Respuestas sabias

Durante veinticinco años, Stepán había servido en el correo del regimiento: entregaba cartas, cuidaba caballos y ayudaba a los viajeros a encontrar el camino…

Durante veinticinco años, Stepán había servido en el correo del regimiento: entregaba cartas, cuidaba caballos y ayudaba a los viajeros a encontrar el camino correcto. Al volver a su pueblo, los vecinos le preguntaron por las ciudades lejanas y por el soberano. Stepán reconoció que nunca había visto al soberano en persona. Se puso entonces un caftán limpio, tomó su bastón de viaje y partió hacia la capital para conocerlo.

En el palacio recibieron a Stepán con amabilidad. El soberano le preguntó por qué había venido, y él respondió con sinceridad: «He servido al país muchos años, pero solo os había visto en las monedas. Por eso quería saludaros en persona». El soberano sonrió e invitó al huésped a mirar el salón. Stepán dio tres vueltas alrededor del sillón, se inclinó y dijo que se alegraba de ver por fin al soberano y hablar con él.

El soberano decidió comprobar no cuánto sabía Stepán, sino cuánto se fijaba en las cosas. «¿A qué altura está el cielo?», preguntó. «Tan alto que el trueno nace entre las nubes, pero se oye en la tierra», respondió Stepán. «¿Qué anchura tiene la tierra?» «El sol pasa todo el día de un extremo del cielo al otro, y los caminos siguen llegando cada vez más lejos». Cuando le preguntó por la profundidad de la tierra, dijo: «Las raíces de un roble viejo crecen durante muchos años y siempre encuentran sitio».

En una sala vecina se habían reunido mercaderes de distintas ciudades. Al enterarse de las adivinanzas, pidieron a Stepán que explicara cómo había encontrado las respuestas. Mientras tomaban el té, él propuso que cada uno mirara por la ventana y contara qué le sugerían las nubes, los caminos, los árboles y el río. Pronto los mercaderes inventaron sus propias respuestas hermosas y comprendieron que la sabiduría empieza por la atención, no por las palabras aprendidas de memoria.

El soberano volvió a invitar a todos al gran salón. Los mercaderes compartieron sus respuestas, y Stepán explicó lo útil que era escucharse unos a otros. Como recompensa, el soberano le regaló un caballo dócil, una capa de viaje abrigada y una bolsa de dinero para las necesidades de casa. Stepán regresó al pueblo y, por las tardes, reunía a los niños junto a la ventana para inventar juntos adivinanzas sobre las estrellas, los campos y los largos caminos.

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