Relato de un muerto
Un campesino cruzaba el campo junto al cementerio, y ya había oscurecido. Lo alcanzó un desconocido que llevaba un buen abrigo corto de piel de oveja y una…
Un campesino cruzaba el campo junto al cementerio, y ya había oscurecido. Lo alcanzó un desconocido que llevaba un buen abrigo corto de piel de oveja y una camisa roja.
—¡Detente! —dijo—. Llévame contigo.
—¡Claro, sube!
Llegaron a una aldea y se acercaron a una casa, luego a otra. Aunque los portones estaban abiertos de par en par, el desconocido decía: «¡Está cerrado!». Es que en aquellos portones había cruces marcadas a fuego. Se acercó a la última casa. El portón estaba cerrado y de él colgaba un candado que pesaba medio pud; pero no había cruz, y el portón se abrió por sí solo. Entraron en la casa. Allí estaban sentados en un banco un anciano y un joven. El desconocido tomó un cubo, lo puso detrás del joven y le dio un golpe en la espalda. Al instante empezó a manarle sangre roja. Llenó el cubo de sangre y se la bebió. Hizo lo mismo con el anciano y le dijo al campesino:
—Ya amanece. Vamos ahora a mi casa.
En un instante se encontraron en el cementerio. El vampiro acababa de rodear al campesino con sus brazos cuando, por fortuna para este, cantaron los gallos y el muerto desapareció. A la mañana siguiente vieron que tanto el joven como el anciano habían muerto. Enseguida encontraron la tumba y la abrieron. ¡Allí yacía el vampiro, todo cubierto de sangre! Tomaron una estaca de álamo temblón y se la clavaron.