Los gansos cisne
Había una vez una madre y un padre que tenían dos hijos: una hija mayor y un niño pequeño. Un día, los padres se prepararon para ir al trabajo y pidieron a su…
Había una vez una madre y un padre que tenían dos hijos: una hija mayor y un niño pequeño. Un día, los padres se prepararon para ir al trabajo y pidieron a su hija que cuidara de su hermanito, que no se alejara de casa y que los esperaran juntos. La niña prometió estar atenta, y el niño tomó su juguete de madera favorito.
Los niños jugaban en el jardín soleado cuando tres gansos cisne blancos volaron sobre los manzanos. No atacaban a nadie: solo daban vueltas muy alto en el cielo. Una pluma blanca cayó suavemente al otro lado de la puerta del jardín. El hermanito corrió tras ella mientras su hermana recogía manzanas del suelo. Cuando la niña se volvió y no lo vio a su lado, salió a buscarlo enseguida.
En una bifurcación del camino del bosque, la niña encontró a un pequeño erizo. Le preguntó con educación si había visto a un niño con una pluma blanca. El erizo se volvió hacia un sendero entre los abedules e indicó la dirección con el hocico. «Gracias», dijo la hermana. Se apresuró por el sendero, recordando el camino de vuelta.
En un bosquecillo de abedules había una luminosa casita de troncos. Su hermanito estaba sentado junto al porche, mirando las manzanitas doradas que habían traído los gansos. No había nadie dentro de la casa. La hermana se acercó en silencio, lo tomó de la mano y le explicó que no debía irse sin avisar. Él asintió y dejó la pluma en el umbral. Después, los niños emprendieron juntos el regreso a casa.
Al ponerse el sol, los dos hermanos llegaron a la puerta de su jardín. Su madre y su padre ya habían vuelto del trabajo y se alegraron de verlos sanos y salvos. Todos se abrazaron. Después, los niños contaron con sinceridad lo ocurrido con los gansos blancos, la casita del bosque y el amable erizo. Desde entonces recordaron que, al salir de paseo, debían permanecer juntos y decir siempre a los adultos adónde iban.