El gallo y las piedras de molino
Érase una vez un anciano y una anciana que vivían en una casa pequeña, mientras su gallo de plumas doradas paseaba por el patio. Un día, la anciana dejó caer…
Érase una vez un anciano y una anciana que vivían en una casa pequeña, mientras su gallo de plumas doradas paseaba por el patio. Un día, la anciana dejó caer por accidente una bellota junto al porche, y de ella creció un roble fuerte. El árbol se elevó cada vez más, creció por encima del tejadillo del porche y extendió sus ramas hacia las nubes doradas. El anciano y la anciana se quedaron asombrados, y el gallo decidió explorar aquel árbol tan extraño.
El gallo voló de rama en rama. Donde era difícil volar, avanzó por las ramas gruesas. Por encima de las nubes encontró un pequeño molino de mano: dos piedras de molino. Estaba formado por dos piedras redondas, cada una con el dibujo de un grano. El gallo guardó las piedras en un saco resistente y bajó del árbol con cuidado.
En casa, la anciana hizo girar las piedras de molino, y en un plato apareció una torre de panqueques dorados. El anciano sacó miel, y el gallo se sentó a su lado y cantó contento. Las piedras mágicas preparaban exactamente la cantidad de comida que se pedía. Así, en la casa siempre había un desayuno caliente, y la pareja compartía los panqueques que sobraban con sus vecinos.
Un día llegó un viajero rico. Admiró las piedras de molino y pidió que se las prestaran hasta la tarde para invitar a comer a sus amigos. El anciano y la anciana aceptaron, pero el viajero no cumplió su promesa y se llevó las piedras a su gran casa. La pareja esperó hasta la noche. Entonces el gallo decidió ir él mismo a recordarle que ya era hora de devolverlas.
El gallo fue a ver al viajero y repitió tres veces, con voz fuerte y tranquila: «¡Devuélvenos nuestras piedras de molino!». El viajero lo oyó y miró las piedras que estaban sobre la mesa y no le pertenecían. Comprendió que no había cumplido su promesa y sintió vergüenza. Colocó las piedras en un carrito y pidió perdón. El gallo las llevó a casa por un camino soleado. El anciano y la anciana lo recibieron junto a la puerta y comprendieron que se puede recordar a alguien lo que prometió con calma, pero con firmeza.