño yacía en el saliente junto al horno.
—¿Para qué hierve la brea? —preguntó la desdichada madre.
—Quiero hervir a tu hijo —respondió la bruja.
La madre empezó a suplicar y a rogar.
—Ráscame la cabeza —dijo la bruja.
La campesina obedeció, pero apenas le había alisado el pelo cuando la brea empezó a desbordarse de la olla.
—¡Aparta la olla! —dijo la bruja. La madre agarró la olla de brea, se la arrojó encima a la bruja, tomó a su hijo y huyó.
El gato le despejó los ojos a la bruja arañando, y ella salió en persecución. La artesa, el pozo, la vaca, el peral, el manzano y el serbal le indicaron el camino. La bruja alcanzó a la madre y despedazó al niño. Al día siguiente, la misma desgracia sufrió la hermana mediana. Al tercer día, la bruja visitó a la menor, la tontita, y le robó a su hijo. La menor cumplió las peticiones del serbal, el peral, el manzano, la vaca, el pozo y la artesa. Recibió fruta de los árboles, una jarra de leche de la vaca, una botella de agua del pozo y pan de la artesa. Cubrió a la bruja de brea, pero al huir arrojó al gato todas las provisiones que había recibido.
—¡Gato, despéjame los ojos! —gritaba la bruja.
—¡Espera, que estoy comiendo el pan!
Se acabó el pan, y la bruja volvió a gritar:
—¡Gato, despéjame los ojos!
—Espera, que voy a tomar la leche. Y así siguió.
Cuando el gato se dispuso a despejarle los ojos a la bruja, la madre y el niño ya estaban en casa.