Likho
Érase un hombre que no sabía qué era la desgracia en este mundo. Oía a la gente nombrarla a menudo y decidió encontrarse con ella costara lo que costase. Se…
Érase un hombre que no sabía qué era la desgracia en este mundo. Oía a la gente nombrarla a menudo y decidió encontrarse con ella costara lo que costase. Se echó un zurrón al hombro y partió. Anduvo y anduvo hasta ver, junto al bosque, un castillo de hierro rodeado por una empalizada de huesos humanos, con calaveras clavadas en lo alto. Se acercó al castillo.
—¿Qué quieres?
—¡Busco a Likho, la Desgracia!
—Likho está aquí.
Entró en una habitación. Allí yacía un gigante enorme y gordo, con la cabeza en el rincón de honor y los pies sobre la estufa; su lecho estaba hecho de huesos humanos. Era Likho, y a su alrededor estaban sentados Zlidni y Zhurba. Likho le ofreció una cabeza humana para comer; el propio Likho era ciego. El huésped tomó la cabeza y la puso debajo del banco.
—Bueno, ¿te la has comido? —preguntó Likho.
—Me la he comido.
—¿Y dónde estás, cabecita derrochadora?
—Debajo del banco.
Al huésped le entraron calores y escalofríos.
—Cómetela, querido; así tú me sabrás aún mejor.
El hombre tomó la cabeza y se la escondió bajo la ropa, contra el pecho. Likho preguntó:
—¿Dónde estás, cabecita derrochadora?
—Al lado del estómago.
«Entonces se la ha comido —pensó Likho—. Ahora te toca a ti.»
El huésped aprovechó un momento propicio y echó a correr. La puerta de hierro chirrió; Likho comprendió que se escapaba y gritó:
—¡Puerta, sujétalo, que se va!
Pero el hombre ya estaba fuera. Solo la mano derecha no pudo salvarla: la dejó atrapada en la puerta. Entonces dijo:
—¡Esto sí que es una desgracia!