El correlimos y la grulla

En el borde de un amplio prado vivían dos hermanos: un correlimos y una grulla. Un día, al amanecer, salieron de casa y vieron cómo la hierba alta brillaba como…

En el borde de un amplio prado vivían dos hermanos: un correlimos y una grulla. Un día, al amanecer, salieron de casa y vieron cómo la hierba alta brillaba como plata con la suave brisa. «Pronto llegará el otoño —dijo la grulla—. Preparemos heno perfumado para tener una cama calentita». El correlimos estuvo de acuerdo, y los hermanos eligieron un lugar seco en medio del campo.

La grulla iba delante y cortaba la hierba con cuidado usando una pequeña hoz, mientras el correlimos la juntaba en hileras verdes y ordenadas. Trabajaban sin prisas para no aplastar las flores silvestres ni perturbar los nidos que había entre la hierba. Cuando el sol se elevó por encima de los abedules, los hermanos habían dejado detrás una franja estrecha de hierba cortada de manera uniforme.

Durante el día, el correlimos y la grulla daban la vuelta a la hierba con rastrillos de madera para que recibiera los cálidos rayos del sol. El viento recorría el prado y ayudaba a secar cada brizna. Los hermanos escuchaban el canto de los saltamontes, descansaban junto al arroyo y después volvían al trabajo. Pronto la hierba fresca se volvió ligera, dorada y muy perfumada.

Al acercarse la tarde, los hermanos empezaron a apilar el heno en un pequeño montón. La grulla pasaba grandes brazadas, mientras el correlimos recogía los tallos sueltos y alisaba los bordes. El montón crecía poco a poco: primero era más bajo que el correlimos, luego alcanzó su altura y al final llegó casi hasta el ala de la grulla. En lo más alto, los hermanos colocaron una corona de margaritas.

El sol descendió hacia el bosque, y el correlimos y la grulla se sentaron junto al montón de heno. Recordaron todo el día, pero decidieron contarlo desde el final: primero las margaritas, luego el heno dorado, el arroyo fresco y la hierba de la mañana. Así nació un cuento breve que volvía a su comienzo. «¿Lo contamos otra vez, ahora desde el principio?», preguntó el correlimos. Los hermanos se echaron a reír, y sobre el prado tranquilo el cuento comenzó de nuevo.

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