El soldado y el bandido
Érase una vez un hombre y su esposa. El hombre vivía del bandolerismo y su mujer lo ayudaba. Un día salió en busca de botín y ella se quedó sola en casa. Por…
Érase una vez un hombre y su esposa. El hombre vivía del bandolerismo y su mujer lo ayudaba. Un día salió en busca de botín y ella se quedó sola en casa. Por entonces, un soldado acertó a pasar por aquella aldea; llamó a la ventana y le pidió:
—¡Señora, déjeme pasar aquí la noche!
—¡Entra!
El soldado entró en la cabaña, se quitó la mochila y se acostó a dormir. Poco después regresó el dueño de la casa, vio al huésped y dijo:
—¡Gracias a Dios! Aunque no encontré a nadie por el camino, lo he encontrado en mi propia casa.
Se sentó a cenar y ordenó a su mujer:
—Despierta al soldado. Que venga también a cenar conmigo.
El soldado se sentó a la mesa. El dueño le sirvió un vaso de vino y él se lo bebió; le sirvió un segundo y también se lo bebió; le sirvió un tercero, pero el soldado ya no quiso beber y empezó a negarse.
—¡No te hagas el orgulloso! Bebas o no bebas, ¡vas a morir de todas formas! —dijo el dueño. Se levantó de la mesa, tomó un hacha y añadió—: Vamos, soldado, reza a Dios; ¡te queda poco tiempo de vida!
El soldado empezó a suplicar y a implorar, inclinándose casi hasta el suelo, pero nada conmovía al bandido. Entonces se arrodilló ante el icono sagrado y rezó con fervor y de todo corazón, arrepintiéndose de sus pecados.
—¡Reza más deprisa! ¡Ya es hora!
Pero el soldado siguió allí, rezando.
De pronto, alguien llamó a la ventana y se oyó una voz desconocida: «¡Soldado, soldado! ¿Por qué tardas tanto? Ven, llevo mucho tiempo esperándote». El hombre se asustó y dejó caer el hacha. El soldado se puso la mochila y salió al porche: allí lo esperaba un tiro de tres magníficos caballos. Subió al carruaje, los caballos arrancaron y, antes de que pudiera recobrarse, se encontró ante el patio de sus padres. El tiro desapareció como si nunca hubiera existido. El soldado dio gracias a Dios por salvarlo y entró en la casa. Su padre y su madre se alegraron tanto de verlo que no sabían cómo recibirlo ni con qué agasajarlo. El soldado pasó con ellos un día y luego otro. Al tercero llegó de visita el mismo hombre que había querido matarlo: resultó que el bandido estaba casado con la hermana carnal del soldado, pero este no lo sabía y su hermana tampoco lo había reconocido. Se sentaron enseguida a comer y beber. El bandido comprendió que las cosas se habían puesto mal para él y permaneció sentado sin beber, mientras el soldado le ofrecía vino:
—Bebas o no bebas —le dijo—, vas a morir de todas formas.
—¡Dios te ampare, hijo! ¿Por qué dices algo tan terrible? —lo reprendieron su padre y su madre.
El soldado contó todo tal como había sucedido. Entonces apresaron al bandido, le pusieron grilletes y lo enviaron a prisión.