La hija y la hijastra
En una casa vivían un padre, una madrastra y dos hermanastras, Aliona y Natasha. Las dos aprendían a hilar, pero los adultos las comparaban con frecuencia. El…
En una casa vivían un padre, una madrastra y dos hermanastras, Aliona y Natasha. Las dos aprendían a hilar, pero los adultos las comparaban con frecuencia. El padre propuso que cada una pasara una tarde en el taller del bosque y prometió dormir él mismo en la cabaña vecina. Aliona eligió el primer turno. Encendió el fogón, puso a cocer las gachas y preparó la lana, con la esperanza de terminar tranquilamente una madeja nueva.
Un ratoncito asomó bajo el banco y pidió gachas. Aliona compartió su cena y le puso agua. A medianoche llamó a la puerta un oso pardo que inspeccionaba los talleres del bosque. Propuso jugar de manera segura a la gallina ciega: sin empujones y con la posibilidad de parar al decir «basta». El ratoncito hacía sonar una campanilla, Aliona adivinaba la dirección y el oso vigilaba que nadie chocara con los muebles.
Después del juego, Aliona mostró su lana y preguntó cómo mejorar el taller. El oso reparó un estante, y el ratoncito encontró un huso. Por la mañana, los vecinos del bosque llevaron lana, un telar de madera y semillas como contribución común al futuro taller. El padre ayudó a transportarlo todo a casa. Natasha vio los regalos y decidió que a la tarde siguiente obtendría sin falta el doble.
Natasha cocinó gachas, pero echó al ratoncito porque temía perder su parte. Al oso le exigió regalos de inmediato. Él respondió que la amistad no se compra y que el taller valora el cuidado y la sinceridad. Natasha llamó al ratoncito, compartió las gachas y se disculpó. Después todos jugaron con las mismas reglas. La joven oyó bien la campanilla y detuvo el juego cuando reparó en un taburete inestable.
Por la mañana, el oso regaló herramientas a Natasha, y el ratoncito le dio un ovillo de hilo resistente. La joven no regresó con dos carretas, sino con una habilidad útil y un nuevo amigo. La madrastra comprendió que las comparaciones habían perjudicado a las muchachas y empezó a repartir el trabajo por igual. Aliona trabajaba en el telar, Natasha reparaba muebles y las dos dejaban un platito para el ratoncito. El taller del bosque se convirtió en una escuela común, sin miedo ni pruebas injustas.