El anciano en el cielo
Un anciano y una anciana vivían juntos. Junto a su casa tenían un pequeño huerto. Un día, el anciano encontró una semilla de frijol muy poco común, de color…
Un anciano y una anciana vivían juntos. Junto a su casa tenían un pequeño huerto. Un día, el anciano encontró una semilla de frijol muy poco común, de color dorado, y la plantó en la tierra suelta, mientras la anciana regaba el bancal con cuidado. A la mañana siguiente apareció un brote verde. Creció a una velocidad asombrosa y pronto se elevó por encima del tejado, hasta donde flotaban las nubes blancas en el cielo.
El anciano quiso averiguar adónde llevaba el alto tallo. No intentó trepar sin prepararse: trajo una escalera resistente, la ató al grueso tallo y pidió a la anciana que revisara cada peldaño. Después se puso un cinturón de seguridad sujeto a una cuerda y empezó a subir despacio. La anciana se quedó abajo y se aseguró de que la escalera se mantuviera recta. Así, el anciano llegó sin peligro al borde mullido de la nube.
Sobre la nube había una pequeña casita llena de luz. Su dueña, una artesana amable, recibió al visitante en la puerta y lo invitó a descansar después de la larga subida. La casa olía a pan recién hecho, en los estantes había tazas pintadas y por la ventana se veían campos lejanos. El anciano contó cómo había crecido aquel frijol tan especial y preguntó a la dueña si necesitaba ayuda.
En la habitación de al lado, tres hermanas hilaban lino. A una se le había enredado el hilo, a otra se le habían desparramado los carretes y a la tercera le costaba levantar una madeja grande. El anciano ayudó a desenredar el hilo, recogió los carretes y colocó la madeja en un soporte adecuado. Las hermanas terminaron pronto su trabajo. Para agradecérselo, le regalaron un trozo de tela resistente y un puñado de semillas de frijol luminosas para el huerto.
Era hora de volver a casa. La dueña de la casa de la nube revisó una vez más los nudos de la escalera, mientras la anciana, desde abajo, sujetaba la base con firmeza. El anciano bajó tranquilamente a tierra, abrazó a la anciana y le enseñó los regalos. Con la tela cosieron cortinas y plantaron las nuevas semillas de frijol junto a un soporte bajo para que fuera fácil recoger la cosecha. Por la noche, la pareja se sentó junto a la ventana y recordó su viaje tan singular, en el que la prudencia y la ayuda mutua habían sido más importantes que cualquier prisa.