El alfarero
Un día, un alfarero iba por el camino con un carro vacío cuando se encontró con un alegre caminante. El hombre le pidió trabajo y le aseguró que conocía una…
Un día, un alfarero iba por el camino con un carro vacío cuando se encontró con un alegre caminante. El hombre le pidió trabajo y le aseguró que conocía una forma poco común de hacer vasijas resistentes. El alfarero aceptó y sellaron el acuerdo con un apretón de manos. El nuevo ayudante le pidió que preparara cuarenta carros de buena arcilla y que lo dejara trabajar tranquilo por las noches en el cobertizo.
Al oscurecer, del taller salieron golpecitos, susurros y alegres risas. El alfarero se acercó a la puerta, pero recordó el acuerdo y no interrumpió. Por una ventanita vio a unos diminutos artesanos del bosque: unos amasaban arcilla, otros hacían girar los tornos y otros alisaban los bordes. Por la mañana, todo el cobertizo estaba lleno de tazas, jarras y ollas bien formadas.
La segunda noche, los artesanos decoraron las piezas ya algo secas con bayas, hojas y círculos de sol, y luego las colocaron con cuidado en el horno de alfarería. Trituraban los fragmentos de las piezas que no habían salido bien y los añadían a la arcilla fresca. Esa mezcla ayudaba a que las vasijas nuevas se agrietaran menos durante el secado y la cocción. El alfarero observaba por la ventanita cómo sus ayudantes mantenían el calor uniforme. Al amanecer, las piezas eran resistentes y sonaban con claridad al darles un golpecito.
El día de mercado, todas las piezas cupieron en un solo carro grande. Los habitantes del pueblo admiraban los dibujos, pero el alfarero no tenía prisa por vender: llenaba cada vasija de agua y mostraba al comprador que sus paredes no tenían fugas. La gente eligió la vajilla que necesitaba, y quienes compraban jarras especialmente grandes pidieron tiempo para pagar después de la cosecha.
Al volver a casa, el alfarero repartió honradamente las ganancias con su ayudante y dio las gracias a los artesanos de la noche. El ayudante le dejó un cuaderno con unas reglas: amasar bien la arcilla, tomarse el tiempo necesario para la cocción y comprobar cada olla. Desde entonces, el alfarero trabajó más despacio, pero sus piezas duraban mucho. Y junto al cobertizo siempre había un cuenco de leche para quienes un día le habían enseñado a amar el verdadero oficio artesano.