Vazuza y Volga

Había una vez dos hermanas que eran ríos: Vazuza y Volga. Un día llegaron a un manantial de agua clara en el bosque y hablaron del camino hacia el lejano mar.…

Había una vez dos hermanas que eran ríos: Vazuza y Volga. Un día llegaron a un manantial de agua clara en el bosque y hablaron del camino hacia el lejano mar. Cada una quería encontrar su propia ruta y descubrir los bosques, campos y ciudades que encontraría. Las hermanas acordaron ponerse en marcha después de descansar por la noche y compartir sus historias al final del viaje.

Aquella tarde se acomodaron en la orilla, bajo unos abedules. Volga se durmió enseguida con el susurro de las hojas, pero Vazuza se quedó mucho tiempo junto al agua. Estaba impaciente por descubrir adónde llevaba aquel sendero plateado. Miraba las estrellas, escuchaba el murmullo del arroyo y pensaba cuál de los dos caminos elegir.

Antes del amanecer, Vazuza se levantó sin hacer ruido y partió junto a la estrecha corriente. Como despedida, dejó a su hermana una ramita con una cinta azul para que no se preocupara. La luna iluminaba el camino de agua, cada vez más claro, y en el horizonte ya aparecía una franja cálida del nuevo día.

Al despertar, Volga vio la cinta y comprendió que su hermana ya estaba en camino. Eligió la otra ruta y fluyó ancha y constante, sin intentar adelantar a Vazuza. A veces sus caminos se acercaban, y las hermanas se saludaban con la mano de una verde orilla a otra. Cada río regaba sus prados y ayudaba a las poblaciones de su recorrido.

Junto a una gran curva bañada por el sol, las dos corrientes se encontraron por fin. Vazuza y Volga se tomaron de las manos y se contaron con alegría todo lo que habían visto. Decidieron que no hacía falta discutir sobre cuál camino era mejor: la estrecha Vazuza y la caudalosa Volga ayudaban al mundo de maneras distintas, pero igual de importantes. Unidas, sus aguas avanzaron hacia el mar con más fuerza todavía.

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