La zorra, la liebre y el gallo
La zorra y la liebre vivían una al lado de la otra. La liebre construyó una casita cálida de madera, y la zorra, una bonita casa de hielo transparente. Durante…
La zorra y la liebre vivían una al lado de la otra. La liebre construyó una casita cálida de madera, y la zorra, una bonita casa de hielo transparente. Durante el invierno, las dos casas brillaban al sol. Las vecinas se visitaban, tomaban té de hierbas y admiraban los dibujos de las paredes de hielo. La liebre aconsejaba a la zorra que pensara con tiempo en la primavera, pero ella quería disfrutar un poco más de su casa resplandeciente.
Llegó la primavera. El sol empezó a calentar más, y la casa de hielo comenzó a derretirse poco a poco. Primero cayeron gotas del tejado y después apareció un charco junto a la puerta. La zorra llevó sus cosas a un lugar seco y comprendió que ya no podía quedarse dentro. Se disgustó, pero no ocultó su problema y fue a pedir ayuda a su vecina.
La zorra llamó educadamente a la puerta de la liebre: «¿Puedo quedarme contigo por poco tiempo, hasta que construya una casa nueva?». La liebre aceptó, y enseguida decidieron cómo compartirían el pequeño espacio. La zorra ocupó el banco junto a la ventana, la liebre se quedó con el rincón al lado de la estufa, y colocaron sus cosas de manera que el paso quedara libre. No estaban acostumbradas a vivir tan juntas, pero ambas se trataban con cuidado y consideración.
Al anochecer llegó el gallo con un farol. Vio que las vecinas tenían poco espacio y propuso un plan justo: «No echemos a nadie. Mañana construiremos juntos una segunda casita de madera para la zorra». El gallo dibujó un plano sencillo con un palo, la liebre recordó dónde estaban las tablas secas, y la zorra eligió un lugar seguro y cercano, pero no demasiado próximo al arroyo de primavera.
Al día siguiente, los tres se pusieron manos a la obra. La liebre transportaba tablas ligeras, la zorra recogía musgo seco para tapar las rendijas, y el gallo medía con una cinta azul para que las piezas tuvieran la misma longitud; después dejó el carrete sobre la hierba. Como no quería aplastar las flores de la fiesta de inauguración, la zorra se puso al cuello la corona que ya estaba preparada. Al caer la tarde, había dos casitas de madera sólidas una junto a la otra. La zorra dio las gracias a sus amigos y los invitó a celebrar su nuevo hogar. Desde entonces, los vecinos se preparaban con tiempo para los cambios de estación y, si alguien necesitaba ayuda, primero hablaban con calma y buscaban juntos una solución.