Chernushka

Había una vez un señor que tenía una esposa bondadosa y una hija hermosa llamada Masha. La esposa murió, y él se casó con una viuda que tenía dos hijas propias,…

Había una vez un señor que tenía una esposa bondadosa y una hija hermosa llamada Masha. La esposa murió, y él se casó con una viuda que tenía dos hijas propias, malas y crueles las dos. Atormentaban de todas las maneras a la pobre Masha y la obligaban a trabajar para ellas. Cuando no había trabajo, la hacían sentarse junto a la estufa y sacar las cenizas. Por eso Masha siempre estaba sucia y negra de hollín, y la apodaron Chernushka. Un día empezó a decirse que el príncipe quería casarse, que celebraría una gran fiesta y que allí elegiría esposa. Y así fue. El príncipe invitó a todos, y la madrastra y sus hijas comenzaron a prepararse, pero no quiso llevar a Masha. Por mucho que ella suplicara, la respuesta siempre era no. La madrastra se fue con sus hijas a la fiesta del príncipe. A su hijastra le dejó una medida entera de cebada, harina y hollín, todo mezclado, y le ordenó separarlo grano por grano y partícula por partícula antes de que regresara.

Masha salió al porche y lloró amargamente. Llegaron volando dos palomitas, le separaron la cebada, la harina y el hollín, y después se posaron en sus hombros. De pronto, la muchacha llevaba un precioso vestido nuevo.

—Ve a la fiesta —dijeron las palomitas—, pero no te quedes después de medianoche.

En cuanto Masha entró en el palacio, todos se quedaron admirándola. Al príncipe le gustó más que ninguna otra, y ni su madrastra ni sus hermanas la reconocieron. Se divirtió con las demás muchachas y, al ver que se acercaba la medianoche, recordó la advertencia de las palomitas y corrió a casa. El príncipe salió tras ella para averiguar quién era, pero había desaparecido sin dejar rastro.

Al día siguiente hubo otra fiesta en el palacio. Las hijas de la madrastra se afanaban con sus vestidos y no dejaban de gritar y regañar a Masha:

—¡Eh, Chernushka! ¡Cámbianos de ropa, limpia los vestidos, prepara la comida!

Masha lo hizo todo, se divirtió por la noche en la fiesta y volvió a casa antes de medianoche. El príncipe la siguió, pero no logró alcanzarla. El tercer día volvió a celebrar un espléndido banquete. Por la noche, las palomitas vistieron y calzaron a Masha aún mejor que antes. Fue al palacio, se entretuvo, se divirtió y olvidó la hora. De pronto sonó la medianoche. Masha salió corriendo hacia su casa, pero el príncipe había mandado cubrir de resina y alquitrán toda la escalera. Uno de sus zapatos quedó pegado a la resina y se quedó en un peldaño. El príncipe lo recogió y al día siguiente ordenó buscar a la muchacha a quien le quedara bien.

Recorrieron toda la ciudad, pero el zapato no le quedaba bien a nadie. Al fin llegaron a casa de la madrastra. Ella tomó el zapato y se lo probó a su hija mayor. No entraba: tenía el pie demasiado grande.

—¡Córtate el dedo gordo! —le dijo su madre—. ¡Cuando seas princesa, no necesitarás ir a pie!

La hija se cortó el dedo y se puso el zapato. Los enviados del príncipe estaban a punto de llevarla al palacio cuando llegaron las palomitas y comenzaron a arrullar: «¡Sangre en el pie! ¡Sangre en el pie!». Los enviados miraron: del zapato de la muchacha salía sangre.

—¡No! —dijeron—. ¡No es ella!

La madrastra fue a probarle el zapato a la hija de en medio, y con ella ocurrió lo mismo.

Los enviados vieron a Masha y le ordenaron probarse el zapato. Se lo puso y, en ese mismo instante, apareció sobre ella un hermoso vestido resplandeciente. ¡Las hijas de la madrastra se quedaron boquiabiertas! Llevaron a Masha al palacio del príncipe, y al día siguiente se celebró la boda. Cuando fue con el príncipe a la iglesia para casarse, llegaron las dos palomitas y se posaron una en cada hombro. Al regresar de la iglesia, las palomitas alzaron el vuelo, se lanzaron sobre las hijas de la madrastra y les sacaron un ojo a cada una a picotazos. Fue una boda alegre; yo estuve allí, bebí hidromiel y cerveza. Me corrieron por el bigote, pero nada me entró en la boca.

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