La gallinita

En el patio de la abuela vivía una gallinita de plumas moteadas. Una mañana puso un bonito huevo con motitas, y la abuela lo dejó en una cesta pequeña sobre el…

En el patio de la abuela vivía una gallinita de plumas moteadas. Una mañana puso un bonito huevo con motitas, y la abuela lo dejó en una cesta pequeña sobre el estante de la cocina. Al lado ya había harina, miel y una jarra de leche: aquella tarde toda la familia iba a preparar un gran pastel de fiesta. La gallina paseaba orgullosa junto a la ventana, admirando su regalo.

Una ratoncita corrió por el estante, con prisa por llevar un grano a la despensa. Sin querer, su colita rozó el asa de la cesta. El huevo rodó, pero no cayó al suelo, sino directamente en un cuenco limpio, y se agrietó con suavidad. La ratoncita se quedó quieta un momento; luego llamó a la abuela y le contó con sinceridad lo ocurrido.

El tintineo inesperado provocó un divertido revuelo en el patio. La puerta chirrió, las gallinas batieron las alas, los gansos estiraron el cuello y el perro se asomó desde su caseta. Hasta la vieja veleta del tejado empezó a girar más deprisa de lo normal. Todos querían saber qué había pasado y pronto se reunieron junto a la ventana de la cocina todos los animales de la casa.

Las dos nietas estaban llevando agua. Al distraerse mirando al curioso grupo, salpicaron un poco sobre el porche. La abuela se apresuró a mezclar la masa y una nubecita de harina se levantó sobre la mesa. Entonces se detuvo, sonrió y propuso que todos respiraran con calma, secaran el agua y siguieran trabajando sin prisas.

La ratoncita recogió los granos esparcidos, las nietas secaron el porche y la abuela añadió a la masa el huevo del cuenco limpio. La gallina trajo otro huevo para conseguir una corteza dorada. Poco después apareció en la mesa un pastel que olía de maravilla, y todos recibieron un trozo. Decidieron que era mucho más fácil arreglar juntos un pequeño accidente que convertirlo en un gran alboroto. Y ya recordaban entre risas el revuelo de la mañana.

Read this tale on NeuroTales