Cómo un marido quitó a su mujer las ganas de escuchar cuentos

Había una vez un hombre que daba alojamiento a los viajeros. Su mujer sentía una pasión enorme por los cuentos y le había prohibido admitir huéspedes que no…

Había una vez un hombre que daba alojamiento a los viajeros. Su mujer sentía una pasión enorme por los cuentos y le había prohibido admitir huéspedes que no supieran contarlos. Aquello, como es natural, le hacía perder dinero al marido, que pensaba: «¡Cómo podría quitarle a mi mujer las ganas de escuchar cuentos!». Una noche de invierno, muy tarde, pasó un anciano, helado de frío, y pidió alojamiento. El marido salió corriendo a su encuentro:

—Dime, ¿sabes contar cuentos? Mi mujer no me deja admitir a nadie que no sepa.

El viajero vio que estaba en un apuro: casi se moría de frío.

—Sé —respondió.

—¿Y cuánto tiempo los contarás?

—Toda la noche.

Bueno, eso estaba bien. Dejaron entrar al hombre. El marido dijo:

—Mujer, este hombre ha prometido contar cuentos toda la noche, pero solo si nadie le lleva la contraria ni lo interrumpe.

El viajero dijo:

—Sí, nada de llevarme la contraria, o no contaré.

Cenaron y se acostaron; entonces el viajero empezó:

—Una lechuza pasó volando junto a un jardín, se posó en un tronco y bebió agua; una lechuza pasó volando junto a un jardín, se posó en un tronco y bebió agua…

Y siguió repitiendo siempre lo mismo:

—Una lechuza pasó volando junto a un jardín, se posó en un tronco y bebió agua…

La dueña de la casa escuchó y escuchó, hasta que dijo:

—¿Qué clase de cuento es este? ¡No hace más que repetir lo mismo!

—¿Y por qué me interrumpes? Ya dije que nadie debía llevarme la contraria. Así se cuenta este cuento al principio; después vendrá otra cosa.

Al oírlo el marido, que era justo lo que esperaba, saltó del banco y se puso a pegar a su mujer:

—¡Te han dicho que no le lleves la contraria! ¡Ni siquiera le has dejado acabar el cuento!

Le pegó una y otra vez, hasta que la mujer aborreció los cuentos y desde entonces juró no volver a escucharlos.

Read this tale on NeuroTales