Las tres hermanas
En una aldea vivían tres hermanas, y cada una tenía un niño pequeño. Un día los niños siguieron un ovillo de colores que rodaba por el sendero y llegaron a la…
En una aldea vivían tres hermanas, y cada una tenía un niño pequeño. Un día los niños siguieron un ovillo de colores que rodaba por el sendero y llegaron a la casa de una artesana del bosque. La dueña estaba tiñendo hilo en una olla grande e invitó a los pequeños a esperar a los adultos junto a la mesa y a formar panecillos con la masa ya preparada.
La hermana mayor fue la primera en seguir el rastro y llegó a un patio del bosque. Cerca crecían un serbal, un manzano y un peral; también había una vaca, un pozo y una artesa. Todos pedían un poco de ayuda: quitar ramitas secas, sujetar las ramas bajas, llenar el abrevadero, cerrar la tapa y amasar un poco más. La mayor miraba hacia una bifurcación lejana y respondía que tenía demasiada prisa para detenerse.
Pronto llegaron las tres hermanas al patio: la mayor había vuelto a buscar a las otras cuando perdió el rastro en la bifurcación. La mediana quería seguir adelante enseguida, pero la menor propuso atender primero las peticiones. Juntas limpiaron el serbal, sujetaron las ramas frutales, dieron agua a la vaca, taparon el pozo y amasaron el pan. En agradecimiento, los árboles les dieron fruta, la vaca una jarrita de leche y la artesa pan; todos los ayudantes les indicaron el camino a la casa.
Junto a la puerta había un gato. La menor le dio pan, leche y algunas frutas maduras recogidas por el camino. El gato ronroneó satisfecho y llevó a las hermanas hasta la cocina. Allí los niños estiraban la masa, y la artesana del bosque removía en la olla un tinte espeso de cereza para cintas de lana, no alquitrán. Todos se alegraron del reencuentro.
En el porche, la artesana se disculpó: no había notado lo lejos que había rodado el ovillo y debía haber llevado a los niños a casa enseguida. Las hermanas explicaron a los pequeños que no debían marcharse sin adultos. Al despedirse, la anfitriona les dio una hogaza para compartir y ató al ovillo un hilo largo y brillante. Todo el grupo volvió a la aldea por el sendero señalado, con el gato delante; desde entonces, cintas como aquellas ayudaban a los caminantes a no pasar por alto las bifurcaciones.