La grulla y la garza
Una grulla y una garza vivían en un pantano luminoso. Cada una tenía su propia casita de juncos, en orillas distintas de un canal. Por las mañanas, las aves…
Una grulla y una garza vivían en un pantano luminoso. Cada una tenía su propia casita de juncos, en orillas distintas de un canal. Por las mañanas, las aves pescaban y, al caer la tarde, se miraban a través del agua tranquila. Sentían curiosidad por conocerse mejor, pero ninguna se atrevía a iniciar la conversación.
Un día, la grulla comprendió que se había cansado de vivir sin una charla amistosa. Fue a ver a la garza por un sendero largo y sinuoso entre los juncos dorados. Caminó con cuidado, rodeó los montículos húmedos y, durante el trayecto, pensó cómo contarle a su vecina lo que deseaba sin ofenderla.
Junto a la casita de juncos, la grulla se inclinó cortésmente y propuso a la garza que vivieran juntas. La garza lo pensó, pero respondió que todavía no se sentía preparada para tomar una decisión así. La grulla aceptó su respuesta y regresó a casa. Cuando desapareció tras los juncos, la garza comprendió que no había llegado a conocerla bien.
Al día siguiente, fue la garza quien cruzó el pantano. Llegó a la casita de la grulla y dijo que le gustaría que hablaran más. Esta vez, la grulla dudó: aún recordaba la negativa del día anterior y pidió tiempo para pensarlo. La garza no discutió y regresó tranquilamente a casa.
Después de aquello, la grulla y la garza se visitaron varias veces, pero cada vez pensaban y deseaban cosas diferentes. Por fin se encontraron junto al agua al atardecer y acordaron no apresurarse ni presionar a la otra. Mantuvieron sus casitas en las orillas de siempre y empezaron a pasear juntas por el sendero del pantano al caer la tarde. Así aprendieron a escucharse y a respetar las respuestas de la otra.