La zorra y el pájaro carpintero
En el borde del bosque, junto a un abedul blanco, vivía una zorra con sus dos cachorros. Su madriguera estaba seca y era acogedora: junto a la entrada crecía un…
En el borde del bosque, junto a un abedul blanco, vivía una zorra con sus dos cachorros. Su madriguera estaba seca y era acogedora: junto a la entrada crecía un helecho y dentro había hojas suaves. Un pájaro carpintero al que conocían solía posarse en una rama alta del abedul. Conocía bien el bosque y siempre saludaba a sus vecinos. A los zorritos les gustaba escuchar su suave golpeteo y nunca lo molestaban mientras trabajaba.
Un día, el pájaro carpintero vio que sobre el bosque se juntaban nubes de lluvia muy cargadas. También notó una pequeña grieta en la tierra por la que el agua podía correr directamente hacia la madriguera. Voló hasta la zorra y le advirtió: «Pronto va a llover mucho. Lleva a tus cachorros al hueco seco del viejo roble que está cerca. Después te mostraré otro refugio en la colina, por si lo necesitas». La zorra miró al cielo, dio las gracias al pájaro y acomodó a sus pequeños en el hueco espacioso y bajo, al que pudieron subir con facilidad.
El pájaro carpintero voló delante, señalando un sendero seguro entre las raíces. La zorra lo siguió sola: los cachorros la esperaban en el hueco seco. Donde el camino se volvía resbaladizo, el pájaro le indicó un desvío sobre agujas de pino secas. Pronto llegaron a una pequeña madriguera vacía en una colina pedregosa. Estaba más arriba que el arroyo y protegida por ramas espesas. La zorra recordó el camino hasta aquel refugio de reserva y se apresuró a volver con sus pequeños.
La zorra regresó al viejo roble antes de que empezara a llover. Los cachorros esperaban tranquilos en el hueco seco, un poco por encima del suelo, y su madre se detuvo junto a ellos en la entrada. Cuando comenzó el aguacero, toda la familia se acomodó al fondo del espacioso hueco. La zorra cubrió a sus pequeños con la cola, y ellos miraron cómo brillaban las gotas en las hojas. El pájaro carpintero esperó a que pasara la lluvia en otro hueco cercano. De vez en cuando golpeaba el árbol para que sus vecinos supieran que estaba allí. En el refugio se estaba tranquilo, calentito y a salvo.
Después de la lluvia, la familia bajó del hueco y regresó con el pájaro carpintero a su madriguera junto al abedul blanco. El agua no había dañado su hogar, pero había arrastrado un poco de tierra de la entrada. El pájaro encontró ramitas resistentes, la zorra las colocó a lo largo de un pequeño canal y los cachorros trajeron hojas secas. Así, los vecinos desviaron el agua de lluvia e hicieron que la casa quedara aún más protegida. Al atardecer, el sol iluminó el bosque. La zorra convidó al pájaro a comer bayas porque les había avisado de la lluvia a tiempo. Desde entonces, siempre se ayudaron a cuidar de su hogar en el bosque.