El zarévich Naidiónysh
En cierto reino vivía un zar anciano y bondadoso. Una tarde oyó un sonido suave y desconocido en las caballerizas. El zar tomó un farol y recorrió con su fiel…
En cierto reino vivía un zar anciano y bondadoso. Una tarde oyó un sonido suave y desconocido en las caballerizas. El zar tomó un farol y recorrió con su fiel sirviente los establos bien iluminados. Miraron detrás de los montones de heno bien ordenados y llamaron en voz alta para que quien necesitara ayuda no tuviera miedo de responder.
En el heno limpio y dorado encontraron una cesta tejida y, dentro de ella, un bebé tranquilo y envuelto en pañales. Junto al pequeño había una cinta azul, pero no había ninguna carta ni ningún nombre. El zar levantó la cesta con cuidado y dijo: «Ya que te hemos encontrado, cuidaremos de ti». En el palacio llamaron al niño Naidiónysh.
La nodriza del palacio acostó al bebé en una cuna de madera tallada y lo cubrió con una manta suave. El niño creció rodeado de cariño, aprendió a leer, ayudó en el jardín y siempre preguntaba cuál era la forma correcta de actuar. El zar no le ocultó cómo se habían conocido y decía que no es el origen, sino los actos, lo que hace que una persona merezca respeto.
Pasaron muchos años. Cuando Naidiónysh creció, el zar lo invitó a una sala luminosa del palacio y le planteó un acertijo: «¿Qué hace fuerte a un gobernante?». El joven respondió: «Saber escuchar, decir la verdad y proteger a quienes pasan por dificultades». El sabio consejero asintió, y el zar pidió a Naidiónysh que explicara su respuesta a todos los presentes.
La respuesta mostró tanto la inteligencia como el buen corazón del joven. El zar lo llamó zarévich Naidiónysh y prometió seguir enseñándole a cuidar del reino. Una joven zarevna que estaba de visita en el palacio le regaló una pequeña corona de laurel. Todos salieron al jardín y pasaron bajo un arco de flores, donde el zar y el joven al que había criado como a un hijo se quedaron uno al lado del otro.