El zapatito de oro

Érase una vez un anciano que vivía con una anciana. El anciano y la anciana tenían dos hijas. Cierto día, el anciano fue al mercado y allí compró un pececillo…

Érase una vez un anciano que vivía con una anciana. El anciano y la anciana tenían dos hijas. Cierto día, el anciano fue al mercado y allí compró un pececillo para una hermana y otro pececillo para la otra. La mayor se comió el suyo, pero la menor fue al pozo y dijo:

—¡Madrecita pez! ¿He de comerte o no?

—No me comas —dijo el pececillo—, sino échame al agua; algún día te seré útil.

Ella dejó bajar al pececillo al pozo y volvió a casa. La anciana quería muy poco a su hija menor. Vistió a la hermana de esta con sus mejores galas y fue con ella a misa, mientras que a la menor le dejó dos medidas de centeno y le ordenó limpiarlo antes de que regresara de la iglesia.

La muchacha fue a buscar agua, se sentó junto al pozo y se echó a llorar. El pececillo subió a la superficie y le preguntó:

—¿Por qué lloras, hermosa doncella?

—¿Cómo no voy a llorar? —respondió la hermosa doncella—. Mi madre vistió a mi hermana con sus mejores galas y se fue con ella a misa; a mí me dejó en casa y me ordenó limpiar dos medidas de centeno antes de que volviera de la iglesia.

El pececillo dijo:

—No llores. Ve a vestirte y marcha a la iglesia; ¡el centeno quedará limpio!

Ella se vistió y llegó a misa. Su madre no pudo reconocerla. Cuando la misa empezaba a terminar, la muchacha regresó a casa; su madre también volvió y le preguntó:

—Y bien, necia, ¿has limpiado el centeno?

—Lo he limpiado —respondió ella.

—¡Qué belleza había en misa! —dijo la madre—. El pope ni canta ni lee: no hace más que mirarla; y tú, necia, ¡mírate y fíjate con qué andrajos vas vestida!

—Aunque no haya estado allí, ¡lo sé! —dijo la muchacha.

—¿Cómo ibas tú a saberlo? —le dijo la madre.

La vez siguiente, la madre vistió a su hija mayor con sus mejores galas, fue con ella a misa y dejó a la menor tres medidas de grano. Le dijo:

—Mientras yo rezo a Dios, tú has de limpiar el grano.

Y así se fue a misa, mientras la hija fue al pozo a buscar agua; se sentó junto al pozo y lloró. El pececillo subió a la superficie y le preguntó:

—¿Por qué lloras, hermosa doncella?

—¿Cómo no voy a llorar? —le respondió la hermosa doncella—. Mi madre vistió a mi hermana con sus mejores galas y se fue con ella a misa; a mí me dejó en casa y me ordenó limpiar tres medidas de grano antes de que volviera de la iglesia.

El pececillo dijo:

—No llores. Ve a vestirte y marcha tras ella a la iglesia; ¡el grano quedará limpio!

Ella se vistió, llegó a la iglesia y se puso a rezar a Dios. El pope ni canta ni lee: ¡no hace más que mirarla! La misa empezaba a terminar. Por entonces se encontraba en aquella misa un zarévich de la comarca; nuestra hermosa doncella le gustó muchísimo y quiso averiguar quién era. Tomó un poco de pez y lo arrojó bajo el zapato de la joven. El zapato se quedó pegado, pero ella regresó a casa.

—¡Me casaré con la dueña de este zapato! —dijo el zarévich.

El zapato estaba bordado enteramente en oro. Entonces también la anciana volvió a casa.

—¡Qué belleza había allí! —dijo—. El pope ni canta ni lee: no hace más que mirarla; y tú, necia, mírate: ¡menuda andrajosa estás hecha!

Entretanto, el zarévich buscaba por todos los distritos a la doncella que había perdido el zapato, pero no lograba encontrar a ninguna a quien le quedara bien el zapatito. Llegó a casa de la anciana y dijo:

—Enséñame a tu muchacha; veamos si el zapato le queda bien.

—Mi hija ensuciará el zapato —respondió la anciana.

Entró la hermosa doncella; el zarévich le probó el zapato y le quedaba bien. La tomó por esposa, y vivieron felices y acrecentaron sus bienes. Yo estuve allí y bebí cerveza; me corrió por los labios, pero ni una gota entró en mi boca. Me dieron un caftán azul; pasó volando un cuervo y graznó: «¡Caftán azul! ¡Caftán azul!». Yo creí que gritaba: «¡Quítate el caftán!», así que me lo quité. Me dieron un gorro y empezaron a empujarme por el cuello para echarme. Me dieron unos zapatitos rojos; pasó volando un cuervo y graznó: «¡Zapatitos rojos! ¡Zapatitos rojos!». Yo creí que gritaba: «¡Zapatitos robados!», así que los agarré y los tiré.

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