La muchacha y el oso
Tres hermanas salieron en verano a recoger bayas. La mayor vio una cabaña entre los abetos y entró a pedir agua; la mediana fue detrás para llamarla. En la…
Tres hermanas salieron en verano a recoger bayas. La mayor vio una cabaña entre los abetos y entró a pedir agua; la mediana fue detrás para llamarla. En la cabaña vivía un oso enorme, bondadoso pero muy despistado. Invitó a las visitantes a esperar a su hermana menor y les dio un manojo de llaves de la despensa, el jardín y las habitaciones de invitados.
Pronto llegó también la hermana menor. Durante la cena compartió sus gachas con una ratoncita y supo que las mayores no conseguían averiguar qué llave abría cada puerta. Todos se reunieron junto a la mesa, pero el oso despistado rozó sin querer el manojo con una pata, y las llaves se esparcieron y se mezclaron.
La ratoncita propuso atar cintas de colores a las llaves. Las hermanas las probaron una por una y las marcaron: verde para la verja del jardín, azul para la despensa y rojo para las habitaciones de invitados. Pronto hubo sobre la mesa tres grupos de llaves fáciles de distinguir, mientras el oso sostenía una cesta de frambuesas y agradecía a las visitantes que hubieran puesto orden.
Mientras tanto, el oso preparaba una cama poco común: sobre unos leños nivelados puso un colchón blando, colocó a los pies piedras tibias envueltas en tela y usó un viejo mortero como mesita de noche. Al ver la sorpresa de las visitantes, explicó para qué servía cada cosa. Las hermanas ayudaron a extender la manta, y la ratoncita colgó cerca una campanilla de sonido suave para que pudieran llamar al anfitrión durante la noche.
Por la mañana, el oso acompañó a las jóvenes hasta un sendero conocido y colocó una señal junto a la bifurcación. Las hermanas le regalaron etiquetas bordadas para todas las puertas, y la menor dejó a la ratoncita una bolsita de grano. Desde entonces, las llaves ya no se confundían, los caminantes encontraban fácilmente su camino y el oso siempre explicaba su casa a los visitantes antes de alojarlos. La cabaña del bosque se convirtió en un lugar de descanso tranquilo para quienes recogían bayas.