La casita de la mosca
Una pequeña mosca construyó una casita en un prado lleno de flores. Cubrió el tejado con hojas secas, adornó las ventanas con pétalos y puso una piedra lisa…
Una pequeña mosca construyó una casita en un prado lleno de flores. Cubrió el tejado con hojas secas, adornó las ventanas con pétalos y puso una piedra lisa junto a la entrada. Cuando todo estuvo listo, la mosca retrocedió unos pasos y contempló su acogedor hogar.
Los primeros invitados fueron una pulga diminuta y un pequeño mosquito. Se detuvieron ante la puerta y preguntaron con educación: «¿Quién vive en esta casita?». La mosca se presentó y los invitó a entrar. Los invitados eran tan pequeños y amables que cabían en un banco hecho con una sola ramita.
Después llegaron juntos una liebre y un zorro. Se quedaron fuera para no apretujar a los diminutos habitantes. La mosca se asomó a la puerta, y los nuevos vecinos propusieron hacer un jardín compartido junto a la casa. La liebre trajo semillas; el zorro, una cinta para la puertecita del jardín, y la mosca les mostró los mejores lugares para plantar flores.
Más tarde llegó un lobo gris. Se sentó en la hierba a cierta distancia y preguntó a la liebre si hacía falta ayuda. «Dentro de la casita no hay mucho espacio para ti, pero en el jardín hay trabajo para todos», respondió la liebre. El lobo trajo agua del arroyo y entre todos regaron los nuevos parterres.
Durante la noche se levantó un viento fuerte que volcó suavemente la casita ligera sobre un montón de heno. Todos salieron a tiempo y nadie se hizo daño. Por la mañana, la liebre trajo una tabla resistente, el zorro adornó el nuevo tejado con una corona de flores y la mosca observó cómo montaban la casa. El lobo y los invitados diminutos trajeron ramas y hojas. Pronto hubo en el prado una casa nueva y más firme, con un porche para los amigos grandes.