Los hongos

Después de una lluvia templada, bajo un viejo roble creció un robusto Borovik. Sentado allí, miraba a todos los hongos y pensaba cómo organizar una fiesta del…

Después de una lluvia templada, bajo un viejo roble creció un robusto Borovik. Sentado allí, miraba a todos los hongos y pensaba cómo organizar una fiesta del bosque como las de los tiempos del zar Goroj. Para la fiesta hacían falta adornos, comida, farolillos y un gran escenario. De una rama colgaba una invitación: esperaban a los invitados para la mañana siguiente. Borovik se acomodó el sombrero marrón y llamó a sus vecinos para deliberar.

Primero se dirigió a las Belianki. «Somos las damas nobles de los hongos —respondieron—. No cargaremos troncos pesados, pero tejeremos coronas blancas». Las Belianki se pusieron enseguida a elegir los pétalos más uniformes. Los Ryzhiki se presentaron como campesinos acomodados y llevaron hojas de color cobre para los adornos. Borovik comprendió que todos podían encontrar una tarea útil si se les pedía sin dar órdenes.

Las Volnushki, cocineras de casas señoriales, se encargaron de preparar pasteles de bayas. Amasaron la masa en tacitas de bellota. Los Opyonki mostraron sus delgados pies y admitieron que no podrían mover el escenario; en cambio, toda su familia, muy unida, colgó farolillos entre los tocones. Al anochecer, el claro resplandecía, pero después de un viento fuerte una rama pesada cayó atravesada en el sendero.

Entonces llegaron los jóvenes Gruzdi. «¡Estamos unidos y dispuestos a ayudar!», dijeron. Juntos levantaron la rama, y Borovik colocó debajo una piedra redonda. Bajo la rama apareció enseguida un suave musgo verde. Al verlos, las Belianki, los Ryzhiki, las Volnushki y los Opyonki también se apresuraron hacia el sendero. Entre todos apartaron la rama y reforzaron el escenario antes de que comenzara la fiesta.

A la mañana siguiente, el zar Goroj inauguró la alegre feria. Las coronas blancas brillaban, las hojas cobrizas susurraban, los pasteles olían a bayas del bosque y los farolillos titilaban incluso bajo el roble. Borovik dio las gracias a todos y dijo que la verdadera fuerza no está en la guerra, sino en trabajar unidos. Desde entonces, los hongos se reunían en el claro no para luchar, sino para ayudar al bosque.

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