El zarévich encontrado

Érase una vez un zar y una zarina, y tuvieron un hijo. Un día, el zar tuvo que ausentarse de casa; durante su ausencia ocurrió una desgracia: ¡el zarévich…

Érase una vez un zar y una zarina, y tuvieron un hijo. Un día, el zar tuvo que ausentarse de casa; durante su ausencia ocurrió una desgracia: ¡el zarévich desapareció! Buscaron y buscaron al príncipe, pero fue como si se lo hubiera tragado la tierra; no hubo ni rastro ni noticia de él. El zar y la zarina lloraron durante mucho tiempo. Pasaron quince años enteros, y al zar le llegó la noticia de que, en cierta aldea, un campesino había encontrado tiempo atrás a un niño que asombraba a todos: sobresalía tanto por su belleza como por su inteligencia. El zar ordenó que llevaran al campesino ante él de inmediato. Cuando lo trajeron, comenzaron a preguntarle dónde y cuándo había encontrado al muchacho. El campesino declaró que lo había encontrado hacía quince años en un secadero de grano (un ovín), vestido con ciertas ropas muy ricas. Por todas las señales, parecía que realmente era hijo del zar.

El zar dijo al campesino:

—Dile al muchacho que encontraste que venga a visitarme ni desnudo ni vestido, ni a pie ni a caballo, ni de día ni de noche, ni en el patio ni en la calle.

El campesino volvió a casa llorando y se lo contó todo al muchacho. ¿Qué podían hacer ahora? El muchacho dijo:

—¡No es tan difícil! Este acertijo tiene solución.

Se desnudó de pies a cabeza y se echó una red encima, montó a horcajadas sobre un macho cabrío y llegó ante el zar al anochecer. Entró por el portón montado en el macho cabrío, de modo que las patas delanteras del animal quedaron en el patio y las traseras, en la calle. El zar lo vio y dijo:

—¡Este es mi hijo!

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