El zapatito de oro
Una joven bondadosa y trabajadora vivía con su madre y su hermana mayor. Un día, la madre fue con la hija mayor a una celebración religiosa y pidió a la menor…
Una joven bondadosa y trabajadora vivía con su madre y su hermana mayor. Un día, la madre fue con la hija mayor a una celebración religiosa y pidió a la menor que recogiera el centeno maduro del campo. La joven no se quejó: ató los tallos dorados en haces ordenados y los colocó junto a una cesta trenzada.
No lejos del campo había un lago de agua clara. En la misma orilla, la joven vio en una cesta poco profunda un pececillo plateado que una ola había dejado sobre la hierba. Sostuvo la cesta con ambas manos y bajó con cuidado al pez hasta el agua. Su cola plateada brilló al sol, y el pececillo prometió agradecerle su bondad.
Al llegar la tarde, todo el centeno estaba recogido. La joven regresó al lago para agradecerle su frescor. El pez se acercó nadando y trazó un círculo en el agua. Entre una suave luz dorada apareció en la orilla un solo zapatito de oro. «No es solo un adorno —dijo el pez—. Recordará a quien lo encuentre que la bondad se ve en los actos».
A la mañana siguiente, la joven se puso su mejor vestido y fue a la luminosa iglesia blanca. Llevaba el zapatito de oro en una bolsita de tela. Junto a las puertas abiertas, el zapato se deslizó sin que ella lo notara y quedó en el camino. Un joven príncipe lo recogió. Pensó que detrás de un objeto tan especial debía de haber una historia de bondad y decidió devolverlo.
El príncipe preguntó a las personas que estaban junto a la iglesia y supo que el zapatito lo había traído la joven de la casa cercana al campo de centeno. Le envió una invitación para que acudiera con su familia al jardín del palacio. Allí, la joven se probó el zapato y le quedó perfecto. Le contó lo de su trabajo, el pez que había salvado y la pérdida junto a la iglesia. El príncipe le devolvió el zapatito. Después siguieron hablando largo rato en el jardín y comprendieron que querían conocerse mejor.