La zorra y la grulla

La zorra y la grulla vivían una al lado de la otra. Un día, la zorra invitó a la grulla a su casa y la recibió en la entrada. «Ven, vecina. Prepararé unas…

La zorra y la grulla vivían una al lado de la otra. Un día, la zorra invitó a la grulla a su casa y la recibió en la entrada. «Ven, vecina. Prepararé unas gachas deliciosas», dijo. La grulla le agradeció la invitación y las dos fueron hasta una mesa situada bajo un gran serbal.

La zorra extendió unas gachas de sémola sobre un plato ancho y llano. A ella le resultaba fácil lamerlas desde el borde, mientras que el largo pico de la grulla no hacía más que golpear el plato. La grulla no se enfadó, pero se dio cuenta de que apenas había podido probar bocado. Al despedirse, invitó a la zorra a comer en su casa.

Al día siguiente, la grulla vertió okroshka, una sopa fría, en una jarra alta de cuello estrecho. Llegaba fácilmente a la comida con el pico, mientras que la zorra daba vueltas alrededor, olisqueaba la jarra y no conseguía meter el hocico. Entonces la zorra comprendió lo incómoda que se había sentido la grulla el día anterior. La grulla también se quedó pensativa.

Después de comer, llegaron a un cruce de senderos del bosque y se inclinaron cortésmente la una ante la otra. La zorra tomó el sendero hacia su madriguera y la grulla se dirigió al pantano. Ninguna gritó ni ofendió a la otra, pero cada una quiso pensar a solas en aquellas dos comidas tan poco habituales.

Al caer la tarde, la zorra y la grulla se encontraron en orillas opuestas de un arroyo tranquilo. Al mirar el agua, ambas comprendieron que la hospitalidad no consiste solo en ofrecer comida rica, sino también en procurar que quien viene de visita esté a gusto. En su siguiente encuentro, pusieron sobre la mesa un cuenco bajo y una jarra alta. Su amistad resultó más importante que el error que las había incomodado.

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