Shabarsha

¿Queréis que os entretenga con un cuento? Es un cuento maravilloso, lleno de prodigios y maravillas. Y el jornalero Shabarsha es el más astuto de los pícaros:…

¿Queréis que os entretenga con un cuento? Es un cuento maravilloso, lleno de prodigios y maravillas. Y el jornalero Shabarsha es el más astuto de los pícaros: una vez que agarra el arnés, ¡no hay tarea que se le resista! Shabarsha entró a trabajar como jornalero, pero llegó un año malo: no creció ni el grano ni la verdura. Su amo se quedó pensando, muy preocupado. ¿Cómo librarse de las penas? ¿De qué vivir? ¿De dónde sacar dinero?

—¡No te aflijas, amo! —le dijo Shabarsha—. ¡Danos un día y habrá pan y dinero!

Shabarsha fue a la presa del molino. «Quizá pesque algún pez —pensó—. Lo venderé y ya tendré dinero. Pero ¡vaya!, no tengo cordel para la caña. Espera, lo trenzaré ahora mismo». Pidió al molinero un puñado de cáñamo, se sentó a la orilla y se puso a trenzar un sedal.

Trenzaba y trenzaba cuando del agua saltó a la orilla un muchacho con chaqueta negra y gorro rojo.

—¡Tío! ¿Qué haces aquí? —preguntó.

—Estoy trenzando una cuerda.

—¿Para qué?

—Quiero limpiar el estanque y sacaros del agua a vosotros, los diablos.

—¡Eso no! Espera un poco, voy a decírselo a mi abuelo.

El diablillo se zambulló y Shabarsha volvió a su tarea.

«Esperad —pensó—. Os voy a hacer una jugarreta, malditos. ¡Me traeréis oro y plata!»

Shabarsha empezó a cavar un hoyo. Cuando lo tuvo listo, puso encima su gorro, al que había cortado la parte de arriba.

—¡Shabarsha, Shabarsha! El abuelo dice que negocie contigo. ¿Qué pides para no sacarnos del agua?

—Llenad este gorrito de oro y plata.

El diablillo se sumergió y volvió.

—El abuelo dice que primero debo luchar contigo.

—¿Cómo vas a luchar conmigo, mocoso? ¡Ni siquiera podrías con mi hermano mediano, Mishka!

—¿Dónde está tu Mishka?

—Mira allí: descansa bajo un arbusto, en el barranco.

—¿Cómo lo desafío?

—Acércate y dale un golpe en el costado. Él solo se levantará.

El diablillo fue al barranco, encontró al oso y le dio un garrotazo en el costado. Mishka se alzó sobre las patas traseras y apretó al diablillo hasta que le crujieron todos los huesos. Apenas logró soltarse de las zarpas y corrió hasta el viejo espíritu del agua.

—Abuelo —dijo asustado—, Shabarsha tiene un hermano mediano llamado Mishka. Se puso a luchar conmigo y ¡me crujieron los huesos! ¿Qué habría pasado si hubiera luchado el propio Shabarsha?

—¡Hum! Ve a echar una carrera con Shabarsha. A ver quién adelanta a quién.

El muchacho del gorro rojo volvió junto a Shabarsha y le transmitió las palabras del abuelo. Shabarsha respondió:

—¿Cómo vas a competir conmigo en una carrera? ¡Hasta mi hermanito Zainka te dejaría muy atrás!

—¿Dónde está tu hermano Zainka?

—Allí, tumbado en la hierba. Quería descansar. Acércate y tócale la oreja: ¡ya verás cómo corre contigo!

El diablillo corrió hasta Zainka y le tocó la oreja. La liebre salió disparada, y el diablillo intentó seguirla.

—¡Espera, espera, Zainka! Déjame alcanzarte… ¡Ay, se ha ido!

—Abuelo —le dijo al espíritu del agua—, salí corriendo muy ligero. ¡Pero de nada sirvió! No me dejó ni ponerme a su altura. ¡Y no era Shabarsha, sino su hermano menor!

—¡Hum! —gruñó el viejo, frunciendo el ceño—. Ve a ver a Shabarsha y probad quién silba más fuerte.

—¡Shabarsha, Shabarsha! El abuelo manda que probemos quién silba más fuerte.

—Pues silba tú primero.

El diablillo silbó tan fuerte que Shabarsha apenas se mantuvo en pie, y las hojas cayeron de los árboles.

—Silbas bien —dijo Shabarsha—, pero no como yo. Cuando silbe, no podrás tenerte en pie, y tus oídos no lo soportarán. Túmbate boca abajo y tápate los oídos con los dedos.

El diablillo se tumbó boca abajo y se tapó los oídos. Shabarsha tomó un garrote y le dio con todas sus fuerzas en el cuello, mientras silbaba: «¡Fiu, fiu, fiu!».

—¡Ay, abuelo, abuelo! ¡Shabarsha silbó tan fuerte que vi chispas! Apenas pude levantarme. ¡Me parece que se me han roto todos los huesos del cuello y de la parte baja de la espalda!

—¡Vaya! No eres tan fuerte, diablillo. Ve a buscar mi maza de hierro entre los juncos y probad quién la lanza más alto.

El diablillo tomó la maza, se la echó al hombro y fue a ver a Shabarsha.

—Bueno, Shabarsha, el abuelo manda hacer una última prueba: ¿quién de nosotros lanza esta maza más alto?

—Lánzala tú primero y yo miraré.

El diablillo lanzó la maza. Subió y subió hasta parecer un punto negro en el cielo. ¡Cuánto tuvieron que esperar para que volviera a caer! Shabarsha la tomó: ¡qué pesada! La apoyó sobre la punta del pie, la sostuvo con la palma de la mano y se quedó mirando fijamente al cielo.

—¿Por qué no la lanzas? ¿Qué esperas? —preguntó el diablillo.

—Espero a que se acerque aquella nube. Lanzaré la maza encima. Allí está sentado mi hermano el herrero, y el hierro le servirá para su trabajo.

—¡No, Shabarsha! ¡No la tires a la nube, que el abuelo se enfadará!

El diablillo le arrebató la maza y se zambulló para ir junto al abuelo.

Cuando el abuelo oyó que Shabarsha había estado a punto de arrojar su maza tan lejos, se asustó de veras. Mandó sacar dinero del remanso profundo para librarse de él. El diablillo llevó y llevó dinero, había llevado ya muchísimo, ¡pero el gorro seguía sin llenarse!

—¡Abuelo, qué gorro tan prodigioso tiene Shabarsha! He echado dentro todo el dinero y sigue vacío. Solo queda tu último cofrecito.

—¡Llévalo también, deprisa! ¿Sigue trenzando la cuerda?

—¡Sí, abuelo!

—¡Pues ya ves!

No hubo más remedio. El diablillo abrió el preciado cofrecito del abuelo y empezó a verter su contenido en el gorro de Shabarsha. Echó y echó, ¡hasta que por fin lo llenó! Desde entonces el jornalero vivió a lo grande. Me invitaron a beber hidromiel y cerveza en su casa, pero no fui: decían que la hidromiel era amarga y la cerveza turbia. ¿Por qué habría pasado algo así?

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